Escribo este artículo el 14 de abril, cuando se cumplen 90 años de la proclamación de la Segunda República Española, y lo hago estimulado por el positivo recuerdo que me evoca el espíritu de ilusión y de democracia del pueblo español esos días.

Por mucho que algunos lo quieran borrar de la memoria, éste supone un precedente democrático digno de admiración, y es necesario no perder esa perspectiva de lo que supone un logro colectivo de muchos españoles y españolas. Esto se puede hacer desde la defensa del fuerte Estado de Derecho en el que vive la España actual.

Este logro democrático fue truncado por un golpe militar que, aún hoy, algunos ya no solo comprenden, si no que en ocasiones justifican. Y es que, como el Gato de Schrödinger, están y no están en el Estado de Derecho, y acarician con nostalgia un régimen en el que muchos españoles no tendrían cabida, muchos inmigrantes estarían detenidos o deportados, o que algunos derechos fundamentales y que ahora consideramos imprescindibles, no tendrían espacio alguno.  Pero lo más detestable es esa aparente neutralidad que en muchas ocasiones esconde una camuflada complicidad. “Maldigo la poesía concebida como un lujo cultural por los neutrales”, que dijo Celaya.

En estos tiempos de silencios cómplices de unos, y de desatada furia pasional de otro, no hay nada como recordar las palabras de Manuel Azaña: “Si alguna vez sienten que se hierve la sangre iracunda, y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia y con el odio, y con el apetito de destrucción que piensen en los muertos y escuchen su lección […] el mensaje de patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad y perdón”.

Todo lo real es racional, y algunos utilizaron a Hegel para investir de una racionalidad prestada, tramposa e ilegítima, toda suerte de acontecimientos y prebendas con las que van tirando por la vida en un eterno carpe diem contradictorio y grosero.