España inició el camino para convertirse en una sociedad urbanizada, industrializada y tecnologizada en los años sesenta y primeros setenta del siglo XX. Fue el momento de las grandes migraciones del campo hacia las zonas urbanas industrializadas y de los desplazamientos laborales de muchos españoles hacia los países del entorno europeo. Los efectos de las migraciones, junto con otros cambios sociales condujeron a una cuasi desaparición de las formas familiares vinculadas al mundo rural. Las familias españolas comenzaron a experimentar una reducción importante en su tamaño, como consecuencia del decrecimiento de las tasas de fecundidad y la familia nuclear tomó el relevo a la extensa. Lógicamente estas transformaciones también afectaron los parámetros de actuación intrafamiliares, surgiendo nuevos valores que comenzaron a caracterizar las relaciones familiares.

Tres son las pautas demográficas más relevantes que afectan, en estos momentos, a las familias españolas: la elevación de la esperanza de vida; la caída de la tasa de fecundidad; y la disminución del tamaño medio de los hogares.

Si en el año 2005 la esperanza media de vida era de 77,6 años en los varones y de 83,5 en las mujeres, en 2017, según el INE, la esperanza media de vida de los varones ascendió a 80,4 años y la de las mujeres se elevó hasta los 85,7 años. Los factores que explican su aumento se relacionan, básicamente, con la modernización de las sociedades de nuestro entorno, los cambios en los hábitos alimenticios y los avances médicos.

En lo que a las tasas de fecundidad se refiere se ha producido una reducción drástica del número de nacimientos, siendo en estos momentos uno de los países del mundo con la tasa más baja. En 1960 la tasa de fecundidad fue en España de 2,86 hijos por mujer, en 2017 fue de 1,31 (1,25 entre las españolas y 1,70 entre las extranjeras).

La caída de la tasa de fecundidad ha sido básicamente el resultado de la conjunción de cuatro variables: la evolución de las pautas reproductivas; la incorporación de las mujeres al ámbito laboral extradoméstico; la ampliación de los años de estudio y la orientación que han seguido las políticas laborales.  La caída de la nupcialidad; asociada a la difusión de las relaciones prematrimoniales, la cohabitación y la incorporación de las mujeres al mundo laboral, el aplazamiento de la edad de entrada al matrimonio (en 1976 la edad media de los hombres era de 25,8 años y de las mujeres de 23,9años, en 1995 alcanzó los 28,9 años y los 26,8 años respectivamente y en 2017 ascendió a los 37,8 años y a los 35 años y la elevación de la edad en la que las mujeres españolas tienen sus hijos (si en 1975 era de 24,8 años, en 1995 de 29,98 años y en 2017 de 32,58) han sido los principales factores que enmarcan este proceso. En su conjunto, las familias cada vez tienen menos hijos y hay más parejas que tienen uno sólo o que deciden no tenerlos (“el hijo tesoro”).

Las consecuencias de algunas de estas pautas de evolución demográfica, en conexión con los cambios de valores ocurridos en la sociedad española, han dado lugar a una disminución del tamaño medio de los hogares españoles (de hecho los hogares integrados por una y dos personas, que en el año 1970 suponían un 26%, en 1991 alcanzaron un 37% y en 2017 el 55,4%). Por su parte, los hogares integrados por cinco o más personas han descendido considerablemente desde la década de los setenta del siglo XX. En 1970 uno de cada tres hogares estaban integrados por cinco o más personas, en 1991 sólo uno de cada cinco y en 2017 el 5,7% del total de los  hogares. Si en 1960 el tamaño medio era de 4 personas, en 1991 decreció hasta una cifra de 3,28, en 1998, alcanzó a algo más de 3 personas y en 2017 descendió a 2,49. Hecho que puede explicarse por la prevalencia de los hogares nucleares en nuestro país.

La presencia de los hijos hasta edad avanzada en el hogar de sus progenitores da cuenta, en buena medida, del predominio de los hogares nucleares en España. La situación del mercado laboral (con tasas de paro muy elevadas y una muy alta precariedad laboral) y la carestía de la vivienda son las razones que están detrás fundamentalmente, del porque nuestros jóvenes se ven obligados a abandonar tardíamente el domicilio familiar. Ha conducido a que en nuestro país se hable desde hace una década de una “cuestión juvenil”, estableciendo un paralelismo entre “la cuestión social” y “la cuestión obrera”, propias del  surgimiento de la sociedad industrial. Se concreta en la perspectiva de que los jóvenes están siendo los principales afectados por la compleja situación social y económica en la que nos desenvolvemos y que está coligada a tres de las crisis sistémicas de nuestros días: la crisis del trabajo, la crisis de los itinerarios de inserción social y la crisis política, tal como desarrollaron José Félix Tezanos y Verónica Díaz en un libro reciente titulado La cuestión juvenil.

De manera específica se está asistiendo, también en España, a un aumento de los hogares unipersonales. Mientras en 1970, los hogares unipersonales representaban un 7,5% sobre el total, en 1981 ascendieron a un 10,2%, en 1996 a un 12,4% y en 2017 al 25,4. El aumento del número de hogares unipersonales es el resultado de varios factores: de las rupturas matrimoniales, de los períodos de transición a nuevas situaciones de convivencia familiar, o a consecuencia del aumento de los casos de viudedad a tenor de la prolongación de las edades  medias de vida. Según el INE en 2017 en España había 4.687.400 personas viviendo solas (25,4% del total de hogares). De esta cifra, 1.960.900 tenían 65 o más años y 1.410.000 eran mujeres. Por lo tanto, estamos ante una realidad que responde, fundamentalmente, al envejecimiento de la población

Otro perfil familiar emergente, que por sus efectos sociológicos y personales cobra especial relieve, es el de los hogares monoparentales. Su composición tradicional ha obedecido a mujeres viudas, de edad avanzada, habiendo despuntado en las últimas décadas  el caso de las mujeres separadas y divorciadas que conviven con sus hijos. Los hogares monoparentales representaban en España en el año 1980 el 5,66% del total, en 1991 el 8,2% y en 2017 el 9,97. Estaban mayoritariamente integrados en 2017 por madre con hijos a su cargo. En particular había 1.529.900 (el 83,0% del total), frente a 312.600 de padre con hijos.

Como hemos podido comprobar por los datos anteriores, las familias españolas  han evolucionado hacia la que algunos estudiosos denominaron a finales de los ochenta del siglo XX como segunda transición demográfica, que ha conllevado sustanciales mudanzas en los comportamientos sexuales, conyugales y reproductivos, en estrecha relación a los cambios acaecidos en la esfera socioeconómica, institucional e ideológica, especial significación han adquirido en este contexto las nuevas relaciones de género.