Toda previsión tecnológica, sea en el ámbito que sea, conlleva desenvolvernos en un escenario conjetural con un nivel aceptable de verosimilitud. Los expertos en materia científico-tecnológica sostienen que lo que es posible, tarde o temprano, acaba siendo una realidad. Se emplazan en un “determinismo tecnológico”, a pesar de los numerosos intentos fallidos en estas materias y los fracasos comerciales. Entre los más destacados de las últimas décadas destacan los vídeos domésticos en formato Betamax y VHS, el conocido como sucedáneo de Internet, Ibertex, el Disc Film de Kodak, el sistema operativo Windows Phone, las cámaras digitales Apple QuickTake o el Samsung Galaxy Note 7.

Hacer previsiones respecto al hogar inteligente y acotarlas temporalmente es harto complicado, pues detrás de su eventual ejecución se confronta la interrelación de variables de desigual naturaleza, dentro de las cuales las culturales juegan un papel de primera magnitud (valores, estilos de vida, necesidades y demandas ciudadanas…). Si bien desde hace años se habla indistintamente del hogar electrónico, del hogar inteligente (una terminología estimo poco acertada, cuando ni siquiera los científicos saben qué es la inteligencia), del hogar domótico y permítanme la licencia de bosquejar la idea del hogar tela de araña (en virtud de sus telas espirales, que son comúnmente asociadas con el orden, y que, con la idea que trato de transmitir, concurren en la parte central de la estructura, proporcionando bienestar a las personas que allí habitan, proyectándose hacia el exterior sin limitación alguna, merced a las bondades de Internet y sus numerosas plataformas de uso).

Sea cual sea la nomenclatura que utilicemos lo que quiero destacar es que el hogar deviene en un espacio privado o, quizá ya no tanto por las posibles interferencias de ingenios inteligentes, en donde se utilizan instrumentos tecnológicos diversos para realizar las tareas del hogar y las de nuestras vidas cotidianas. Por ejemplo, robots para cocinar manjares imposibles, aspiradoras que se han hecho con los suelos de nuestras casas y parecen duendecillos que dan vueltas y más vueltas a nuestro alrededor, máquinas parlanchinas a las que hacemos solicitudes verbales, nos responden e incluso nos espían, o computadoras de gran potencia que, a través del señor wifi (no podemos vivir sin él, pero nadie lo ha visto, ni sabe dónde está), nos liga con personas y lugares impensables hasta hace poco tiempo. Este escenario, al menos en los países más desarrollados, ha transformado nuestros hogares, que se han convertido en espacios sociales multifacéticos.

Alvin Toffler en su libro The Third Waveel del año 1980, traducido al español como La tercera ola, anticipó que el hogar devendría, a medio-largo plazo, en un espacio para el trabajo, la educación, la asistencia sanitaria, el ocio, el entretenimiento… (tema del que nos ocuparemos en otra ocasión).  Ilustrativas son al respecto sus palabras “… los nuevos sistemas de producción podrían desplazar literalmente a millones de puestos de trabajo de las fábricas y oficinas a donde las llevó la segunda ola y devolverlas a su primitivo    lugar de procedencia: el hogar… …  un retorno a la industria hogareña sobre una nueva base electrónica y con un nuevo énfasis en el hogar como centro de la sociedad”.  Fue, sin duda, un visionario que anticipó la globalización, la sociedad en red, el predominio del individualismo como valor social y, si me lo permiten, el hogar tela de araña.

Planteó que, de igual modo que en el tránsito de la sociedad pre-industrial a la industrial hubo resistencias a trasladar el trabajo del espacio privado del hogar a las fábricas de incipiente creación, ya que las familias habían sido históricamente el núcleo de la organización productiva, en las sociedades tecnológicas avanzadas igualmente se presentan rémoras (lo cual no deja de ser paradójico, recordándome la idea del poder y no querer, vinculado a argumentaciones de toda condición).

En esta misma línea, Tezanos y Bordas, en una publicación del año 2000 titulada Estudio Delphi sobre la casa del futuro, asociaron “el desarrollo del hogar del futuro a la emergencia de un nuevo tipo de sociedad, en un proceso en el que las interdependencias en las tendencias sociales serán muy complejas y darán lugar a una dinámica en la que evidentemente no todo podrá explicarse a partir de lo que ocurra en las viviendas. Sin embargo, la vivienda va a ser un ámbito especialmente sensible a los impactos de los cambios asociados a la revolución tecnológica y que las transformaciones en la lógica de los sistemas productivos, en la orientación del consumo y en las innovaciones culturales y comunicaciones se van a reflejar de manera muy destacada en las casas del futuro”. Estas viviendas altamente tecnologizadas, que ya son una realidad en los países desarrollados, a excepción de los sectores más marginalizados, se están convirtiendo en nódulos estratégicos de lo comunitario.

