La guerra de Oriente Próximo ha despertado una gran sensibilidad en la opinión pública, debido a las imágenes y vivencias sobre los horrores de la guerra que están siendo transmitidas en directo desde miles de teléfonos móviles. Algo sin precedentes en una guerra de este tipo, que va más allá de lo que supuso en la última gran guerra mundial la estrategia de arrasar indiscriminadamente multitud de ciudades con todos sus habitantes. Lo que sucede hoy en día está dando lugar a debates muy vivos entre diferentes sectores y líderes políticos. Hechos y debates que en ciertos aspectos recuerdan una de las primeras controversias “ético-jurídicas” sobre la Guerra total y la Justicia punitiva indiscriminada que se narra con detalle en las primeras páginas de El Génesis.

Después de la catástrofe climática vivida por Noé en un Planeta anegado por las aguas en un Diluvio Universal derivado -lógicamente- de un gran cambio climático, la Biblia nos cuenta la historia de Abram, convertido en Abraham, como padre de pueblos, una vez recuperada -o alcanzada- su capacidad engendradora en virtud de una acción (?) de “Él”. De “Él” o de un “Ellos, tan mayestático como diferenciador.

¿Personajes de carne y hueso?

Lo más curioso de esa narración es la parte referida a un momento en el que, estando Abraham adormilado a la puerta de su tienda, ve cómo se acercan tres figuras, de las que dice parecen “Ellos”. Algo que se confirma cuando están cerca. A los que recibe y proporciona comida y bebida. Se trata de sujetos a los que se llega a calificar como tres varones (sic) que van hacia Sodoma y Gomorra, alertados, según dicen, por los grandes pecados de sus habitantes, y con intención de perpetrar un gran castigo contra los sodomitas.

En ese momento se inicia una conversación en la que el terrícola Abraham desempeña el papel de un intercedor, ante el horror que le despierta el ánimo punitivo global de aquellos tres “varones”.

En ese contexto, Abraham actúa como un abogado defensor. El primero del que da cuenta la Biblia. Así que, mientras Abraham acompaña a aquellas respetadas figuras, estas afirman que “el clamor de Sodoma y Gomorra ha crecido mucho y su pecado se ha agravado en extremo”. “Voy (vamos) a bajar (verificar) -dicen- si sus obras han llegado a ser como el clamor que ha llegado hasta mí, y si no, lo sabré”, concluye: “Y partiéndose de allí, dos de los varones (sic) se encaminaron hacia Sodoma”.

Víctimas inocentes

Y continúa la narración bíblica: “Abraham siguió en pie delante de Él”. “Acercándose le dijo: ¿Pero vas a exterminar juntamente al justo con el malvado?”. “Y si hubiera cincuenta justos en la ciudad -argumenta Abraham-, ¿los exterminarías acaso y no perdonarías al lugar (la ciudad) por los cincuenta justos? Lejos de ti obrar así -continúa- matar al justo con el malvado, y que sea el justo como el malvado, lejos eso de ti (“no es propio de ti”), tú el Juez de la Tierra toda, ¿no va a hacer justicia?” -se pregunta Abraham con una evidente lógica jurídica -. A lo que Javé contesta condescendiente: “Si hallase en Sodoma cincuenta justos perdonaría por ellos a todo el lugar”. Ante lo cual Abraham insiste, de manera tan comedida como lógica: “Mira, te ruego, ya que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque solo soy polvo y ceniza (“poca cosa”), si de los cincuenta justos faltaran cinco, ¿destruirías por los cinco a toda la ciudad?”. Y le contestó “Él”: “No la destruiría si hallase a cuarenta y cinco justos”. E insistió Abraham: “¿Y si hallaras allí cuarenta justos?”.

