Desde el inicio de la filosofía la palabra, la comunicación, el diálogo ha sido una virtud a ejercitar. Desde Sócrates, a Platón o Aristóteles se reclamaba la capacidad de obtener el conocimiento y la sabiduría a través del diálogo con otros: preguntas y respuestas para conseguir los comunes que nos identifican.

Jürgen Habermas aboga por la Ética Discursiva, por el diálogo racional como base de una acción comunicativa que, mediante la expresión de los individuos, del lenguaje y la comunicación, se crea un espacio de entendimiento y consenso. Una filosofía con matriz sociológica, que se apoya en la comunicación a través de la filosofía del lenguaje. Con Habermas llegamos al triunfo del ágora, a la base de la democracia que reclamaban los filósofos griegos.

Comunicarse, entenderse y “ponerse de acuerdo”.

En primer lugar, y lamentablemente, nos hemos situado en un espacio político y social diferente. Cuando hablamos de la política, no hemos de entender únicamente a los políticos, porque ahí entramos todos en un debate público: medios de comunicación, opinadores, o ciudadanía.

Y, en mi opinión, estamos en un exceso de verbalidad, en una contundencia de razones irracionales, que expresan la intransigencia. Hemos convertido la opinión personal en fundamentación innegociable. Negociar se ha convertido en una traición a los principios y a los propios. De ahí se entiende la radicalidad de manifestaciones y gritos que se producen cuando se insulta a uno de los suyos, como puede ser el caso de Gabriel Rufián.

Si no hay voluntad de hablar y escuchar, no hay posibilidad de comunicarse, ni de negociar, ni de encontrar consensos, ni de democracia. No se busca los consensos, se busca la imposición. Nos hemos convertido en poseedores de verdades absolutas, son las nuestras, parciales e interesadas, pero absolutas. Y eso está siendo completamente dañino.

En segundo lugar, esa situación intransigente está generando una frustración permanente. Se confunde el derecho con el deseo, la realidad posible con la soñada, y lo que se desea, se quiere a costa de cualquier cosa, incluso del orden social, o de la propia convivencia. Así pues, la sensación de frustración inunda el panorama social. Los representantes políticos se convierten en ineficaces, porque nadie ofrece con exactitud y profundidad lo que uno quiere. El problema es que necesitaríamos tantos políticos como intereses individuales para representar a cada uno de nosotros.

En tercer lugar, esa incomunicación y esa frustración radicalizada llevan a una división en el interior de las naciones. O blanco o negro, o brexit o no, o 155 o no, o nacionalismo catalán o nacionalismo español, …  la sociedad está radicalizándose, sorda por un griterío en el que se trata de imponer el criterio propio por encima del bien común.

Claro que podemos encontrar razones en cada opinión. Ya lo decían los sofistas que todo es relativo. Pero nuestro Estado de Derecho y de Justicia Social no se basa en el relativismo político y moral, sino en la universalidad de los conceptos. Es decir, en lo común que nos une y nos identifica como seres humanos.

No solo es Catalunya, también es Gran Bretaña, Venezuela, EEUU, o Chile, por citar algunos de los lugares “encendidos” en estos momentos, donde se carece de diálogos y de entendimiento mutuo. Lo peor es que ninguno de los mandatarios al frente de los lugares mencionados está dispuesto a rebajar su posición. Han convertido su posición personal, “su realidad particular”, en una cuestión de Estado, y con ello, han conseguido dividir al país de forma radical.

Y están inmersos en callejones sin salida, porque en el momento que abran la puerta al diálogo, sus fervientes seguidores que han sido espoleados y agitados, como hacía el propio Torra con su apreteu, apreteu, se les considerará débiles o traidores.

Para salir de este círculo vicioso y dañino que atenta contra la propia convivencia, que genera frustración, y que comienza a perdonar la violencia como medio de expresión, se necesitan nuevos actores.

Analizamos con estupor como dos pueblos que han demostrado tener sentido común, vanguardismo e integración, convivencia internacionalista, como son el inglés y el catalán, hoy se han convertido en una aberración democrática.