La memoria histórica en torno a la UGT nos remite a la revolución industrial y al nacimiento de dos figuras claramente antagónicas: El capital y el trabajo. La acumulación del capital necesario para financiar el maquinismo conduce a una feroz explotación de los trabajadores, sobre todo en el siglo XIX y primer tercio del siglo XX.

En este escenario -al grito desesperado y claramente defensivo de “Organización o Muerte”-surgen las Sociedades de Socorros Mutuos, los primeros sindicatos y más tarde la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), en 1864; y, como consecuencia, la federación regional en España de la AIT, en 1869, y su federación madrileña, en 1872. El enfrentamiento entre los seguidores de Bakunin (anarquistas) y de Marx (socialistas) condujo a la creación de una nueva Federación madrileña de la AIT (embrión del futuro PSOE), en 1879, de clara inspiración marxista, que apuesta por la total emancipación de los trabajadores: es decir, por la abolición de todas las clases sociales y su conversión en una sola de trabajadores libres, iguales, honrados e inteligentes. Para conseguirlo, luchará por la toma del poder político por la clase trabajadora…

En este contexto se celebró hace 130 años el congreso constituyente de la UGT, en Barcelona, del 12 al 15 de agosto de 1888, por iniciativa de 6 sociedades del Centro Obrero de Mataró, al que asistieron 46 sociedades obreras con 5.154 asociados.

El congreso constituyente aprueba los Estatutos que se resumían en 6 títulos y 34 artículos y elige, además, un comité nacional compuesto de 7 miembros (3 socialistas) presidido por Antonio García Quejido, que lo seguirá siendo hasta el III congreso, en 1892. Es destacable que Pablo Iglesias- aunque intervino a fondo en la constitución de la UGT- no fue elegido presidente hasta el VI congreso, en 1899; cargo que ocuparía- junto a la presidencia del PSOE- hasta su muerte en 1925.

De los comienzos de la UGT se deben destacar 4 hechos relevantes, de acuerdo con nuestro querido y malogrado Luis Gómez Llorente. El primero se refiere a la actitud desplegada en las “Casas del Pueblo” para divulgar las ideas socialistas, hacer proselitismo y formar a la clase obrera; sobre todo a los jóvenes a los que se quería separar de las plazas de toros, de las iglesias, de las juergas y de los abusos alcohólicos.

En las Casas del Pueblo se fomentaba el entusiasmo por la organización obrera, la militancia, la austeridad, la ética, la honradez y la solidaridad internacional. El mejor ejemplo de todo ello es que se elegían como tesoreros a los militantes más honrados; sin embargo, se les vigilaba como si fueran auténticos ladrones. A este comportamiento se llamaba y se sigue llamando el “Pablismo” en reconocimiento a lo que representaba Pablo Iglesias dentro de las organizaciones socialistas.

En aquel entonces se aspiraba a formar un hombre nuevo, distinto, cuando no opuesto al que se suponía que había contribuido a crear la sociedad burguesa y la moral católica. El llamado obrero “consciente” que, posteriormente, se transformaba en el militante “organizado”; en este caso, primero se afiliaba al sindicato y, posteriormente, los más comprometidos al partido, bajo el principio de que la emancipación de los trabajadores debería de ser realizada por ellos mismos.

El segundo hecho se refiere al antimilitarismo y por lo tanto a su radical oposición a la guerra, que conectaba fácilmente con los jóvenes, y cuyos lemas eran “no a la guerra”, “todos o ninguno” o “guerra a la guerra”, que hizo que Pablo Iglesias denunciara “que los esclavos de aquí luchan contra los esclavos de allí”, a propósito de la guerra de Cuba y posteriormente de Marruecos.

El tercer hecho se refiere a las celebraciones del 1º de Mayo, que se celebran por primera vez en España en el año 1890 y resultaban emblemáticas en aquella época.  El 1º de mayo causaba horror a la burguesía, no tanto por el número de los participantes, sino porque aquellas banderas rojas, aquellos líderes obreros, aquellas masas, rompían el retablo, la organización del Estado, los moldes, la forma de estar en el escenario político. En definitiva, el 1º de mayo representaba la movilización de una clase social contra la burguesía (lucha de clases), que se concretaba en el eslogan: “Es necesaria otra política”.

Y, finalmente, debemos de recordar las manifestaciones, motines y huelgas en contra de la carestía de la vida y particularmente de la subida del precio del pan, que se agudizan en torno a la 1º guerra mundial y que contó con una gran participación de mujeres, lo que justificó el dicho de que “España no entró en la guerra, pero la guerra entró en España”.

