El problema mayor que existe en estos momentos para poder llevar a buen término un diálogo y una búsqueda de un posible acuerdo con Puigdemont, estriba en que el actual Govern catalán pretenden que el diálogo se centre en torno a la manera de lograr su independencia, mediante una negociación de Estado a Estado. Es decir, asumiendo que la Generalitat en estos momentos es ya un Estado con personalidad jurídica propia y diferente al Estado español, sin reconocer que en realidad ellos son también parte del Estado español. Concretamente que son el Estado español en Cataluña.

A partir de esta interpretación, el énfasis de los secesionistas se quiere poner en negociar cómo se van de España y no en pactar cómo pueden continuar en España, a partir de las posibles reformas y mejoras que se incorporen a la actual Constitución española. De ahí también su esfuerzo por reconducir el contencioso a través de una mediación internacional entre dos Estados.

Esta pretensión de operar como si estuviéramos ante dos Estados ha condicionado y lastrado los anteriores intentos –trágicos− “del secesionismo catalán”: en la Primera y en la Segunda República.

No estamos, pues, ante una cuestión nueva, sino ante la reiteración de un planteamiento que viene de lejos. Y que también estuvo a punto de reaparecer a principios de la Transición Democrática, a través de una peripecia singular.

Los conocedores de las intrahistorias de la Transición cuentan que la primera reunión entre Adolfo Suárez y Josep Tarradellas estuvo a punto de naufragar precisamente debido a esta concepción de los dos Estados.

Después de la celebración de las elecciones de 1977, las expectativas de Suárez sobre los resultados en Cataluña se vieron defraudadas y se encontró con una fuerte presencia de fuerzas de izquierdas, lideradas por el PSC, y con la pretensión de restablecer y de liderar la restauración de la Generalitat.

Previamente a estas elecciones, el equipo de Suárez ya había contactado con Tarradellas, a quien visitó el responsable de su servicio de información, el entonces Coronel Cassinello. Cassinello pudo verificar sobre el terreno el sentido de honorabilidad y de responsabilidad de Tarradellas, así como las precarias condiciones en las que vivía en una zona un tanto inhóspita del interior de Francia. A partir de esta información, Suárez vio la posibilidad de utilizar la figura histórica e institucional de Tarradellas, que se seguía considerando como el Presidente de la Generalitat en el exilio, para neutralizar la estrategia de las izquierdas catalanas. Y a tal fin organizó, con toda pompa y propaganda, una reunión con el Honorable en la Moncloa. Se cuenta que la reunión inicialmente se produjo en términos de bastante aspereza. Después de las salutaciones y las cortesías iniciales, se cuenta que Tarradellas manifestó lo oportuno de aquel encuentro y su alcance histórico, diciendo que en aquella reunión estaban dos Presidentes: el Presidente del Gobierno de España y el Presidente de la Generalitat. A lo que Suárez contestó de manera airada y un tanto despectiva, afirmando que allí el único Presidente era él, y que además acababa de tener el respaldo de los votos, y que Tarradellas no era nadie, y que si podía tener alguna virtualidad era únicamente la que él le podía dar.

Ante este choque de perspectivas, cuentan que Tarradellas dijo, con cierta solemnidad: “Pues entonces no tenemos nada más que hablar”. Acto seguido se levantó y se fue de la sala.

No obstante, se entretuvo durante algún tiempo saludando a personas que estaban en la Moncloa y haciendo algunas otras actividades que le permitieron ganar cierto tiempo. Quizás también esperando que volviera a ser llamado al despacho de Suárez. Cosa que este no hizo, persistiendo en su posición de duro jugador de mus o póker, esperando a ver cómo reaccionaba el viejo líder catalán.

Después de algunos momentos de tensión, Tarradellas salió al exterior, donde había una gran cantidad de periodistas y medios de comunicación social, y con gran solemnidad les dijo que la entrevista había sido excelente, que Suárez era un líder con gran visión de Estado y que habían llegado a grandes acuerdos. Ni que decir tiene la estupefacción del equipo de Suárez, que corrieron a contarle a su jefe lo que estaba pasando. Lógicamente, de inmediato recuperaron a Tarradellas para que volvería al despacho de Suárez, donde intentaron arreglar la situación lo mejor que pudieron, encontrando entonces la mayor compresión y capacidad de realismo y sentido de la responsabilidad por parte del propio Tarradellas.

No sé hasta qué punto todos los detalles de esta interpretación de los hechos son verídicos. Sobre algunas cuestiones se han escrito libros y memorias que dan cuenta de aquel encuentro singular. Pero lo cierto es que en aquel momento la astucia de un viejo zorro de la política y la flexibilidad táctica y acomodaticia de un no tan viejo, pero muy experimentado y astuto político, como era Suárez, permitió llegar a una solución razonable, permitiendo el resurgir de la Generalitat, liderada por un político que reencontraba su papel en la Historia, que suponía una transmisión lineal de la legitimidad histórica. Líder, a su vez, que al tener pocos apoyos políticos directos no podía suponer un riesgo importante para las pretensiones de Adolfo Suárez ni para las nuevas estructuras políticas de la Transición. Hay que recordar que entonces Esquerra Republicana de Catalunya era un partido con muy poco respaldo popular (solo tuvo un escaño en las elecciones de 1977, con un 4,7% de los votos) y con muy escasa organización; y que muy pronto las tensiones institucionales de los nacionalistas en Cataluña se produjeron entre un prudentísimo Tarradellas y un líder que entonces tenía bastante potencialidad y capacidad política, como era Jordi Pujol, que en 1977 tuvo el respaldo del 16,9% de los votos y 11 diputados. Por eso, precisamente, y porque las cosas han funcionado relativamente bien durante muchos años, las divergencias conceptuales y de fondo en torno a la noción de los dos Estados han permanecido dentro de los cauces de la racionalidad, del pragmatismo y del sentido común. Y ahora nada hace esperar que el resurgir de este contencioso pueda llevar a nadie a buen puerto. Máxime en el contexto actual de la Unión Europea y de sus exigencias económicas y monetarias.