En ese toma y daca argumentativo, la Biblia cuenta que Abraham fue rebajando la cifra, disculpándose por cada nuevo tramo del regateo, hasta los treinta justos, veinte, e incluso diez. De esta forma concluye aquel proceso argumentativo sobre la noción de Justicia y de “responsabilidades específicas”, y la pertinencia -ética y jurídica- de no combatir un terror con un terror aún mayor.

La historia que se narra en la Biblia -y sus connotaciones con los criterios de Justicia, proporcionalidad, especificidad y moderación punitiva- aún se complejiza más en el siguiente tramo escénico, cuando los “ángeles” enviados a Sodoma llegan a la ciudad al atardecer y son recibidos por Lot, que estaba en la misma puerta del lugar. El cual, inclinando su cabeza hasta el suelo, les dice: “Mirad señores (sic), os ruego que vengáis a la casa de vuestro siervo para pernoctar y lavaros los pies…”. A lo que los “ángeles” (o “señores”, según Lot) se niegan, manifestando su intención de “pasar la noche en la plaza” de la ciudad. Ante lo que Lot insiste hasta lograr que vayan a su casa, donde les acomoda y les da alimentos y bebida.

Sin embargo, la noticia de la llegada de aquellos “ángeles” (“señores”) debió ser tan notoria que todo el mundo se enteró en la ciudad, de forma que pronto la casa de Lot se encontró rodeada por una gran multitud (“mozos y viejos, todos sin excepción” -se dice) que reclaman a Lot y su mujer: “¿Dónde están los hombres (sic) que han venido a tu casa esta noche? Sácalos para que los conozcamos”[1]. Ante tal reclamación, Lot suplica a la multitud: “Por favor, hermanos míos -les dice-, no hagáis semejante maldad. Mirad, dos hijas (sic) tengo que no han conocido (sic) varón; os las sacaré para que hagáis con ellas como bien os parezca -¡menudo padre!-, pero a estos hombres (sic) no les hagáis nada, pues para eso se han acogido a la sombra de mi techo”.

Y continúa la narración: “Los que rodeaban la casa de Lot le respondieron: ¡Quítate allá! Quien ha venido como extranjero (sic) ¿va a querer gobernarnos ahora? ¡Te trataremos a ti peor que a ellos!” si no los entregas. “Forcejeaban con Lot violentamente y estaban ya a punto de romper la puerta -se nos explica- cuando, sacando los hombres (sic) su mano (?) metieron a Lot en casa y cerraron la puerta”. Algo que revela que tales seres tenían una capacidad de acción y/o intimidación superior a la de aquella multitud. Lo que se explica así: “A los que estaban fuera -con intenciones sodomitas- los hirieron de ceguera, desde el mayor al menor”.

Justos por pecadores

A continuación, aquellos dos hombres advierten a Lot que huya con sus hijos de aquel lugar que “van a destruir” por mandato superior (Javé). “En cuanto salió la aurora -continúa el relato bíblico- “Lot sacó a toda prisa a su familia”, antes de que Javé y sus hombres “lanzaran sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego caído del cielo”, de forma que quedaron destruidas “esas ciudades y toda la hoya, y cuantos hombres había en ellas, y hasta las plantas de la tierra” y también varias aldeas y ciudades cercanas. Incluso la mujer de Lot, que “miró atrás” (o regresó hacia atrás), “quedó convertida en un bloque de sal”, al igual que ocurrió en Hiroshima y Nagasaki con personas que estaban menos próximas a los puntos centrales de las explosiones nucleares.

En la historia de la que se da cuenta en el Génesis, como “libro” de los recuerdos de aquel pueblo, aparte de hechos sorprendentes, lo más importante me parece que son las dos concepciones sobre la justicia (punitiva) que se confrontan. Por una parte, la de unos seres poderosos que disponen de terroríficas armas de destrucción masiva y, por otro, la de un líder de un pueblo nómada que pide compasión y equidad en las medidas “vengativas”. Con una idea que aún persiste en las concepciones populares más básicas: “Nunca deben pagar justos por pecadores”.

