Desde todas las coordenadas políticas e ideológicas se ofrecen propuestas a diario sobre cómo afrontar la crisis del COVID-19, con mejor o peor intención, con mayor o menor coherencia, fundamento o acierto. Sin embargo, una pregunta se abre paso en estos días. ¿Dónde están los liberales?

Han desaparecido por completo de la escena aquellos que abominaban del “Estado mastodóntico que asfixia a la sociedad”. Ya no se escucha a los que defendían derivar recursos públicos al sector privado para garantizar “la libertad de elección”. ¿Dónde quedan ahora las apuestas por “la mayor bajada de impuestos de la historia”?

Los que aseguraban en tribunas concienzudas que “la sociedad no existe, porque solo existen los individuos”, buscan y encuentran hoy en la sociedad organizada la cura para su enfermedad y el cuidado de sus seres queridos. Aquellos que lo confiaban todo a la “mano invisible del mercado”, prefieren hoy confiar en la mano bien visible de los profesionales de la sanidad pública.

¿Dónde están los liberales, pues? Unos, los más listos, están agazapados, conscientes de que sus proclamas hoy se percibirían como alta traición a los que sufren y a los que aguantan, gracias al Estado. Otros, los más desacomplejados, se apuntan ahora sin rubor a la reivindicación exigente de la iniciativa pública, porque “ya está tardando”. Y, finalmente, los más ridículos reclaman hoy al Estado que pague todas las nóminas del país, tras reclamar ayer que se dejaran de pagar todos los impuestos.

La lucha contra el virus ocasiona muchas desgracias, pero también nos deja unas cuantas enseñanzas que no hemos de desaprovechar en el futuro. La sociedad está mostrando algunas fortalezas de las que no éramos conscientes, pero también se ponen al descubierto ciertas debilidades, algunas recién descubiertas, y otras largamente denunciadas.

La primera enseñanza consiste en que hemos de defender lo público, porque de lo público depende la garantía de nuestra salud, de nuestro bienestar e, incluso, sabemos ahora fehacientemente, de nuestra supervivencia.

Estamos aprendiendo que defender lo público consiste en asegurar una dotación suficiente de recursos para los servicios estatales básicos, como la sanidad. Defender lo público equivale también a defender a los servidores públicos, su estabilidad, su profesionalidad, su dignidad.

La crisis nos enseña que los recortes en las políticas públicas, lejos de proporcionarnos “libertad de elección”, debilitan las capacidades colectivas para proporcionar seguridad, igualdad de oportunidades, desarrollo personal y bienestar a la gran mayoría de la población.

Sabemos hoy, mejor que ayer, que aquello de que “el dinero donde mejor está es en el bolsillo de los ciudadanos” era una engañifa, una simple coartada falaz para que los más pudientes evitaran pagar impuestos y comprometerse así con el bienestar y el progreso general. Era el discurso del egoísmo.

Y también estamos aprendiendo que defender lo público, que defender lo de todos, requiere cuidar lo público, mejorar lo público, hacer lo público más eficiente. Entre todos. Con el concurso de todos.

De esta hemos de salir vivos, claro. Y con algunas lecciones bien aprendidas, también.