Lo ocurrido este 1 de octubre es realmente preocupante. Porque más allá de los análisis políticos se está conformando una realidad que está más allá de los partidos.

El independentismo está en la calle, y la ciudadanía que lo defiende ha tomado voz propia, por encima de sus líderes, que están siendo también vapuleados como le ocurre a Torra, y ya no entienden de diálogos o negociaciones. El independentismo se ha reconvertido, se ha agigantado, convirtiéndose en el principal problema social de Catalunya.

No vamos a recordar todos los inmensos errores políticos producidos que han enquistado esta situación y que han hecho que el independentismo, que era una irrealidad hace cinco años, se haya convertido en un gigante. La política fracasó estrepitosamente en manos del gobierno del PP que creó independentistas a marchas forzadas. El PDeCAT, le guste o no, también está fracasando porque ya no controla una situación que se le desborda. Ambos extremos jugaron al cortoplacismo electoral, pensando en el péndulo de votos que se ganaban en España o en Catalunya. Pero sin buscar vías de salida, sin propiciar una escapada a la negociación política, sin posibilidad de entendimiento.

Confrontación, confrontación, confrontación.

Y, cada vez más, la situación es endiabladamente complicada. Cada vez más hay, como ocurre en las contiendas bélicas, heridos en todos los bandos, y ninguno parece dispuesto a rebajar sus pretensiones ni la tensión. Y un problema que era catalán, entre catalanes, entre unos y otros, se ha convertido en el principal problema de España, que eso sí es un tanto para los independentistas.

La espiral es tan creciente que los arreglos políticos que hubieran servido hace un año (referéndums o votaciones con legalidad democrática), ahora ya parecen insuficientes.

Hemos visto imágenes bárbaras y hemos oído frases preocupantes.

Decía un ciudadano independentista que “ya era hora”, que si ellos se habían aguantado cuando eran la minoría, ahora “si somos el 50,1%, es nuestro derecho a mandar y llevar adelante la independencia”. ¿En serio? ¿Creen de verdad los independentistas que se puede imponer algo solo porque un ciudadano de más se pusiera en uno de los dos lados, obviando a la otra mitad? ¿En serio eso es democracia?

Por otra parte, no parece que los CDR estén dispuestos a conformarse ya con la negociación y el diálogo, que tampoco ha existido ni se ha facilitado teniendo a condenados en prisión desde hace casi un año, convirtiendo en “mártires” al independentismo, y, lamentablemente, serán “héroes” aquellos que defiendan, sea como sea, la independencia.

Y esa es la primera de las preocupaciones. Que parece que están dispuestos a defenderla “sea como sea”. ¿Dónde queda el pacifismo que proclamaban los líderes del  PDeCAT? Ya no han sido manifestaciones pacíficas. Y ya no sé si se pueden atribuir tan solo a unos “exaltados con capuchas”, porque en la calle había mucha gente dispuesta a hacerse oír “por las buenas o por las malas”.

Si el PP pensaba que iba a conseguir “aplastar” al independentismo, diluyéndolo como un azucarillo al encarcelar a sus cabezas más visibles, se ha equivocado, porque se ha creado un monstruo de mil cabezas, tantas como ciudadan@s dispuestos a montar bronca, llenos de indignación y también de odio.

Esa es la segunda de las preocupaciones. El odio. Porque cuando sentimientos enfurecidos se entremezclan, se pierde la razón y la palabra. Y eso es lo que mucha ciudadanía catalana ya siente.

Que no se equivoquen Torra y Puigdemont porque ya no controlan esta situación. Han echado tanta gasolina con sus gestos, su griterío y su campaña denunciando la falta de libertad de los catalanes, que la gente ha llegado a creérselo, lo ha interiorizado tanto que están convencidos de que viven sin libertad y en represión. La independencia no les dará mejores líderes políticos, ni más inteligentes ni más honestos; a veces, alguno de ellos parece ya un “iluminado”, dispuesto a llevar a su pueblo a la tierra prometida. Y esto no tiene nada de bíblico, más bien de esquizofrénico. Pero les dará “sus líderes”.

¿Todavía hay margen para las palabras y la razón política? Para que ello ocurra, se necesitan líderes con cabeza, corazón, prudencia y sentido común. Y quedan pocos. Y algunos se han ido por no resistir más, ni de lo fuera ni lo de dentro. Es el caso de Xavi Domènech, que lo echaremos de menos más de lo que imaginamos.

¿Alguien puede afirmar que se ha terminado esta escalada de violencia que se vivió ayer? ¿Alguien puede afirmar que fue un hecho aislado?

El independentismo catalán se está alimentando de “hecho aislados” continuamente. Cuando se entra en la dicotomía de “los otros o yo”, y “tengo la razón pese a quien pese”, y sentirse represaliado en tu propia tierra, las líneas rojas que no hay que pasar se difuminan rápidamente, porque todo se puede justificar.

Ya tienen su “mesías”, ya tienen sus “mártires”, ya tienen su “día conmemorativo”, solo les falta un “héroe muerto”. Eso será un punto de inflexión.

Nuestra España ha vivido ya demasiados años de violencia para tener tan débil la memoria.