Los diagnósticos existentes sobre los problemas de la economía española son abundantes. Provienen de entidades diferentes y de profesionales del mundo económico y académico. Existen documentos detallados sobre esta idea de la evolución de las economías en las diferentes regiones. De ellos emanan mensajes que se van repitiendo, año tras año, sin descanso: cambiar o reformular el modelo de crecimiento, diversificar la economía, mejorar la productividad y el mercado laboral, decrecer, etc. Elementos todos ellos de gran importancia, innegables, pero que restan siempre en el cajón del abstraccionismo. La concreción de medidas es más difícil de abordar; iniciativas que sean plausibles y que no se adentren en el terreno de lo inabordable o imposible. Se dirá que todo puede ser abordado, y que la posibilidad de las cosas radica en la voluntad política. Esto es cierto en parte: la voluntad determina una senda, un deseo, una actitud. Pero en el mundo de la economía real, esa misma voluntad, que nadie pone en duda, se enfrenta a la dureza de los entornos, que no siempre son como uno se espera. Y, sobre todo, porque se está trabajando con un material de enorme sensibilidad: el comportamiento humano. Esto es lo que hace tan complicada la gestión económica. Assar Lindbeck, economista sueco de gran influencia en la socialdemocracia y visionario del Estado del Bienestar, decía que era posible realizar investigaciones en economía, pero resultaban más difíciles que hacerlas en ciencias naturales. Porque, decía, trabajar con la actitud humana, que implica no sólo condicionantes económicos y sociales, sino también psicológicos, dificulta muchísimo la toma de decisiones. Y éstas no están sujetas a automatismos casi matemáticos.

Así que, desde estas ideas también abstractas, la urgencia radica ahora mismo en establecer acciones de política económica. Acciones que engloban sendos espectros: el más inmediato y el de medio y largo plazo. En el inmediato, se han ido poniendo medidas de contención de la crisis –la más relevante han sido los ERTE–, en colaboración entre agentes económicos y sociales y administraciones, con un empuje relevante del gobierno central. En el medio y largo, se confía en el flujo de inversiones que va a llegar, previsiblemente, de Europa. Pero las consecuencias de la inversión no son automáticas: tardarán meses en verse resultados. Hasta entonces, otras iniciativas son claves. Y esto supone más gasto público. Se debería prolongar la política de estímulos, y considerar tres ejes importantes: la renta básica, el impulso de la Dependencia, y las ayudas sobre todo a las PYME’s con problemas de solvencia. Este mayor gasto público va a derivar en incrementos del consumo, de la demanda y de la recaudación, aspectos cruciales en esta fase inmediatista. Lo perentorio ahora es no retirar estímulos económicos, sino acrecentarlos.  Aunque impliquen aumento de déficit y deuda. Esto es más específico que seguir encastillados en el diagnóstico: éste ya lo conocemos, por vías distintas. Ahora es tiempo de concretar.

 

Fotografía: Carmen Barrios