En abril de 1931, los amantes de la libertad proclamaron en Madrid la República. Y no contentos con esto, declararon en la Constitución que España es una República de trabajadores… (Ilya  Eherenburg: España, república de trabajadores (1932). En “La República de los Trabajadores. La Segunda República y el Mundo del Trabajo”. Julio Aróstegui (ED.). Editado por la Fundación F. Largo Caballero (FFLC).

Hace ahora 90 años, el 14 de abril de 1931, que se proclamó la II República española. Además, el pasado 23 de marzo, se llevó a cabo un acto público en Madrid, en recuerdo del 75 aniversario de la muerte de Francisco Largo Caballero al que asistió su nieta Sonia Largo. Dos fechas emblemáticas en la recuperación de la democracia y, desde luego, en la historia del movimiento sindical (UGT) y el socialismo (PSOE).

No es extraño que se celebren estas efemérides con entusiasmo ante el avance de las fuerzas de la ultraderecha en la UE (particularmente de Marine Le Pen en Francia) y su decisión de enaltecer en nuestro país el “franquismo” y practicar el “revisionismo histórico”. Además de denigrar a los inmigrantes practicando el racismo y la xenofobia, negar la igualdad y la violencia de género, oponerse a las libertades individuales, no reconocer el cambio climático y, finalmente, apostar por reducir drásticamente los impuestos a costa de una menor inversión pública y la reducción del gasto social.

Recordar estos hechos reafirma aún más  el concepto de “memoria histórica”, para dar a conocer a los ciudadanos y, sobre todo, a los más jóvenes, la verdad de lo que ocurrió en la II República y, posteriormente, en la dictadura franquista y en la transición democrática. En concreto, es urgente y necesario denunciar la brutal violencia personificada, en los últimos meses, en la figura de Largo Caballero, además de poner en valor su descomunal Obra realizada en defensa de “la clase obrera organizada”. Nace en Madrid, el 15 de octubre de 1869, en el seno de una familia obrera y a los siete años comienza su aprendizaje en diversos oficios: encuadernador, cordelero, estuquista… En 1890 se afilia a la Sociedad de Albañiles de Madrid y tres años más tarde ingresa en la Agrupación Socialista Madrileña. Llegó a presidir la Mutualidad Obrera, la Fundación Cesáreo del Cerro, la Agrupación Socialista y la Cooperativa Socialista Madrileña. Desde 1902, Largo Caballero desempeñó altas responsabilidades en el sindicato (UGT) y en el partido (PSOE), siendo secretario general de UGT de 1918 a 1938 y presidente del PSOE de 1932 a 1935.

Participó en el reconocido Instituto de Reformas Sociales, desde el año siguiente a su constitución (1903), formando parte del grupo de vocales obreros, en su gran mayoría socialistas. En 1905 fue elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid. Formó parte también del Consejo de Estado durante la dictadura de Primo de Rivera (asumiendo una controvertida actitud pragmática) y elegido diputado encabezando las listas socialistas durante cuatro legislaturas. Como representante de la clase obrera española asistió a la Conferencia de Berna y al Congreso de Ámsterdam en 1919, donde se fundó la Federación Sindical Mundial. Además, en ese mismo año, participó en la Conferencia de Washington, donde se constituyó la Oficina Internacional del Trabajo (OIT) y, después, en todas sus Asambleas anuales, desde 1919 hasta 1933, las dos últimas como ministro de Trabajo, lo que confirma su decidida apuesta por el internacionalismo obrero. Finalmente, con la proclamación de la II República, Largo Caballero se hace cargo del ministerio de Trabajo (desde abril de 1931 a septiembre de 1933) promulgando la legislación social más avanzada de su época: “mi intensa labor ministerial es la Obra de un socialista pero no es una Obra socialista”. Más tarde ocupó la presidencia del Consejo de Ministros y el ministerio de la Guerra, en plena guerra civil, desde el 4 de septiembre de 1936 hasta el 19 de mayo de 1937.

Su exilio en Francia se produce en febrero de 1939 y, posteriormente, la policía francesa le entrega a la Gestapo y es trasladado al campo de concentración de Sachsenhausen-Oranienburg (Alemania). Fue liberado por las tropas rusas en abril de 1945 regresando a Francia donde reside hasta su muerte. En su sepelio, Rodolfo Llopis (secretario general del PSOE en el exilio) le rindió un sentido homenaje manifestando que: “El proletariado español ha perdido al hombre más representativo de su clase”. Finalmente, por iniciativa de UGT, sus restos fueron trasladados a España el día 8 de abril de 1978. La masiva manifestación que le acompañó, desde la plaza de Las Ventas al cementerio civil de La Almudena, constituyó un acontecimiento político de primera magnitud, lo que contribuyó a acelerar, en muy buena medida, la transición política a la democracia (“Largo Caballero. El tesón y la quimera”. Julio Aróstegui. Debate.)

