El conflicto catalán ha ocasionado demasiados destrozos ya en nuestra convivencia. Se han malgastado ya demasiadas energías en defensa del “procés” y en su contra.

Demasiado tiempo y demasiado esfuerzo se han invertido en descalificaciones, exabruptos, confrontaciones y conflictos, que dejan huella profunda de desencuentro, incluso de dolor.

Es tiempo ya para que intentemos superar el conflicto.

Lo necesita Cataluña y lo necesita el conjunto de España.

La ciudadanía catalana y el conjunto de la ciudadanía española se enfrentan a retos mayúsculos, como los son vencer al virus, recuperar la economía, afrontar las transiciones ecológica y digital…

Acudir a estas citas trascendentes desde la discordia y el enfrentamiento interno resultaría suicida. El precio a pagar por el fracaso ante estos desafíos históricos sería tan terrible como inaceptable.

No somos ingenuos. No se trata de generar la expectativa de una pronta y exitosa resolución en un problema que arrastra mucho tiempo y mucho desencuentro.

Ni los independentistas nos convencerán acerca de la ruptura territorial de España, ni podemos aspirar a convencerles de que abandonen esos anhelos a corto plazo.

No se trata de vetar ideas o condenar propósitos. Se trata de avanzar al menos en unas reglas a respetar por todos en aras de la convivencia democrática, con concordancias a reforzar y con discrepancias a encauzar.

Ya se están dando pasos en ese sentido. Pocos y lentos, pero son inequívocos en su intención y eficacia.

Primero ha sido preciso reconocernos y reencontrarnos.

Después está siendo necesario recuperar normalidad en el funcionamiento de las instituciones. Ya hay un Govern de la Generalitat, con un President legítimamente investido, que se reunirá en breve con el Presidente del Gobierno español.

Pronto se formalizará la mesa de diálogo entre gobiernos, en la que se intercambiarán propuestas de objetivos, reformas, acciones, inversiones… El gobierno español dispone aún de un listado con 44 proposiciones de interés para el progreso y el bienestar de catalanes y catalanas, que puede y debe actualizarse, desde luego.

Durante los últimos años, la sociedad y la economía catalanas se han visto duramente afectadas por la pandemia, por las sucesivas crisis económicas globales y por las consecuencias derivadas de la inestabilidad institucional.

Cataluña ha de recuperar el vigor y la competitividad que siempre la caracterizó como una de las regiones más dinámicas de España y del conjunto de Europa. Este reto exigirá esfuerzos colectivos, para los que el gobierno de Pedro Sánchez está más que dispuesto.

Y en esa mesa se puede hablar de más temas, desde luego. El encaje institucional de Cataluña en España. Los mecanismos de cooperación. La financiación de la Generalitat. La participación del Govern en las decisiones europeas que conciernen a sus competencias. Por ejemplo.

La receta socialista para estos asuntos es conocida. Es la misma respecto al futuro de España y al futuro de Europa. Se llama federalismo, y consiste en perfeccionar aquí el Estado de las Autonomías.

¿Qué es federalizar el Estado español en este contexto?

Respetar las identidades territoriales diversas y libres, sin menoscabo del compromiso solidario con el proyecto común.

Atender las singularidades políticas, sociales, económicas, jurídicas, culturales, lingüísticas… garantizando iguales derechos, sin discriminaciones ni privilegios.

Negociar la atribución y delimitación de competencias, asegurando instrumentos eficaces de cooperación.

Establecer mecanismos de financiación suficiente y estable, comprometiendo el desarrollo justo y equilibrado de todos los territorios.

Participar en la cogobernanza europea…

Es un planteamiento clásico, pero viable y útil, que funciona en otros Estados de composición plural y de ordenamiento descentralizado.

Pedro Sánchez, el PSOE y el Gobierno de España están dando pasos decididos y valientes para contribuir a la solución del problema. Y se darán más.

Claro que hay propuestas y caminos para el reencuentro.

El reencuentro y la convivencia pueden tener muchos caminos, pero ninguno de ellos pasa por la plaza de Colón. Quienes llaman a la discordia en Colón saben que así no contribuyen a solucionar el problema, sino a agravarlo. Lo saben y pretenden obtener ventaja partidista de exacerbar la confrontación entre españoles.

No es justo. La traición a España se perpetra en la plaza de Colón. Porque no hay mayor traición a España hoy que incitar a la discordia y al enfrentamiento entre españoles. En el momento en el que más necesaria es la unidad y el entendimiento.

Lo pagarán.