Cuando se cumple un año del regreso de Pedro Sánchez a la secretaría general de la Comisión Ejecutiva Federal del Partido Socialista, puede ser un buen momento para hacer un balance de su gestión e identificar los retos más inmediatos.

El PSOE lleva desde 2014 situado en una posición estructural que supone hacer frente simultáneamente a dos fuerzas políticas no tradicionales, Podemos y Ciudadanos, que achican su espacio tanto por la izquierda como por el centro. Esto es objetivamente una gran dificultad, aunque Podemos haya aparentemente perdido cierto vigor con el paso del tiempo, y Ciudadanos represente en este momento poco más que la aspiración a sustituir al Partido Popular como gran partido de la derecha española, y por tanto abandonando el espacio del liberalismo, incluyendo sus elementos progresistas.

Sin embargo, el PSOE, ante esta difícil situación, se ha mantenido como primera fuerza de la oposición y de la izquierda, en dos elecciones generales con los medios de comunicación mayoritariamente en contra, y con una feroz oposición interna al secretario general, que culminó con el desgraciado Comité Federal del 1 de octubre de 2016.

Un año después del regreso de Pedro Sánchez a la secretaría general, la oposición interna a la dirección, aun en estado latente, no está aireando sus críticas en los medios de comunicación, lo que es positivo, mientras que como ha sido la tónica en el pasado, sin cumplirse, los sondeos vuelven a dibujar un panorama complicado, si bien en un contexto de empate entre PP, PSOE, Ciudadanos e incluso Podemos, con alguna encuesta dando una primera posición destacada al partido de Rivera, por cierto la misma que también en su día otorgó tal estatus al partido de Iglesias Turrión.

A estas alturas, es evidente que las encuestas ya no merman el aplomo de la actual dirección del PSOE. Además, tras el paréntesis de la gestora, el PSOE se ha reposicionado bastante bien en la izquierda, con la ambiciosa ponencia aprobada en su último congreso, además de revelarse como un partido abierto a la participación de sus bases, lo que permitió el regreso de Sánchez, tras su traumática salida de la secretaría general, y responsable y fiable en lo que respecta al desafío del nacionalismo catalán.

Por otro lado, el mes de mayo de 2018 es un ejemplo, aun a riesgo de elevar a categoría lo que puede ser un epifenómeno, de las oportunidades de crecimiento que tiene el PSOE de cara a las elecciones municipales, autonómicas y europeas de 2019, las cuales suponen una gran oportunidad para el socialismo español.

Por un lado, dos acertadas propuestas del PSOE relativas a reformar el Código Penal para que el delito de rebelión en el futuro pueda aplicarse fuera de toda duda a casos como el secesionismo unilateral, y a obligar a prometer la Constitución como conditio sine qua non para acceder a los cargos públicos, muestra que, además de hacer una contribución importante para la defensa del Estado de Derecho, amenazado por el nacionalismo catalán, también es posible articular un discurso anti-nacionalista y desacomplejado desde el socialismo, poniendo en causa el duopolio del PP y de Ciudadanos, en este terreno.

Esto ha coincidido además con una reacción más bien histérica por parte de Ciudadanos respecto de la investidura de Torra en Cataluña, mientras que Pedro Sánchez ha mostrado firmeza, equilibrio y calma, además de revelarse como un interlocutor fiable en asuntos de estado. Así, mientras Sánchez ha aparecido como un estadista presidenciable, Rivera ha caído en el histrionismo, lo que ha rematado con un ejercicio de españolismo cañí, envolviéndose con la bandera nacional al ritmo de los discutibles compases de Marta Sánchez, lo que en poco o en nada ayuda a defender la unidad desde el Derecho ni a aportar una solución política a la situación catalana.

Por otro lado, en los mismos días se ha sabido que los principales referentes de Podemos, Iglesias y Montero, se han comprado un caro chalé en Galapagar, Madrid, en contra de declaraciones hechas en el pasado y de lo que se esperaba de ellos, sino en cuanto a la ética, al menos en cuanto a la estética. No es fácil calcular el impacto en votos de esta polémica, y más a un año de las próximas elecciones, pero alguno desde luego va a tener. Podemos tiene y tendrá a partir de ahora un cierto problema de coherencia y credibilidad, sin que por ello vayan a dejar de ser un poderoso rival para el PSOE por la izquierda.

En conjunto, estos dos ejemplos ponen de relieve que el PSOE está en disposición de recuperar espacio tanto por el centro como por la izquierda. Esta aproximación permite no renunciar en el discurso a ningún sector del electorado progresista, optando por ser solo de izquierda, o apostar por el centro, sino, como siempre ha hecho el PSOE, aspirar a representar al conjunto de la mayoría social, que se sitúa en el gran espacio del centro-izquierda, tanto sociológicamente, como por tanto electoralmente.