En todo caso, desde su constitución, la historia de la UGT se confunde con la historia del movimiento obrero como lo demuestran infinidad de hechos relevantes.

La huelga general del 17 contra el despotismo en el poder, que acabó con el comité de huelga en la cárcel, juzgado por un tribunal militar y condenado a cadena perpetua. Entre ellos se encontraba Francisco Largo Caballero que, posteriormente, fue elegido secretario general de la UGT, en el XIII congreso, en 1918, cargo que ocuparía durante cerca de 20 años.

Lugar destacado ocupa el internacionalismo obrero, participando la UGT en la constitución de la OIT y en la refundación de la Federación Sindical Internacional (FSI), en el año 1919. Así como la pragmática actitud reformista de la UGT, con Largo Caballero a la cabeza, participando en el Consejo de Estado de la dictadura de Miguel Primo de Rivera, a pesar de la carencia de libertades y de la oposición personal de Indalecio Prieto y de sus seguidores.

El protagonismo y la participación de la UGT resultó evidente en la proclamación de la II República y en la modernización del país a través de los logros conseguidos en la enseñanza, en la cultura, en las infraestructuras públicas y, sobre todo, en la promulgación de la legislación social más avanzada de la época, en los años en que fue Largo Caballero ministro de trabajo, además de secretario general de la UGT.

En esta etapa destaca también la radical actitud de las clases obreras en defensa de la democracia y, particularmente, de la obra social de la República; pero, sobre todo, la lucha de la clase obrera en contra del avance del fascismo internacional, de los intentos de restaurar la monarquía y de imponer la dictadura, convocando la Huelga General de octubre del 34, que fue desencadenada por la entrada de tres ministros de la CEDA- el partido de Gil Robles- en el gobierno.

Por último, es relevante el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936 apoyado decididamente por la UGT. Y, desde luego, la oposición frontal al levantamiento militar; así como la presidencia del gobierno de Largo Caballero -además de ministro de la guerra-, desde el 4 de septiembre de 1936 al 19 de mayo de 1937; y el combate decidido contra la dictadura, la represión y la cárcel, que golpeó y desarticuló a las organizaciones obreras que pasaron a la clandestinidad o se vieron obligadas a exilarse.

En este contexto es destacable la supervivencia del movimiento obrero organizado en la década de los 40 -donde destaca la huelga general convocada por el gobierno vasco en 1947- y en los años 50. En estos últimos años la UGT celebra siete congresos y se constituyen cinco comisiones ejecutivas compuestas por los llamados “hombres sin nombre”, que van siendo desarticuladas por la policía. En la década de los 60 se producen hechos de extremada dureza (fuerte represión, detenciones, estados de excepción y destierros), que ponen al descubierto las contradicciones del régimen y la capacidad de movilización de las organizaciones antifranquistas, al que se suman por esas fechas CCOO y USO, el movimiento universitario y ciudadano, así como los movimientos obreros católicos en torno a la HOAC y la JOC. En la década de los 70 se producen fuertes migraciones del campo a la ciudad y a las provincias más industrializadas y el movimiento obrero decide apostar por una política más ofensiva. En este sentido destaca la huelga de Bandas de Echévarri (Vizcaya), en 1966, organizada en buena medida por la HOAC y, posteriormente, las movilizaciones obreras con muertos y heridos en Granada, en 1970; en El Ferrol, en 1972; y en Vitoria, en 1976. Ejemplos, todos ellos, extremadamente significativos de la brutal represión que sufrieron los militantes obreros en los años de la dictadura.

Paralelamente a estos hechos se abre un debate dentro de la familia socialista sobre el traslado a España de las organizaciones en el exilio, puesto que la lucha obrera y social ya se producía en España. La situación demandaba cambios sin traicionar las ideas socialistas y una dirección en el interior que garantizara un contacto permanente con la nueva realidad social. Finalmente, el protagonismo del interior se aprobó, con todas las consecuencias, en el XI congreso de la UGT en el exilio en el año 1971 y se ratificó en el XII congreso, en 1973, donde Nicolás Redondo asume la máxima responsabilidad del sindicato en su calidad de secretario político.

Con la muerte del dictador comienza formalmente la transición política y sindical a la democracia, donde participó de una manera muy decisiva el movimiento obrero organizado, cosa que todavía no se ha reconocido suficientemente, lo que acuñó el dicho de que “los sindicatos fueron los parientes pobres de la transición”. Sin embargo, para la UGT, la verdadera transición comienza en el 30º congreso- un congreso memorable que se recuerda todavía con entusiasmo y veneración- celebrado en el mes de abril 1976, en el restaurante Biarritz de Madrid, bajo el eslogan “A la unidad sindical por la libertad”, 40 años después del levantamiento militar franquista.

