No hace mucho tiempo, un columnista ocurrente afirmó que el Rey Alfonso X el Sabio se había ganado tal calificativo por ser el primero que había logrado desentrañar un recibo de la luz.

La gracia se repitió tanto que parece que algunos estudiantes la llegaron a dar por buena en sus trabajos escolares.

Ciertos publicistas y sociólogos lo único que saben sobre comunicación es que basta que algo se repita muchas veces para que produzca la impresión de que es cierto. De ahí la distorsión en la que están cayendo algunas empresas demoscópicas –muy pocas por fortuna– de dedicar más personal y esfuerzos a la comunicación y a la proyección de datos que a la realización de investigaciones rigurosas. Para estos aprendices de brujo, lo que importa no es la verdad de los hechos y los datos, sino las apariencias creadas y, por supuesto, sus intereses. Sean estos meramente monetarios o ideológico-políticos. De ahí la pintoresca –y nada científica ni profesional– distinción entre amigos y enemigos y la desmesura de algunas de sus críticas.

Con estos rudimentarios equipamientos intelectuales henos aquí que algunos sociólogos de ocasión andan estos días pontificando, e intoxicando en ciertos medios de comunicación social, sobre qué es más conveniente –o condenable, según se tercie– que hagan unos u otros sociólogos e institutos de investigación social. Todo ello, claro está, en las antípodas de los cánones reconocidos de libertad de prensa, de deontología profesional y científica y de respeto a la verdad de los hechos.

Desde luego, los que desempeñamos alguna responsabilidad política y profesional tenemos que estar dispuestos a aceptar de buen grado el escrutinio público y a ser sometidos a la crítica de quien lo desee. Aunque los críticos también deben estar dispuestos a escuchar las respuestas y aclaraciones a sus críticas sin rasgarse por ello las vestiduras. Al menos, si asumen una cultura democrática y saben prescindir del ordeno y mando más rancio y carpetovetónico.

Viene todo esto a cuento de las críticas desaforadas lanzadas por algunos –muy pocos– personajes y opinadores sobre diversas medidas que se han tomado en el CIS para mejorar la representatividad de sus encuestas, para ofrecer una mejor y más rápida información a la opinión pública y para garantizar una completa transparencia sobre su proceder. Todo lo cual no implica caer en el típico “adanismo”, ni descalificar profesional ni científicamente lo que hasta ahora se había hecho en el CIS por sus magníficos profesionales, ni por los anteriores Presidentes de esta Institución. A los que, como ellos saben muy bien, tengo todo el respeto y consideración científica. Algo que no es preciso aclarar ni a los Catedráticos y Profesores de Ciencia Política y Sociología, ni a los buenos empresarios de la Sociología que llevan tiempo demostrando su buen hacer profesional.

El problema es, más bien, el ruido que intenta crear un pequeño grupo de amiguetes y cierto empresario de la cosa, que intentan presentarse en los medios de comunicación que tienen a su alcance como “los expertos en la materia”, intentado explicarnos a los demás –incluso a los que llevamos muchos años en estas materias– lo que ahora procede hacer o no hacer. No dudando, en su obcecación desmesurada, en emplear palabras gruesas, distorsiones orwelianas y descalificaciones que rayan lo esperpéntico.

¿Por qué están tan irritados y preocupados estos críticos? ¿A qué se oponen realmente?

En principio, supongo que no se opondrán a que el CIS haga públicos y transparentes todos los datos de sus encuestas, y a que tal cosa se haga con la mayor rapidez posible, para evitar que sus informaciones sociológicas queden envejecidas o desfasadas, debido a la acelerada dinámica de los hechos.

Supongo que tampoco se opondrán a que el CIS haya aumentado el tamaño de sus muestras estadísticas y el número de puntos de muestreo para mejorar la representatividad de sus datos y, sobre todo, para evitar que el aumento de las “no respuestas” a preguntas políticas acaben reduciendo el volumen total de encuestas efectivas “con opinión” a unas magnitudes que no garantizan una fiabilidad suficiente de las muestras y, sobre todo, de las submuestras en el caso de determinadas variables importantes. Asunto de la máxima importancia en el que, quizás, no han caído ciertos “profesionales” poco avezados y escasamente informados en estas cuestiones.