Esta estrategia se concreta en el discurso y en el programa, avanzando propuestas netamente socialdemócratas en el campo económico, pero que no ignoren el principio de la realidad y el gradualismo (lo que ya se viene haciendo, al contrario que Podemos, y a pesar del cerco de los medios), y frente al neoliberalismo de Ciudadanos, a la vez que se defiende sin ambages la unidad de España y la adhesión a la Unión Europea, así como el liberalismo social, lo que limita las capacidades de crecimiento tanto de Iglesias como de Rivera. Es decir, se está articulando simultáneamente un discurso en contra de las desigualdades, a favor de la unidad del Estado, y de su plena inserción en el proyecto europeo, concebido en clave federal, lo que posiciona al PSOE como único referente de este espacio, es decir, el de los ciudadanos progresistas que defienden sin complejos una España unida en una Europa federal.

El componente europeo del discurso es importante. Ciudadanos, más allá de sus debilidades desde la perspectiva progresista en asuntos como el mercado de trabajo y la causa de las mujeres, se está intentando aprovechar, desde su probado anti-nacionalismo (catalán) como el partido europeísta por antonomasia, lo que además casa bien con su entendimiento con Macron, sin duda un neoliberal de tomo y lomo, pero a la vez campeón de ideas europeístas como la circunscripción electoral paneuropea.

Pero frente a esto, el PSOE está en condiciones inmejorables para presentar el programa político más ambicioso para la Unión, como única fuerza que defiende la Europa federal con todas sus letras, y a la vez reivindica que la misma sea plenamente social. Ni Ciudadanos ni Podemos pueden articular este discurso, ya que los primeros creen en el liberalismo económico, y los segundos no creen en la unión política federal de Europa.

A la vez, la oferta del PSOE, conjuga un progresismo avanzado con experiencia de gobierno y solvencia, de lo que carecen tanto los morados como los naranjas.

En el mes de mayo de 2019, lo que coincidirá con el 140 aniversario del PSOE, habrá tres elecciones, dos de ámbito nacional, locales y europeas, y autonómicas en una serie de Comunidades.

Todos estos comicios son importantes en sí mismos en sus respectivos ámbitos, pero el partido que gane las municipales y europeas partirá con primacía de cara a las elecciones generales que en principio tendrán lugar en 2020, sin descartar un adelanto que haga coincidir las cuatro convocatorias.

Aparte de que el PSOE dispone de una estrategia, más arriba esquematizada, para ser la primera fuerza política, también cuenta con alguna ventaja respecto de Podemos y Ciudadanos en el ámbito municipal.

Salvo en las grandes ciudades, y no mayoritariamente con su propia marca, Podemos no cuenta con una fuerte implantación territorial ni con suficientes referentes locales. Lo mismo se puede decir de Ciudadanos, si bien aparece con fuerza en la ciudad de Madrid por el colapso del Partido Popular, y en Barcelona, por el éxito político de Arrimadas y la posibilidad de presentar al ex primer ministro francés, Manuel Valls, como alcalde de la ciudad. Aunque no es fácil, el PSOE podría ganar en votos las municipales en el conjunto de España aun sin obtener buenos resultados en Madrid, Barcelona y Valencia, donde en cualquier caso tendrá que movilizar a sus mejores activos, si tenemos en cuenta que ya en 2015, en condiciones difíciles con la eclosión de Podemos tras su aparición en las elecciones europeas de 2014, los socialistas se quedaron a solo dos puntos porcentuales del Partido Popular, además de recuperar importantes gobiernos autonómicos en el País Valenciano, Castilla La Mancha, Aragón y Extremadura.

En cuanto a las elecciones europeas, tanto Podemos como Ciudadanos se benefician de una circunscripción única, mientras el partido de Rivera se está posicionando, como se decía, como la formación europeísta por antonomasia, sacando provecho de su anti-nacionalismo catalán y de su cercanía al proyecto europeo de Macron. Frente al euroescepticismo de Iglesias Turrión y el neoliberalismo europeísta de Ciudadanos, el PSOE está en condiciones de presentar al electorado el programa más ambicioso para Europa, en su doble dimensión política y social, lo que puede revelarse como la opción ganadora.

El PSOE tiene por tanto una gran oportunidad electoral en el año de su 140 aniversario, aprovechando el buen trabajo realizado por la dirección en su primer año, disponiendo de un líder consolidado y elegido por las bases, y presentando una oferta programática realista y de izquierda para corregir las desigualdades, una solución para Cataluña desde la unidad de España, y una visión europea progresista y federal. De este modo, podremos tener en 2020, o incluso antes, un gobierno socialista presidido por Pedro Sánchez, y por tanto al servicio de los intereses y derechos de las clases trabajadoras y profesionales, lo que se necesita urgentemente tras los largos años de gobierno de la derecha, en los que se han profundizado las brechas sociales al son de los escándalos de corrupción.