El 30º congreso certificó la ruptura con el sindicato vertical, cuando en España la transición política se llevaría a cabo más tarde a través de reformas políticas consensuadas. Ratificó el rechazo al “entrismo” en el sindicato vertical, que practicaban USO y CCOO; apostó por impulsar el reconocimiento de las secciones sindicales en las empresas; y, finalmente, por el restablecimiento de la pluralidad sindical en nuestro país en un marco de libertades.

En definitiva, el 30º congreso significó tres grandes cosas: La negación de cualquier continuismo, más o menos edulcorado del sindicato vertical; la irrupción de la libertad sindical; y la afirmación del pluralismo sindical realmente existente en España. Dicho de otra manera: Cualquier proceso de unidad sindical tenía que partir necesariamente del restablecimiento de la libertad sindical.

A partir de aquel congreso la UGT impulsa la Coordinadora de Organizaciones Sindicales (COS), que llegó a convocar una huelga general por el empleo, secundada por más de 2 millones de trabajadores, el 12 de noviembre de 1976. Propicia el congreso de unificación USO-UGT, en 1977, donde por primera vez se unifican dos expresiones del sindicalismo de inspiración socialista. Organiza el retorno a nuestro país de los restos de Largo Caballero, lo que representó un acontecimiento político de primera magnitud. Asume también la organización del 12º congreso de la CIOSL, en Madrid, y se comienza a participar de pleno derecho en las Asambleas de la OIT, que se celebraban todos los años en Ginebra.

En relación al marco legal,  los resultados, producto de la presión sindical, fueron espectaculares: La disolución del sindicato franquista; la legalización de los sindicatos, en 1977, por lo tanto, ahora más de 40 años; la Constitución Española que consagra definitivamente la libertad sindical y el protagonismo de los sindicatos; y el Estatuto de los Trabajadores, en base al Acuerdo Básico Inter Confederal (ABI)- “el abuelo de los acuerdos”-, firmado por UGT y CEOE, que configura el marco de relaciones laborales que fue completado posteriormente por la Ley Orgánica de Libertad Sindical (la LOLS). Todo ello garantizaba la representatividad de los sindicatos a todos los niveles, la autonomía de las partes y el derecho a la negociación colectiva a todos los niveles.

En este marco se celebra otro congreso memorable en el año 1980: El 32º congreso, que representa el despegue hacia la modernidad y hacia la consolidación del sindicato a todos los niveles. Las resoluciones aprobadas marcan las actividades y la impronta del sindicato en la década de los 80, a la que se ha calificado con mucha fortuna de “década prodigiosa”.

La política organizativa pretendía desarrollar un sindicalismo de base, pegado a la realidad de las empresas y al sentir mayoritario de los trabajadores. Esta política se llevó a cabo, a partir de la racionalización y consolidación de las estructuras, tanto territoriales como sectoriales, más preparadas para la contestación política que para la acción sindical. Destacando los avances en afiliación y representatividad (que situaron a la UGT como primer sindicato), así como en capacidad de movilización, como se demostró posteriormente en las huelgas generales del 14-D de 1.988, del 92 y del 94.

En política sindical la UGT apuesta por el diálogo social, la concertación y la negociación colectiva (destacando el AMI-1, el AMI-2, el ANE, el AI y el AES). El propósito era apostar por una política de pleno empleo; el saneamiento de las estructuras económicas; la reconversión industrial; la lucha contra la inflación; la reducción de la jornada a 40 horas; la flexibilización del mercado de trabajo; un aumento moderado de los salarios; una mayor protección social; una enseñanza y sanidad para todos; y la consolidación del marco de relaciones laborales.

Otras políticas tenían relación con el fortalecimiento de la presencia institucional de los sindicatos; la formación sindical de cuadros, delegados y afiliados; la proyección mediática del sindicato en la opinión pública; y, por supuesto, el impulso a la política internacional desarrollada a través de la CES, la CIOSL y la OIT que, finalmente, facilitó la plena integración de España en la UE y en el concierto internacional.

Lo que no cabe la menor duda es que el protagonismo de la UGT resultó decisivo en la transición hacia la democracia. Las referencias que marcaron la política sindical desarrollada por la UGT eran los trabajadores y, en consecuencia, la centralidad del trabajo en una sociedad democrática; el movimiento sindical europeo y, por lo tanto, la solidaridad internacional; también las ideas socialdemócratas (políticas retributivas y relacionadas con la igualdad), que se seguían con el mayor rigor posible; y, desde luego, la memoria histórica que diferenciaba en positivo a la UGT de CCOO y de otros sindicatos.