Supongo también que este grupito de críticos tampoco pretenderá negar –o quizás sí– el derecho de los españoles a “estar informados” sobre los asuntos y tendencias de carácter político que les conciernen. Algo que es consustancial a cualquier democracia congruente y que el CIS, por razones obvias, no puede dejar de hacer, de acuerdo al criterio de “el público tiene derecho a saber”.

Una vez excluidas estas razones –o descartadas por poco consistentes–, quedan tres explicaciones plausibles para tan acalorado proceder.

La primera explicación es que temen que la mayor información socio-política que ahora proporciona el CIS mensualmente les va a arruinar los negocios que hasta ahora tenían, vendiendo a algunos medios de comunicación social encuestas de menor fuste científico que las del CIS. Razón esta que, desde luego, no tiene suficiente peso como para pretender “prohibir” al CIS que también pregunte sobre intención de voto y otras cuestiones políticas de interés y actualidad en los barómetros mensuales que viene haciendo desde hace mucho tiempo.

Pretender que una institución pública se auto-imponga tales límites para que algunas empresas hagan más negocio con informaciones menos fiables me parece que es una pretensión tan desmesurada e ingenua que no merece más esfuerzo de refutación.

Una segunda razón posible para explicar ciertas críticas es que a algunos no les gusta que el CIS presente sus datos sin someterlos a artificios de manipulación o proyección no explicada. Es decir, “sin cocina”, como algunos prefieren decir. Pero, lo cierto es que al proceder de esta manera –“sin cocina”– no solo se respeta la objetividad de los datos, recogiendo lo que la población encuestada dice directamente. Y no lo que algunos supuestos “expertos” interpretan que realmente “piensa”. Lo que está llevando al despropósito de publicarse algunas encuestas en las que solo se “indican” las proyecciones “cocinadas”, sin explicar cómo se “cocinan” los datos primarios. Y sin que estos se den a conocer públicamente.

El CIS procede de una manera científica y objetiva, haciendo públicos todos los datos de sus encuestas, de forma que cualquiera que lo desee puede elaborar –cocinar– sus proyecciones y efectuar sus propias especulaciones sobre lo que puede o no puede ocurrir. Bajo su propia responsabilidad, claro está.

Lo curioso es que algunos califican a este proceder objetivo y científico como “cocina Master Chef”, mientras que lo contrario se presenta como un proceder correcto. Es decir, el mundo exactamente al revés, con un lenguaje puramente orweliano.

La tercera explicación plausible a un proceder tan anómalo científicamente es que a los críticos orwelianos no les gusten los resultados que actualmente ofrecen las encuestas rigurosas –no solo las del CIS– y que preferirían que ahora aparecieran como ganadores el PP o Ciudadanos. Lo cual entra en el terreno de las ideologías políticas. Pero, lo inaudito es que, desde tales ideologías políticas, se descalifique la capacidad científica de otros precisamente porque “son del PSOE”. ¿Es que ellos son angelitos de la más impoluta desideologización?

Lo peor es que al actuar de tal manera nos toman a los españoles por tontos, y parecen pensar que si ellos dicen que el PSOE retrocede y Ciudadanos y el PP suben, todos los electores aceptaremos inmediatamente esta intoxicación –hoy por hoy– y nos alinearemos dócilmente detrás de las filas vencedoras. ¿Tan tontos y manipulables piensan que son los electores?

Pero que nadie se preocupe. Si tan claras piensan que son las tendencias y tan equivocados son los datos que constatamos científicamente en otras perspectivas diferentes a las suyas, harían bien en sosegarse y esperar pacientemente el momento de las urnas, en el que podrá verificarse de verdad si ellos, y los que están detrás de ellos, tienen o no tienen razón. Lo cual es también cuestión de política, y no de ciencia. Y ni siquiera de magia o de exorcismos pseudo-sociológicos.

Por lo demás, resulta evidente que los buenos profesionales de la Sociología y las muchas empresas demoscópicas competentes con las que tenemos la suerte de contar en España aún tienen muchos trabajos que hacer. Incluso los simples “cocineros” y “adivinadores” de la cosa podrán aprovecharse de los datos que proporciona el CIS para hacer sus cábalas y vendérselas a los que deseen hacerlas públicas en sus medios y soportes públicos. O a los que las quieran tomar como guía para sus estrategias políticas.

¿De qué nos están hablando, pues?