Todavía con grandes incertidumbres sobre el final de la pandemia y la deseada vuelta a la “normalidad”, estos días de confinamiento nos han venido muy bien para reflexionar sobre esa normalidad un tanto desenfrenada que constituía nuestro modo de vida y sobre sus excesos y carencias, a los que nos hemos ido acostumbrando con el tiempo.

Carencias, por ejemplo, en el tiempo -en general escaso- que dedicábamos a nuestros seres queridos. El confinamiento obligatorio nos ha forzado a una interacción mucho más intensa con nuestras parejas e hijos, propiciando conversaciones, juegos y actividades compartidas para las que antes no había espacio. También, y gracias a los medios electrónicos de que disponemos, para mantener un contacto más estrecho con amigos y familiares, algunos de ellos un tanto desatendidos anteriormente. El tiempo se ha hecho más humano en este periodo y nos ha cambiado la perspectiva. Muchas de nuestras actividades pre-crisis, tal vez no eran tan importantes y en cambio ahora damos un nuevo valor a la lectura sosegada de un libro, a poner en orden nuestras plantas o a mantener una conversación de más de dos frases seguidas.

Pasando a carencias más globales, apreciamos la importancia de la sanidad pública y lamentamos no haber atendido mejor las quejas de sus profesionales cuando esta era objeto de inmisericordes recortes. En general, apreciamos la importancia de lo público, del Estado, el único que puede salvarnos en unas circunstancias como las actuales, poniendo abundantes recursos para compensar la pérdida de ingresos de las personas y las empresas. Cuando esto termine, habría que ajustar cuentas con las ideologías neoliberales que nos han venido martilleando con las bajadas de impuestos y con las supuestas ventajas de un Estado jibarizado. No hay más que mirar a Estados Unidos para ver lo que sucede cuando no existe una red pública para proteger a las personas.

Otra carencia que no atendimos en su momento fue el papel que debíamos asignar a la ciencia en una sociedad como la española. Han sido los expertos en epidemiología los que han podido asesorar al Gobierno sobre cuáles medidas eran más afectivas en cada momento del proceso. Son los expertos los que controlan la ocupación de nuestros recursos sanitarios y tienen modelos para predecir su posible colapso. Y serán los científicos los que encontrarán remedio para esta plaga y para otras posibles plagas futuras. También la tecnología electrónica, que previamente fue ciencia, nos ha permitido a muchos seguir trabajando desde nuestras casas, a los estudiantes seguir en contacto con sus profesores, a los periodistas seguir haciendo televisión y radio desde sus domicilios, y a los políticos poderse reunir virtualmente y tomar decisiones sin necesidad de presencia física.

Si queremos hacer frente con éxito a emergencias como la presente, o a otras futuras que adoptarán formas distintas, tal vez producidas por el cambio climático, o por la contaminación, o por la escasez de determinados recursos, debemos cambiar nuestra relación con la ciencia. España ha vivido de espaldas a ella la mayor parte de su historia, con algunos periodos fecundos a comienzos y a finales del siglo XX, todos ellos demasiado cortos para producir un efecto duradero. Digámoslo sin rodeos: tenemos un sistema de ciencia raquítico que no se compadece con nuestro lugar en Europa y en el mundo. Haría falta un verdadero Plan Marshall de la ciencia para ponernos a la altura que nos corresponde. Ojalá este virus nos haga tomar conciencia de nuestra fragilidad como sociedad y encontremos el consenso necesario para remediar esta carencia.

Otra insuficiencia clamorosa ha sido el modo de atender a nuestros ancianos. Tanto las residencias públicas como las concertadas y privadas han dado muestras de no tener ni el personal ni los recursos necesarios para proteger la vida de las personas a su cargo. No es admisible la cantidad de fallecidos producida por la falta de atención y protección adecuadas. Tal vez lo sucedido nos haga reflexionar sobre cómo queremos que la sociedad atienda a sus personas dependientes y sobre si consideramos razonables los escasos recursos públicos que actualmente dedicamos a ello.

En el lado de los excesos, quizás el confinamiento nos haya hecho también meditar sobre el excesivo tiempo que dedicamos a nuestros trabajos y sobre nuestro papel como consumidores. Sobre el tiempo de trabajo, se precisa una reflexión de fondo. La robotización y automatización están eliminando muchos de nuestros actuales trabajos y cada vez son necesarias menos horas humanas para producir los mismos bienes. Eso ha conducido a una sociedad dual donde muchos dedican cuarenta o más horas semanales a su trabajo y apenas pueden disfrutar de los bienes que poseen, mientras otros muchos pierden el suyo y deben malvivir de unos siempre escasos subsidios. ¿No sería más lógico repartir el trabajo y vivir todos un poco mejor, unos con más ingresos y otros con más tiempo libre? Esto no pasa de ser una reflexión teórica, porque a nadie se le escapa que el modelo capitalista se resistiría con uñas y dientes ante un cambio tal. ¿No deberíamos entonces poner en cuestión un modelo tan irracional? Los libros de Tomas Piketty abundan precisamente en esa dirección.

Y en cuanto al consumo, hemos comprobado durante el confinamiento que se puede vivir bien con pocas cosas. Alimentación, libros y aparatos electrónicos para comunicarnos parecen ser unos mínimos suficientes, al menos para los adultos. El tiempo de los recursos ilimitados se está agotando y nuestro planeta ha dado ya abundantes signos de que estamos esquilmándolo y contaminándolo en exceso. O cambiamos como humanidad nuestro modo depredador de vivir, o el planeta nos pasará factura muy pronto en forma de catástrofes climáticas, inmigraciones masivas y guerras por los escasos recursos disponibles.

La crisis pandémica nos está dando la oportunidad de reflexionar si, como sociedad, queremos seguir con un estilo de vida desenfrenado, sin tiempo para las cosas importantes, persiguiendo el dinero para consumir cada vez más bienes que no necesitamos, desatendiendo a nuestros mayores, abandonando a su suerte a los que la economía deja atrás y despreciando el agotamiento de nuestro planeta. O si, por el contrario, queremos una sociedad más centrada en las personas y en sus necesidades humanas, con un reparto más equitativo tanto de los bienes como de las horas de trabajo necesarias para producirlos, con una preocupación por la sostenibilidad del planeta que habitamos y  con más tiempo libre para disfrutar de la cultura y de nuestros seres queridos.