En estos tiempos, se emplea la palabra fascista con demasiada ligereza, la mayor parte de las veces para descalificar el discurso de otra persona con la que no se está de acuerdo. Y sin embargo, hay alguna ocasión en que esta palabra es perfectamente adecuada para caracterizar una ideología. Tal es la de quienes defienden que los catalanes tienen genes superiores a los de los “españoles”, que estos últimos son “hienas, bestias con forma humana”, que no se duchan, o que solo producen miseria y corrupción. También lo es, cuando sus referentes históricos son personas o grupos de esa misma ideología, que emplearon el terror y el asesinato para llevar adelante sus ideas.

Lo contrario de la ideología fascista es la democracia, que consiste en una serie de reglas para convivir pacíficamente entre diferentes. En democracia, todos los ciudadanos somos iguales ante la ley, tenemos los mismos derechos, y nuestras diferencias se dirimen mediante la palabra y el voto. En democracia, tener opiniones, religiones, etnias, o genes diferentes no afecta a los derechos ni al respeto que se debe a todas las personas.

Los independentistas catalanes comenzaron presentando sus aspiraciones como un proceso democrático, pacífico y amable (la revolución de las sonrisas, dijeron). No ha sido ninguna de esas tres cosas, y al final han terminado colocando a un filofascista al frente de la más importante de sus instituciones. ¿Cuál es el común denominador que ha hecho que tal personaje haya sido votado por un partido de derechas, como el PDeCAT, por otro supuestamente de izquierdas, como ERC, y por otro anticapitalista, como la CUP? La respuesta es simple: el nacionalismo es una ideología tan corrosiva que es capaz de unir por encima de las barreras de clase. Lo cual confirma lo que muchos sabíamos: que se trata de una ideología reaccionaria, y muy dañina para las fuerzas progresistas. No hay más que fijarse en lo que está pasando con España: cuando ocupan el primer plano las ocurrencias y peripecias de los independentistas catalanes, o sea cada dos días, desaparecen de él las pensiones, los salarios precarios o las reivindicaciones de las mujeres. La derecha española les debe grandes servicios a estos señores, porque les basta con envolverse en la bandera nacional y con apelar a la unidad de la patria, para que nadie les pida cuentas por todos los problemas sociales que están dejando pudrir.

A priori, el nacionalismo y el independentismo serían ideologías que se podrían defender en un marco democrático, como lo son el liberalismo, el republicanismo, o la socialdemocracia. Y sin embargo, en la práctica, casi siempre derivan en limitar la libertad de los otros, o en no respetar al diferente, cuando no, como estamos viendo, en puro supremacismo y xenofobia. En Cataluña, los constitucionalistas son acosados, insultados y objeto de ataques por parte de los grupos independentistas, y sus opiniones son silenciadas en la televisión pública y en la prensa. El procés dista mucho, pues, de ser amable y democrático, pues su vocación es imponerse por la fuerza a la mayoría de la propia población catalana, que por mor de un sistema electoral deficiente, cuenta sin embargo con una minoría parlamentaria.

No debe extrañarnos esta deriva, porque el nacionalismo se impulsa a sí mismo con dos potentes motores: el victimismo y el enemigo exterior. El victimismo ha sido, y sigue siendo, conscientemente buscado por el independentismo. Gran parte de su política se basa en la provocación: se busca alimentar la clásica espiral acción-reacción, que ya la ETA propugnaba en sus escritos. A una provocación al Estado, le sigue una reacción de este, la cual genera nuevas víctimas, que se convierten automáticamente en adeptos a la causa. El otro motor consiste en exaltar las diferencias con el de fuera y en hacerle aparecer a la vez como opresor y como alguien de categoría inferior. La misma palabra elegida, “Estado”, para referirse tanto al Gobierno de España, como a su Parlamento, a sus grupos políticos, y a sus tribunales de Justicia, indica un deseo de despersonalizar al enemigo y de presentarle como algo terrible y amenazante para el sufrido pueblo catalán. En definitiva, no parece que el nacionalismo se esté defendiendo democráticamente. Más bien parece que son consustanciales a él, la mentira, la deformación del adversario, la imposición al diferente, y la exaltación de la propia superioridad. De ahí al racismo y al fascismo, como hemos comprobado, no hay más que un paso. Y si no, ahí está la convulsa historia del siglo XX para confirmar los estragos que puede hacer el nacionalismo exacerbado, especialmente cuando es alimentado desde la cúspide del poder político.

Lo peor de todo es que, de la fractura social, ya se ha llegado al enfrentamiento civil. Cada vez son más numerosos los incidentes en los que grupos de distinto signo se enfrentan en la calle, en los colegios, o en las universidades. Cuando desde el poder se llama traidores, o se les niega la catalanidad, a los que no comulgan con la ensoñación independentista, se está justificando ideológicamente a los intolerantes y a los violentos. La experiencia del País Vasco debería sernos de utilidad para no repetir los mismos errores. Allí, la parte no nacionalista de la población vivió acosada y amedrentada durante muchos años por sus vecinos independentistas, estos a su vez amparados por la violencia de ETA. En Cataluña no hay ETA, pero si existe esa misma violencia ejercida por los que se sienten solo catalanes, amparados en este caso por sus instituciones, contra los que sienten su identidad de otra manera. No hay que dejar que se haga grande la serpiente. Ahora que su huevo es todavía pequeño, y aunque parezca inofensivo, debemos combatirlo para impedir que crezca. Ingmar Bergman nos ilustró perfectamente en su película[1] qué pasa cuando se deja crecer a la serpiente.

No es fácil proponer soluciones cuando las cosas han llegado al punto al que lo han hecho en Cataluña. Una parte, al menos, de la solución podría venir de que se abriera paso una mínima racionalidad en un sector del independentismo, representado sobre todo por ERC. Que reconozcan que persistir en la provocación y en el enfrentamiento con las instituciones españolas, como parecen pretender tanto el nuevo President como el fugado a Bruselas, no puede traer más que desgracias a Cataluña. Sus primeras decisiones no dejan lugar a dudas de que su política será la confrontación permanente. Otra parte puede venir de que los partidos de la derecha, PP y CS, dejen de intentar sacar provecho electoral del desafío independentista, y reconozcan que hay un problema político de gran magnitud en Cataluña. Y dicho problema son, sobre todo, los dos millones de catalanes que siguen votando a los partidos independentistas a pesar de todos los errores, inconsistencias, bandazos, promesas incumplidas y exhibición de mediocridad de los que estos han hecho gala en los últimos meses. Una vez reconocido que continuar el enfrentamiento es perjudicial para ambas partes, el siguiente paso sería la búsqueda de un pacto, búsqueda que a buen seguro exigirá tiempo, inteligencia y tenacidad.

Pero estamos muy lejos de ese escenario, y el haber aupado al poder a un President racista y xenófobo –lo que ha sido responsabilidad exclusiva del independentismo– no ayuda en absoluto. Es urgente parar esta espiral y hacer que la cordura se abra paso.

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[1]“El huevo de la serpiente”, Ingmar Bergman 1977. En ella, el Dr. Vergerus afirma : “Cualquiera puede ver el futuro, es como un huevo de serpiente. A través de la fina membrana se puede distinguir un reptil ya formado”.