La mecánica cuántica es la teoría física que mejor explica nuestra realidad. Los fenómenos electromagnéticos, ópticos y calóricos de la materia, o los ligados a la desintegración del átomo y la energía termonuclear, son predichos hasta la octava cifra decimal de precisión por las leyes de dicha teoría. Sin embargo, su comprensión es difícil y contraria a nuestra intuición. Por ejemplo, si se enfrenta un fotón –la partícula mínima e indivisible del campo electromagnético– a dos rendijas, el fotón pasará por las dos “a la vez”, formando una figura de interferencia de ondas tras las dos rendijas. Igualmente, un bit cuántico, a diferencia de un bit convencional, estará “a la vez” en el estado 0 y en el estado 1. Se dice que está en una “superposición” de estados. Solo cuando el experimento fuerza al bit o al fotón a definirse –por ejemplo, colocando un detector en cada rendija, o tratando de leer el valor del bit–, entonces se obtendrá de forma aleatoria una de las dos lecturas posibles.

De la misma manera, los nuevos partidos como Podemos y sus confluencias han traído al panorama nacional lo que podríamos calificar como política cuántica. Sus comienzos no pudieron ser más prometedores en este sentido: no eran la izquierda ni la derecha, sino ninguna de las dos y las dos a la vez. Más adelante, se presentaron como candidatos a diputados a nuestro parlamento democrático, al tiempo que abominaban del “régimen del 78” y propugnaban acabar con él. Y en la primera investidura tras las elecciones de 2016, afirmaban querer pactar con el PSOE, a la vez que hacían todo lo posible para dificultar dicho pacto.

Pero donde han rizado el rizo de la indefinición, o más bien de la superposición de todos los estados posibles, ha sido con motivo del embate independentista catalán. Los “comunes” de Barcelona, con el apoyo de Podemos, han estado a la vez a favor y en contra del llamado referéndum, han dicho que no iban a ceder el Ayuntamiento para las votaciones, pero que iban a hacer todo lo posible por apoyarlo; han dicho que no eran independentistas, pero han participado en el mismo, a pesar de saber que era el eslabón necesario para una declaración de independencia; dicen querer la unidad de España, pero les parece bien trocear su soberanía y conceder a todo el que lo pida el derecho de autodeterminación.

Se podría argumentar que este tipo de indefinición es propia de los partidos populistas: si su único principio es apoyar lo que consideran que puede atraer a más gente en cada momento, parece lógico que oscilen de un lado a otro, o que incluso digan cosas diferentes en diferentes lugares, si así obtienen más votos. Sin negar que ese análisis pueda tener una parte de verdad, yo creo que hay algo más tras su comportamiento.

Al igual que en el caso de la mecánica cuántica, a veces la realidad les obliga a salir de la indefinición. Hay momentos en que no es posible un y un no al mismo tiempo. Uno de tales momentos lo vivimos en la sesión de investidura de Pedro Sánchez en marzo de 2017. Allí Podemos tuvo que definirse con su voto y lo hizo por el no. En ese momento se vio nítidamente que entre la izquierda y la derecha, optó por la derecha. Ya pueden desgañitarse ahora contra Rajoy y hacerle todas las pseudo-mociones de censura que se les ocurra, que su verdadera naturaleza quedó patente en aquella investidura: prefirieron la continuidad de Rajoy al gobierno de un socialista.

De la misma manera, el embate independentista ha llegado a un punto crítico tal que ha terminado por obligarles a definirse. Y no lo han hecho por la democracia, sino contra ella. Han puesto el foco donde nunca lo pondría un demócrata: en criticar la represión de los sediciosos y los intentos del Estado de restaurar la legalidad constitucional. Para ellos, los únicos culpables de la situación a la que se ha llegado son Rajoy, y ahora también sus cómplices PSOE y Ciudadanos. Ni una palabra contra la interminable secuencia de ilegalidades cometidas por el Govern. Ni una palabra contra el acoso a los que se han opuesto. Ni una palabra contra el silenciamiento forzoso al que se ha sometido a la mitad de la población catalana. Y cuando un millón de catalanes se han manifestado contra la independencia, ellos los han tachado de ultraderechistas.

Tras la última pirueta circense de Puigdemont –otro político cuántico que es capaz de proclamar y suspender al tiempo la misma cosa–, donde los demócratas vemos una maniobra para ganar tiempo sin desairar a los suyos, y a la vez dejar la pelota en el tejado del contrario, Podemos ve una “fértil oportunidad para el diálogo”. Es decir, Podemos y su confluencia catalana, puestos en la tesitura de definirse, se han decantado por los golpistas, por los que quieren reventar nuestro sistema político para instaurar por la fuerza una legalidad distinta.

Esto me lleva a concluir que al final los populismos siempre se entienden, porque en el fondo pretenden lo mismo: destruir la democracia representativa y sustituirla por algo distinto donde ellos tengan todo el poder. La democracia representativa para ellos es el camino, la herramienta para alcanzar sus fines. Igual que hicimos los demócratas con la dictadura franquista –es decir, ocupar sus resquicios legales para reventar sus costuras desde dentro–, ellos hacen lo mismo con nuestra democracia. Por eso sus diputados no pretenden reformar ni mejorar nada, por eso no trabajan en las instituciones haciendo propuestas de ley, o enmiendas a las leyes. No están ahí para eso, sino para usar las instituciones como altavoz de sus proclamas y para desestabilizar la democracia desde dentro. Lo mismo que ha hecho Puigdemont y los suyos.

El comportamiento cuántico es tan solo el disfraz. En los momentos decisivos, saben muy bien de qué lado están. Y ese lado no solo no es la izquierda, sino tan siquiera es la democracia. Cuidémonos de ellos y protejamos a nuestra democracia de sus embates, son peligrosos.