De Largo Caballero se han dicho y escrito muchas cosas. En todo caso, es muy relevante y necesario recordar que sólo acudió a la escuela desde los 4 a los 7 años, lo que le obligó a formarse en la Casa del Pueblo de Madrid siendo reconocido como un buen estudiante, un extraordinario lector y un comprometido militante, llegando finalmente a ser el único obrero en España que presidió un Consejo de Ministros. En las Casas del Pueblo se fomentaba el entusiasmo por la organización obrera, la militancia, la austeridad, la ética, la honradez y la solidaridad internacional. A este comportamiento se llamaba y se sigue llamando el “Pablismo” en reconocimiento de lo que representaba Pablo Iglesias dentro de las organizaciones socialistas.

Es asumido por todos que Largo Caballero fue el discípulo más destacado de Pablo Iglesias -y de hecho su sucesor-, con el que convivió y aprendió mucho durante años. Se puede afirmar que fue un preclaro autodidacta, con intuición de clase, con grandes dotes de organización, comprometido éticamente con la clase trabajadora, además de sumamente austero y honesto en su comportamiento personal. También fue el artífice de la estructura moderna de UGT y un firme defensor de organizar a la clase obrera (propagar ideas y hacer proselitismo) y de educar a los trabajadores (formar “obreros conscientes”). Siempre defendió con vehemencia sus ideas, destacando la coherencia de su discurso con la acción política y sindical (“reformista” sin abandonar “la lucha por la transformación social”), lo que le acarreó críticas sin fundamento de una derecha montaraz y reaccionaria, así como de patronos y caciques sin escrúpulos.

Largo Caballero fue también un firme defensor de la autonomía del sindicato, superando la supeditación al partido de los primeros años y un firme activista en defensa de las libertades y del socialismo democrático. Consideró un suicidio la división de la clase obrera (sobre todo en un contexto de Guerra Civil) y condenó con firmeza los intentos secesionistas en su lucha contra el fascismo. A pesar de ser acusado de desviación hacia el comunismo y el anarquismo, sin ninguna razón ni fundamento, siempre fue  un firme y decidido defensor de la legalidad en la II Republica.

Por último, fue muy relevante su protagonismo en las movilizaciones obreras -de acuerdo siempre con los órganos de dirección de UGT y el PSOE-, destacando su participación en la huelga general del 17, en la proclamación de la II República y en la huelga general de Asturias en 1934. En este caso, en defensa de la democracia y, particularmente, de la Obra Social de la República; pero, sobre todo, de la lucha de la clase obrera contra el avance del fascismo internacional en sus intentos de restaurar la monarquía e imponer la dictadura. En todo caso, se puede afirmar que Largo Caballero fue un líder obrero de un marcado carácter independiente, incompatible con la hipocresía, el arribismo, la claudicación y la cobardía moral, lo que explica, sobre todo, sus sucesivos pasos por las cárceles españolas, por encabezar, con mucha determinación, las movilizaciones obreras en defensa de los intereses de su clase.

A pesar de la relevancia de su figura, últimamente se han producido hechos y episodios muy lamentables contra Largo Caballero que han tenido un amplio eco mediático y han demostrado, con mucha claridad, el gran desconocimiento que tienen los ciudadanos de su figura. Razón poderosa para reflexionar sobre la educación que están recibiendo  nuestros jóvenes en cuanto a  nuestra historia contemporánea: II República, guerra civil, dictadura y transición hacia la democracia. Los libros de texto tienen que reflejar la verdad de los hechos y, en coherencia con ello, los educadores deben actuar en consecuencia dedicando el tiempo necesario a esta materia. También los medios de comunicación y las redes sociales deben actuar con responsabilidad y, por lo tanto, no deberían hacerse eco  de falsos historiadores o políticos interesados en tergiversar la historia y practicar un revisionismo obsceno a base de patrañas, necedades, bulos y mentiras, como lo están haciendo algunos desaprensivos. Finalmente, los partidos políticos de izquierda y, sobre todo los sindicatos, deben recuperar la “memoria histórica” en la formación de sus cuadros y militantes. Una tarea básica e imprescindible  que, lamentablemente, se nos olvida con frecuencia.

En todo caso, se debe reflexionar y profundizar sobre nuestra historia para no cometer nuevos errores; no se trata de abrir nuevas heridas ni de fomentar el odio, como reiteradamente practica la ultraderecha. En definitiva, se pretende que nuestros escolares dediquen más horas lectivas a conocer lo ocurrido en nuestra más reciente historia; no debemos olvidar que practicar el “revisionismo histórico” acrecienta la  actual polarización política, fomentada, sobre todo, por el auge actual de los populismos de la ultra derecha aprovechando el desencanto y el malestar producido por los efectos de la Pandemia en muchos ciudadanos.

Lo más grave e incomprensible de todo ello es que el PP está colaborando de una manera muy decisiva en estos hechos, olvidando la responsabilidad exigible a un partido de oposición con visión de Estado, como se presume debería ser el PP. Sobre todo, cuando  además se produce en medio de una profunda crisis sanitaria, económica y social -sin precedentes conocidos en nuestro país- que pone en grave riesgo a nuestra propia democracia y nos exige aplicar una política social encaminada a superar las desigualdades, la pobreza y la exclusión social.