La epidemia de COVID-19 ha emplazado a sus hogares a los seres humanos a nivel planetario, materializándose su conexión al exterior, entre los más privilegiados, por su conectividad a través de Internet. En este sentido, se observan grandes desigualdades, pues según datos del Informe Digital 2020 reports[1] existen 4.540 millones de internautas (59% del total de la población), que las zonas con mayor penetración de Internet son Europa oriental (92%), el norte de Europa (95%) y Norteamérica (88%). En caso contrario están África oriental (23%) y África occidental (36%). Por países, ocupan los primeros puestos los Emiratos Árabes Unidos (99%), Dinamarca (98%), Corea del Sur (96%) Suecia (96%), Suiza (96%), Reino Unido (96%) y Países Bajos (95%). En España se constata una penetración del 91%, ocupando el puesto 14. Por último, consignar que los países con menor penetración de internet fueron Corea del norte, Sudán (8,0%), Eritrea (8,3%) y Burundi (9,9%) (éstos tres últimos se encuentran entre los más pobres, tal como se recoge anualmente en los Informes de Desarrollo Humano).

Estos datos resultan coincidentes con la distribución internacional de la pobreza. Según el Índice de Pobreza Multidimensional 2018, elaborado por el PNUD, hay 1.300 millones de personas que viven en situación de pobreza más allá de su dimensión económica (mortalidad infantil, no tener acceso a educación, no disponer ni de electricidad, ni de agua potable, ni de combustible para cocinar, habitar en viviendas insalubres…). Se concentra, fundamentalmente, en el África Subsahariana y en Asia meridional. Se calcula que unos 560 millones de personas viven en pobreza extrema en África (el 40% de su población), observándose, a su vez, grandes desigualdades entre países, involucrando al 90% de la población en Sudán del Sur o Níger, a diferencia de Sudáfrica (6%). En Asia Meridional se contabilizan 546 millones de personas multidimensionalmente pobres (31%), de los cuales 200 millones (37%) sufren pobreza severa. Los países más afectados son Pakistán y Bangladesh, con una penetración también baja de internet, de un 16% y un 15%, respectivamente[2].

La principal conclusión subyacente es que la contingencia del hogar tela de araña es un hecho en los países más avanzados y, dentro de los mismos, entre los sectores sociales más privilegiados con acceso a Internet y que disponen de la capacidad adquisitiva suficiente para rodearse de artilugios electrónicos que han convertido a sus hogares en castillos medievales de altas murallas, aunque la permeabilidad con el exterior sea total. Muchos temen por su privacidad y han decidido, entre otras medidas, tapar las cámaras de sus ordenadores para no sentirse esquilmados por el nuevo gran hermano, que nadie ve, pero que “haberlo, haylo” y que al pobre D. Quijote hubiera enfadado, profundamente, por su osadía.

Pero ha facilitado, por poner algún ejemplo, que muchos trabajáramos desde las diversas estancias de nuestros domicilios, que los niños y estudiantes en todas las edades, con posibles, pudieran seguir sus clases telemáticamente, que compráramos nuestros productos alimenticios y de primera necesidad sin movernos de nuestros sillones (en el mes de marzo en España el sector Alimentación ha sido uno de los principales beneficiados, con un incremento del 164%), que adquiriéramos voluntades de toda índole para tiempos de confinamiento (el sector deportes ha sido el más beneficiado, con un  acrecentamiento del 67%)[3], que realizáramos reuniones virtuales de trabajo, familiares o de ocio (una de las aplicaciones más comunes de videoconferencias ha pasado, en menos de tres meses de 10 millones de usuarios al día a 200 millones),  que hayamos visitado a través de consultas telemáticas a nuestros médicos, además de disfrutar de un sinfín de ofertas culturales para entretener los días. En definitiva, todos los servicios recibidos desde la comodidad de nuestras atalayas alertan sobre las mutaciones en el ámbito humano que se han instalado con el Covid-19 y que, previsiblemente, se quedarán ya con nosotros.

Nuevos patrones de comportamiento, consecuentemente de estilos de vida y de convivencia están ya para apostarse con nosotros. Deberíamos estar atentos a sus luces y sombras, si queremos que realmente este cambio social nos beneficie como civilización. Y todo ello puesta la mirada en que los últimos meses se han constatado, si cabe más, cuáles son los problemas más graves de la humanidad: las desigualdades y la pobreza, siendo como somos parte de los privilegiados de esta gran tela de araña en la que se ha convertido nuestro mundo.

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[1] Véase, Digital 2020 Global Digital Overview (January 2020) https://wearesocial.com/blog/2020/01/digital-2020-3-8-billion-people-use-social-media

[2] Véase, Banco Mundial, https://datos.bancomundial.org/indicador/IT.NET.USER.ZS

[3] Véase, Estudio sobre el impacto del Coronavirus en las tiendas online [Índice Doofinder 1000] https://www.doofinder.com/es/blog/estudio-covid19-ecommerce