El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Ese podría haber sido el eslogan de Podemos en las Elecciones Europeas de 2014 cuando se presentó bajo la efigie de Pablo Iglesias. Era curioso ver las papeletas de los distintos partidos en las que, junto al puño y la rosa, la gaviota o los otros símbolos de los diversos partidos políticos, aparecía la cara del líder de ese partido político.

Y es que, aunque en otros países de menor nivel de escolarización que el nuestro, es usual sustituir las palabras por rostros en las papeletas electorales, aquí era novedoso. Como lo eran algunos de los modos, y modismos lingüísticos, que parecían inaugurar una nueva etapa de la política española. La coleta, o las rastas, sustituían la raya a un lado, la camisa remangada a la chaqueta, la palabra llana a la rígida cortesía parlamentaria y el metro, al coche oficial. Todo, para distinguirse de los representantes políticos de la casta porque, ellos eran los auténticos elegidos por la gente auténtica para implantar la democracia real, la auténtica.

Y, ¿quién mejor para encarnar todo eso que Pablo Iglesias, el creador de Podemos? Permítaseme simplificar, aunque reconozca que, aquí, la Santísima Trinidad es un poco más colectiva, porque se mantiene la idea de que existen varias personalidades pero un solo creador verdadero. La prueba de que es plausible la simplificación es que varias de esas personalidades han ido desapareciendo de la derecha (siempre de la derecha) del creador, mientras este acrecentaba su hegemonía entre los inscritos. La última vez que preguntó, le apoyaban el 89% de ellos, cosa que, habiendo casi tantos círculos y mareas como inscritos, hay que reconocer que no está nada mal.

El mensaje de redención, lo que podríamos llamar la buena nueva, fue calando entre el pueblo elegido, la gente, que le fue otorgando su apoyo electoral elección tras elección hasta llegar a permitirle a Pablo (obviemos sus apellidos, todo el mundo sabe quién es Pablo a estas alturas) nombrar gobierno de España en aquella famosa rueda de prensa de 2016.

Y llegó la redención prometida pero, como la caridad bien entendida empieza por uno mismo, se empezó a notar primero en algún joven sin futuro que, ¡oh milagro!, empezó a tenerlo. Después, el virus del capitalismo, y su extensión sistémica, se encargó de repartir prebendas entre los miembros de la cúpula de esa formación. Es cierto que el código ético de Podemos trató de montar un firewall que evitara el contagio pero, como ya ha advertido el propio Pablo, el capitalismo es muy difícil de derrotar.

Y llegamos a la cuestión: resulta que Pablo e Irene (que, de estas también se ha ganado la pérdida del apellido) han querido gozar del derecho constitucional a la vivienda comprándose una casa, la ya famosa Casa. Como hace la gente, o sea la gente, han pedido un crédito hipotecario y, para que nadie pensara que el Santander o BBVA les fueran a hacer un favor, se lo han pedido a una Caja nada sospechosa porque es de Ingenieros y es de Cataluña y ellos, ni Pablo ni Irene, tienen nada que ver ni con los ingenieros ni con Cataluña. Además, esa entidad bancaria ha hecho la juiciosa previsión de que, un día, se morirán los padres de Pablo y este podrá heredar su patrimonio, con lo que la devolución del préstamo está garantizada, incluso si la pareja pierde el referéndum que han organizado en Podemos. Pero eso no ha impedido una avalancha de críticas, de esas que se suelen hacer a los miembros de la casta, pero que, hay quien piensa, no deberían hacerse a ellos (ellos son, naturalmente, Ellos).

Esas críticas, excepto en algún y destacado caso, han venido desde fuera de Podemos. Y lo hacen como si pertenecieran a Podemos, censurando la falta de coherencia entre el mensaje y la Casa. A mí me recuerda cuando los no creyentes critican cada elección de Papa en los cónclaves de la Iglesia Católica. Siempre pienso que esa intromisión en asuntos ajenos es, además de una falta de educación, una desvergüenza, ya que se pretende gozar de la prerrogativa de opinar sobre el Papa más adecuado sin las obligaciones de los auténticos fieles.

Ahora creo que pasa lo mismo con este asunto de la Casa. Si quieres sentirte defraudado con la actuación de Pablo, inscríbete en un círculo o créalo tú mismo, quítate la chaqueta (cosa práctica ahora que viene el verano), acude a los mítines y, sobre todo, a las manifas y, luego, opina. Pero date prisa en hacerlo a ver si te da tiempo a votar en el anunciado referéndum.

Mientras tanto, solo debemos hacer análisis serios, rigurosos y objetivos. Volviendo a la explicación trascendente, o sea la buena, podría ser que Galapagar se convierta en una moderna Roma y la Casa en el Vaticano del nuevo movimiento quincemesiánico. Cosas más raras se han visto en el país del Palmar de Troya o de la lucecita del Pardo. Al fin y al cabo, Galapagar está a tiro de piedra de uno de los últimos lugares que frecuenta la Virgen, en El Escorial.

No nos adelantemos a los acontecimientos, pero queda por ver si un nuevo Constantino, con tal de afianzar su poder, no abraza en el futuro la causa podemita. La única contraindicación que tiene el asunto es que ni Pablo durará los 325 años que pasaron entre el nacimiento de Jesús y el Concilio de Nicea, ni creo que, al paso que lleva, deje muchos seguidores que duren tanto. Pero hoy, como es sabido, las ciencias, y la sociedad, adelantan que es una barbaridad.

(Acabo de ver que el número de caracteres sobrepasa lo normal en estos casos con lo que debo agotar el análisis de este tema inagotable).