En la etapa de Cándido Méndez, como secretario general, se produjeron avances, pero también serios retrocesos como consecuencia de la gestión neoliberal de la fuerte crisis económica que hemos sufrido en los últimos 10 años. Por eso, los sindicatos deben asumir nuevos retos y nuevos compromisos, sobre todo con los más desfavorecidos. Especialmente en la lucha contra el incremento del desempleo; la altísima precariedad; el déficit en protección social; el aumento de la desigualdad, la pobreza y la exclusión social; los intentos de privatización de los servicios públicos; la presencia creciente del capitalismo financiero en las empresas; el cambio climático; el fenómeno de las migraciones; la pérdida de los salarios en la renta nacional; el desarme fiscal; o, si se quiere, el fenómeno de la globalización- el nuevo orden mundial, el pensamiento único-, que se ha convertido en una pesadilla para todos, salvo para unos pocos.

Lo más grave de todo es que no estamos sólo ante una crisis coyuntural. Se trata de una crisis de valores, medioambiental y política que nos está conduciendo a un auténtico desmantelamiento de la democracia. Por lo tanto, su solución requiere un cambio radical en los modos de producir, consumir, de vivir y de asumir los costes que implica nuestra vida personal, familiar y de relación con los demás seres humanos y con la naturaleza. Razones poderosas para manifestar que- 130 años después- los principios que inspiraron la constitución de la UGT tienen plena actualidad. Sobre todo, siguen vigentes después de la profunda crisis política, económica y social que hemos sufrido. En todo caso demuestran que no es la primera vez, ni será la última, que los sindicatos y los trabajadores tienen problemas.

Por eso se debe seguir apostando por un sindicalismo renovado y en permanente contacto con la realidad social: Más democrático, más participativo, más abierto, más de combate y, por lo tanto, más creíble y capaz de ilusionar, sobre todo, a los más jóvenes. Un sindicalismo con capacidad de asimilar los cambios sociológicos que se expresan a través de las redes sociales a la velocidad de la luz; un sindicalismo capaz de conectar con los movimientos sociales emergentes y de llegar a acuerdos con ellos en defensa de los más desfavorecidos. Y, desde luego, un sindicalismo particularmente preocupado en la actualidad por los jóvenes y por la igualdad de género, sin que ello signifique abandonar el combate por la igualdad de clases, que ha sido la que ha presidido las luchas obreras a través de su historia.

No podemos perder de vista que nada será posible si los sindicatos no inspiran respeto y mejoran sustancialmente su relación de fuerzas (amenaza creíble), única manera de acrecentar su capacidad de negociación y de movilización social. Y eso requiere actuar sobre cinco grandes asuntos: incrementar la afiliación (actuando en colectivos específicos: Jóvenes, mujeres, parados, precarios, autónomos y pensionistas); aumentar la representatividad sindical; avanzar en la formación de cuadros y en la transmisión de ideas; fortalecer la autonomía del sindicato; y potenciar el desarrollo de la acción sindical a través de la negociación colectiva a todos los niveles.

No debemos olvidar que los gobiernos y los empresarios nunca regalan nada. Por eso, una sobre actuación sindical de carácter burocrático, institucional y administrativo; o, si se quiere, una acción sindical acomodaticia, encaminada simplemente a limitar daños y a conseguir logros a corto plazo, está condenada al fracaso. Sobre estos hechos se discutió ampliamente en el último congreso confederal de la UGT- celebrado en Madrid- y, desde luego, serán motivo de discusión en los próximos años; sobre todo cuando se está poniendo en entredicho el futuro del trabajo y, por lo tanto, el futuro de los propios sindicatos e, incluso, su adaptación a la nueva era digital y tecnológica.

Por eso, cuando el próximo 12 de agosto celebremos el 130º aniversario de la UGT, será bueno recordar nuestra historia como el mejor homenaje que podemos hacer a nuestros fundadores, a nuestros mayores y a los miles y miles de héroes anónimos, que han luchado desinteresadamente, desde hace 130 años, por la causa obrera y por las ideas socialistas. A todos ellos, nuestro más sincero y profundo agradecimiento, además de nuestro firme compromiso por seguir luchando por la causa obrera, a partir de una cierta utopía: Nadie sin empleo; nadie sin casa; nadie sin abrigo; nadie sin alimentos; nadie sin educación; nadie sin asistencia sanitaria; y, como consecuencia, sin una renta mínima de inserción en una democracia real que haga posible una sociedad de hombres libres, iguales, honrados e inteligentes.