En la disyuntiva que se narra en la Biblia, el papel justo, equilibrado y civilizado es el que asume y defiende el padre Abraham, como líder de un pueblo pobre y atrasado (entonces) que clama ante un grupo de poderosos para que no impongan castigos tan duros e indiscriminados como los que eran capaces de causar los “ángeles” que obedecían las órdenes de aquella poderosa figura que, a los ojos del pobre Abraham, de Lot, etc., era sobre todo un ser poderoso por sí mismo (“el que es” -Javé-).

La “Justicia” punitiva de los poderosos

Lo que se cuenta en un libro escrito hace miles de años, es la historia de una guerra asimétrica en la que aquellos que tienen un poder enorme aniquilan a la vez a justos y a pecadores. A hombres, mujeres y niños, que no pueden llegar a entender por qué cae sobre ellos, que no han hecho nada (algunos de ellos), tamaño alud de fuego y materiales explosivos. ¿Acaso no suena a algo parecido a lo que está sucediendo en nuestros días en la tierra de Abraham, ahora con papeles cambiados?

Lo tremendo es que actualmente los descendientes de Abraham han asumido el rol de un nuevo Javé tremendamente poderoso, que no parece dispuesto a ponerse límites en sus deseos de venganza bíblica, ante los desmanes horribles cometidos inicialmente por un grupo de terroristas tan descerebrados como inhumanos. Pero, aun siendo cierto, como algunos indican, que toda guerra implica inevitablemente altas dosis de inhumanidad y destrucción aniquiladora, al igual que argumentaba el padre Abraham, lo propiamente humano es la capacidad de ponerse en el lugar de las víctimas inocentes y reclamar piedad, Justicia, proporcionalidad y sentido de una humanidad civilizadora que palíe los efectos siempre horribles de las guerras.

Resulta sorprendente por ello que, cuando personas como Pedro Sánchez -e inmediatamente después el propio Joe Biden, Blinker y bastantes más- reclaman pensar en las víctimas inocentes, personajes embebidos de su poder como Netanyahu reaccionen de manera airada y se pongan del lado contrario al que tuvo Abraham en aquella controversia jurídico-moral, como uno de los más memorables -y antiguos- casos de defensa de una postura humana y humanizadora. ¿Acaso no estamos ante una dinámica que está llevando a algunos poderosos a posiciones sustancialmente antagónicas a las que inspiraron uno de los libros que ha servido de referencia -y ejemplo- a muchos pueblos?

Aunque es evidente que las guerras generan muchos más problemas y horrores de los que a veces aparecen a primera vista, las conductas civilizadas ante las guerras y los actos inhumanos de terrorismo no pueden seguir una lógica ciega e indiscriminada. Es comprensible que cuando alguien ha sido objeto de actos horribles de agresión, y cuando ha sido objeto de bombardeos continuos con miles de misiles, puede llegar a encontrarse en un estado de ánimo tan obnubilado que no sea capaz de razonar equilibradamente y llegue a pensar que el terror extremo justifica responder con otros actos aún más aterradores, globales y destructivos. Pero ahí se encuentra, precisamente, la delgada línea que separa -y distingue- a la civilización de la barbarie.

Por eso no hay que confundir el sentido de lo justo y los criterios de especificidad en las acciones punibles, y de proporcionalidad en las respuestas. Es decir, hay que entender que lo propio de los seres humanos civilizados es preservar el sentido de lo justo y lo injusto, que nunca debe quedar reducido a una cuestión de fuerza destructiva.

Por eso es importante que en el actual conflicto en Oriente Próximo se entienda que no todo está justificado en un enfrentamiento armado, y que determinados comportamientos políticos y militares no pueden -ni deben- ir a más, y expansionarse sin considerar determinados límites morales, al margen de que sea mayor o menor el poderío destructivo de algunos líderes y países.

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[1] Ya se sabe lo que era “conocer” en sentido bíblico.