En la noche de las elecciones andaluzas del pasado 2 de diciembre mucha gente proclamó el resultado electoral gritando ¡Presidente, Presidente, Presidente! Eran los seguidores del PP, Ciudadanos y Vox, los partidos que habían quedado en segunda, tercera y quinta posición, respectivamente, en el recuento de votos en las urnas.

Pero, esas personas, eran correligionarias de las mismas que llevan seis meses llamando «Indigno» al Presidente del Gobierno de España porque su partido, el PSOE, solo fue segundo en las últimas elecciones generales.

Algún lingüista podría explicar que la traducción al andaluz del grito ¡Indigno! sería el grito ¡Presidente!, pero no sería cierto. En realidad, ambos gritos no significan lo mismo dicho en dos idiomas distintos, sino cosas diferentes.

Lo que quieren decir esos gritos es que, las personas que los profieren, coinciden en pensar en que el otro es indigno pero el suyo es, no solo digno, sino especialmente dotado para ser presidente de lo que sea, independientemente del número de votos que haya obtenido en unas urnas e, incluso, de si no hubiera urnas de por medio. Porque lo que gritan no es el resultado de ningún proceso racional sino la expresión de un deseo legítimo: el triunfo de lo suyo.

El asunto no tendría mayor importancia si no fuera porque esta aparente contradicción se traslada a foros de supuesto mayor nivel donde se hacen declaraciones políticas o tertulias periodísticas. Con ello, el mensaje de lo que podría llamarse «ley del embudo» se retroalimenta al volver a la gente convertido ya en dogma.

Quizás, la gente no sabe que esa formulación, hecha por esos supuestos líderes de opinión es una falacia y, quizás también, si alguien lo sabe, no le importa, pero, realmente, el argumento es falaz, es decir, embustero y falso como el DRAE nos enseña. Pero útil, porque sirve de aglutinante social.

Así, al PP que ha perdido el 22% de los diputados que tenía hasta ahora, le sirve para optar a la Presidencia de la Junta si cede lo suficiente a los otros dos partidos de la derecha. A Ciudadanos le sirve para justificar su transformación de «tonto útil» (según la definición clásica) de la izquierda, a soporte de la derecha. Y a VOX, que sabe que no podrá aplicar el núcleo de su doctrina, para confiar esperanzado a que vuelva a reír la primavera que por tierra, aire y mar se espera.

Y a todos ellos, henchidos de alegría porque en Andalucía empieza a amanecer, solo les queda ponerse de acuerdo en decidir quién de los tres ¡Presidente, Presidente, Presidente! ocupará el Palacio de San Telmo durante los próximos cuatro años

Y, en la acera de enfrente, están, por una parte, los que «ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio». En un ratito, el tiempo que transcurrió hasta que se hicieron públicos los resultados andaluces, Podemos pasó de la oposición al PSOE, a la oposición a la derecha. O, a lo mejor, es que no han hecho ninguna transición y están, simplemente, en contra. En el «que no a todo» (recuerdan aquella frase histórica de la tránsfuga del PSOE que frustró el gobierno de Rafael Simancas).

Y, por último, está el PSOE, el partido que ha ganado las elecciones y en cuya sede nadie gritaba ¡Presidente! (ni ¡Presidenta!). Como Dios las cría y las derechas se juntan, no parece que haya muchas posibilidades de que Susana Diaz mantenga su presidencia. Pero, dado que en el cromosoma del PSOE predomina el gen democrático, no creo que su derrota en Andalucía después de 36 años le haga echarse al monte sino a resituarse ante un electorado tan fragmentado como en el resto de España.

Al final, esos gritos de ¡Presidente, Presidente, Presidente! nos dicen que, efectivamente, no hace falta ganar unas elecciones para conseguir una Presidencia. O, dicho de otro modo, que nuestra democracia es representativa y no directa (por favor, lean a Bobbio) y que los que expresan ese deseo gritando sus preferencias confían en que sus representantes consigan ponerse de acuerdo en lograr lo que ellos no han podido hacer directamente en las urnas. Entre otras cosas, porque no es constitucional.

Ya solo hace falta que dejen de llamar indigno a Pedro Sánchez. Aunque no creo.