Oír al portavoz del PP, Javier Maroto, que Sánchez está demostrando «ineficacia, incapacidad de control y soberbia a la hora de actuar» y que de paso es el peor Presidente de la Democracia; o a la Portavoz del PP en la Comisión de Sanidad, la Sra. Gamarra, criticando al Ministro de Sanidad sin consideración alguna; o a la Presidenta de la Comunidad de Madrid no abrir su convulsiva boca si no es para culpabilizar la gestión pública estatal, es mucho más que preocupante.

Esto no va de buenos y malos, de derecha e izquierda, ni de vencedores y vencidos. Va de proteger a una Comunidad de un mal generalizado.  Si lo que se quiere es generalizar la idea de que el gobierno es un pingajo, ¡mal, … estamos muy mal!

Esto no puede convertirnos a todos en gañanes de taberna. Ser oposición no exime de esta responsabilidad. No es el momento. Ahora, la preocupación mayor que podemos tener es:  la desgracia de las vidas perdidas, las que se perderán, las familias rotas en la distancia, el miedo a enfermar, la angustia por no saber cómo será el día después y lo lejano que se antoja ese día; pero mucho peor será si no queremos aprender nada de todo ello y se sigue jugando a lo de antes.

La vulnerabilidad, inseguridad, incertidumbre, miedo van adheridos a cualquier humano en una situación que puede afectar a la vida y al bienestar de “lo suyo”. Las crisis deben ser gestionadas, conducidas, hasta la normalización de la situación, no cuestionar constantemente a las Autoridades, y a sus portavoces, encargados de llevar a buen puerto el barco colectivo, es esencial, aunque muchos no lo crean.

La responsabilidad de salir de aquí es ahora de todos, luego ya veremos quien lo hizo bien o mal. Durante una crisis, la oposición no dirige la gestión, pero sí tiene una misión importante en dos líneas: tranquilizando a la población y aportando propuestas por los cauces institucionales, que no son los medios de comunicación. Durante una crisis la oposición no es la alternativa, es el complemento positivo para la continuidad de la acción de gobierno. ¡Hubiera sido bueno que hubieran participado en algún curso de gestión de crisis de los que imparte el CESEDEN para Parlamentarios y Altos Cargos!

El florecimiento de multitud de expertos en gestión de crisis (sanitarias) entre periodistas, políticos y todólogos es cada día más peligroso. Nos aleja de la solución.

Entender la ecuación no necesita muchas luces, las incógnitas se despejan desde la lógica. Eso sí, obliga a poner el foco en el punto adecuado, no en la inmediatez del rifirrafe dialéctico, único arte que al parecer se domina.

La gestión de un problema de esta entidad demanda un gobierno fuerte; no es el caso actualmente por aritmética parlamentaria, se consigue con la suma de todos. No hablando todo el día de “patriotas muertos”. ¡Ridículo!

Ahora que jugamos a los parangones históricos, un gabinete de crisis (guerra) debe concentrar en torno a sí todos los esfuerzos de la nación. Ante una situación de esta naturaleza no cabe ideologizar la cuestión. Si alguien lo pretende, a corto, creerá que puede triunfar; no tardando mucho, podrá comprobar la gravedad del error cometido.

La única estrategia para encontrar la salida está en la unidad. En su momento, en la siguiente fase, se podrá hablar desde un gobierno de concertación hasta un acuerdo parlamentario en donde se pacten las políticas de vuelta a la normalidad y cómo se establece la ardua y compleja tarea de reconstrucción de una nueva realidad. Ahora es difícil de imaginar, pero con un principio irrenunciable que mantener: la cohesión social.

En España y en Europa.  Solo así será posible poner en marcha un nuevo Contrato Social, como se generó tras la II Guerra Mundial. Renovar el pacto entre capital y trabajo, entre liberalismo y socialismo…para los leídos, renovar el espíritu que no la letra, los acuerdos de Bretton Woods.

Si ello venía siendo necesario desde 2008, cuando había que “refundar el capitalismo”, ahora se ha convertido en inaplazable. Hay que elevar la mirada y abandonar el repertorio de ocurrencias y grandilocuencias. Las incógnitas sobre el día después son compartidas, hay que empezar a compartir las posibles soluciones. Hasta ahora se ha intentado poner medidas de choque, de contingencia, ahora hace falta estrategia. Una y consensuada.

Europa se puede romper si vencen las tendencias nacionalistas y estas serán dominantes si el miedo cunde y triunfa la sensación de desgobierno y sobre todo si lleva a la ciudadanía a la desesperación moral y material.

No queda otra que abrir un tiempo nuevo. Pensar de forma diferente y generar nuevos relatos que arbitren nuevos instrumentos de gestión. Si el capitalismo, en su formulación conocida, puede ser ya historia, el liberalismo y la socialdemocracia en sus prácticas políticas, puede que también. Hace falta que los políticos electorales se den un baño de tecnocracia, pero sin olvidar que el paradigma es regresar lo antes posible a una sociedad de bienestar y sostenible como marca distintiva europea.

Esta nueva forma de pensar pasa por no cometer el error de creer que solo las políticas de fomento económico indiscriminadas, la utilización de exenciones y subvenciones bastarán como  reactivos para regenerar la actividad productiva y el empleo. Ni mano invisible ni visible. El dinero público va a ser escaso y por ello hay que ser muy selectivo con él, tanto con el que entra como con el que sale de las arcas del Estado; en los ingresos y en los gastos. El modelo tributario de ayer “puede” no ser válido para mañana. Ni es la renta de las familias, ni las cotizaciones laborales, las que deben sostener el sistema fiscal mayoritariamente. Sera insostenible que siga  existiendo una brecha tan grande entre las rentas más altas y las más bajas. El Estado mínimo ha devenido en fracaso y el nuevo tiene que ser fuerte pero también  eficiente y legitimado.

La sanidad, la educación, los servicios sociales y asistenciales, empezando por la geriátrica, han evidenciado sus carencias. Buenos profesionales, malos servicios, se ha venido a decir. Igual no es tan así, pero sí requiere una profunda revisión, incluido el reparto competencial entre el Estado y las Comunidades Autónomas, por ejemplo.

La renta mínima ha pasado de ser un deseo a una imperiosa e inmediata posibilidad a considerar, su financiación una cuestión delicada a dilucidar. Ahora bien, los empresarios (en sus distintas magnitudes) tienen que tomar conciencia de que la única forma de reactivar el consumo es inyectando dinero desde el primer momento a los consumidores y evitando procesos inflacionarios inasumibles para la mayoría de la población.

En fin, es el minuto de la reflexión, la propuesta y búsqueda de amplios consensos que abran este nuevo tiempo, no necesariamente catastrófico. Tenemos que hacernos las preguntas oportunas para que, a los que les corresponde, hallen las respuestas adecuadas.

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Álvaro Frutos fue impulsor del Sistema Nacional de Crisis Español y Director General para Conducción de Situaciones de Crisis en la Presidencia del Gobierno (1987-1996).

 

Fotografía: Carmen Barrios