De la misma manera que existen negacionismos militantes sobre el cambio climático y sobre el evolucionismo –aunque resulte inaudito−, desde hace tiempo se mantiene también una resistencia persistente a reconocer la grave evolución social que se está dando en muchas sociedades desarrolladas. Lo cual está generando un problema de enorme entidad, que se une a la persistencia de graves desigualdades internacionales. Se ha llegado a hechos tan extremos como que solamente ocho grandes magnates concentren en sus manos tanta riqueza como la mitad de la humanidad. Es decir, como los 3.600 millones de personas que tienen menos ingresos. A lo que se unen “aberraciones” sociales insoportables, como que todavía más de 800 millones de seres humanos padezcan hambre, cifra que se eleva considerablemente si consideramos también las carencias en micronutrientes.

Estamos, pues, ante la perspectiva de unas sociedades que están evolucionando hacia una catástrofe social y hacia una afrenta moral, sin que buena parte de las élites del poder acaben de tomar conciencia de la necesidad apremiante de un cambio sustancial en las actuales políticas económicas y sociales. Tanto desde una perspectiva nacional, como en una dimensión internacional.

En España, la situación social también ha evolucionado de manera muy negativa, habiéndose alcanzado los índices más altos de desigualdad, e incluso de pobreza infantil, de los países europeos. A lo que se une que más de un tercio de las familias españolas no puedan llegar a final de mes, habiendo quedado reducida la proporción de personas que viven con desahogo, según los datos del INE, a únicamente un 28% de la población.

Lo más grave es que, mientras la riqueza tiende a concentrarse en pocas manos, el crecimiento económico no se está distribuyendo de manera equitativa, y ni siquiera las personas con empleo tienen garantizado un nivel de vida digno. De hecho, tenemos casi tres millones de trabajadores cuyo salario se encuentra por debajo del nivel de la pobreza.

Y a todo esto se une una grave fractura generacional. En el libro que he escrito con Verónica Díaz, y que estará en circulación la semana próxima (La cuestión juvenil. ¿Una generación sin futuro?, Biblioteca Nueva), aportamos datos concluyentes de una investigación realizada a lo largo de los últimos seis años, que muestran que se está llevando a toda una generación de jóvenes españoles a una situación límite y sin futuro. Por ejemplo, más del 70% de los menores de 35 años o no tienen trabajo, o lo tienen en condiciones sumamente precarias, inestables e infraremuneradas.

Todo esto tiende a conformar un caldo de cultivo social y actitudinal que explica el profundo malestar y la desafección política y ciudadana que tenemos. Fenómenos que también están dando la cara en otros países europeos –y del mundo− y que están traduciéndose en apoyos a partidos populistas y a líderes demagógicos que prometen lo que amplios sectores de la sociedad están deseando y esperando escuchar, muchas veces sin propuestas ni programas serios y viables.

Consecuentemente, el escenario político de nuestras sociedades está complicándose, sobre todo en aquellos países en los que los partidos socialdemócratas tienden a enredarse en cuestiones conflictivas y en enfoques políticos de corto alcance, sin proyectos, sin convicciones, sin credibilidad y sin capacidad de generar entusiasmo. Lo que está dando lugar a una pérdida de apoyos y de capacidad política. Lo que nos emplaza ante una disyuntiva clara: o bien los partidos socialdemócratas son capaces de sintonizar nuevamente con los ciudadanos y de atender a los asuntos importantes que suceden en nuestras sociedades, planteando nuevas propuestas y estrategias adecuadas y claras, o bien se producirá un estancamiento en un clima de desconfianza y de bipolarización social y política extrema, que solo puede conducir a un agravamiento de la situación económica y social.

En definitiva, lo que nuestras sociedades necesitan en estos tiempos de “negacionismos” acientíficos y reaccionarios es reconocer las cosas como son, atender a los datos reales y efectuar debates sosegados y rigurosos, dando ejemplo de inteligencia y sensatez, y apoyando las alternativas y los planteamientos que hoy en día se requieren.