Algunos políticos conservadores son, en el más literal sentido de las palabras, un peligro para la convivencia democrática en España. Hagamos analepsis. La erosión del discurso político se remonta a finales de los 80. En el PSOE habían vivido las crisis propias de los fichajes de aluvión que provocó la victoria electoral de 1982. En aquel precipitado socialista se disolvieron elementos nocivos como Roldán o Boyer, cada uno a su nivel, así como otros que, viniendo con pedigrí variopinto (no los nombro, usted lo sabe) cogieron la rosa del rosal y mudaron pluma tan pronto perdieron el nido (unos antes, otros después). A finales de los 80 era de lo más fácil encontrar una conversación sobre qué vinos maridaban mejor con una administración pública heredada de la dictadura; de un ejército, judicatura o policía en la que, pocos años antes, ser demócrata no tenía cabida en el cuerpo. Es más, perseguir demócratas era mérito curricular.

Y entonces llego Aznar. Prometiendo renovación, limpieza y trasparencia por boca de Rato y otros condenados por la justa posteridad. Poco a poco, erosionó el discurso político. Fue mérito de Aznar cambiar el ph de la política española. Vertió día tras día un torrente de palabras ácidas. Muy ácidas. Las palabras tienen ph y la vida sana, sea democracia o en pareja exige un ph alcalino. El stress, los malos hábitos o el ambiente enrarecido acidifican las palabras. Un cuerpo político con un discurso ácido es propio de una política enferma. Pareciendo coyuntura, se convirtió en modo y manera. La derecha con Zapatero, la derecha con Sánchez, la derecha siempre mantuvo un discurso ácido que erosionaba la convivencia.

La cuestión es dilucidar si es estrategia propia o son los medios que se han apropiado de la estrategia del PP, o son las dos cosas en perpetuo accidente. Un ciclo del agua en el que la prensa conservadora diluvia abriendo el surco (léase tesis de Sánchez), por el que discurre un torrente de palabras; insultos, sospechas e interpretaciones que erosionan la confianza de la sociedad. Detrás, allá van los valientes de derechas con su kayak, a paletadas de remo recorriendo lenguas hasta donde les lleve la corriente, que por lo general, vierte nuevamente en los mismos medios. En ocasiones, los medios entregados enteramente descargan una tormenta y, por un vete tú a saber por qué, no hay voluntarios para el rafting. Entonces toca cilicio, en propia carne. Una parte importante de la acidificación de las aguas políticas procede de ese mecanismo condicionado según el cual los medios conservadores truenan, luego en el PP ladran y en Vox aúllan.

Tantas décadas de fluvialidad venenosa ha creado su propia fauna. La youtuber Cayetana fue un espécimen característico de la pesca en diccionarios ácidos. Pero no fue la primera ni será la última. Los ríos de tinta y palabras de la derecha han tallado en la tierra una orografía de odio prêt-à-porter. Y las palabras, en esta odiorografía del mapa político, siempre buscan el terreno más bajo, el razonamiento más blando. Allí por donde la encuentra menos resistencia. Hoy en día, los límites odiorográficos marcan los campos de gestión de la pandemia y, aunque ya es literalmente vida o muerte, la derecha sigue a lo que siempre estuvo: eres mía o de nadie. Le vale para España, la bandera, la libertad, la democracia, la monarquía…

Es dudoso que cambie hábitos. Las palabras ácidas forman ya parte de su fonética, el odio y la violencia verbal ya es un rasgo de su estructura de personalidad. Por no hablar de su secuestro verbal en la táctica de los medios que, además, han descubierto el remedio político de la pandemia. Si el gobierno hace, le abofetean la cara con el revés de dictador. Si respeta competencias, le hostian la otra mejilla con la palma de abandonado. Esa es la medicina que la derecha, medios o partidos, reparten a dos manos. No mata al virus, pero ya es un sinvivir, que por algo se empieza.