El 22 de septiembre de 1941, el Alto Mando alemán emitió la Directiva n.º 1a 1601/41, “Respecto a la futura existencia de la ciudad de Leningrado”, donde Hitler decidió borrarla de la faz de la tierra. El sitio a Leningrado dejó más de 1.200.000 fallecidos. Recuerdo este hecho por tres motivos.

El primero, por la detención, el pasado día tres de marzo en San Petersburgo, de Elena Osipova, de 78 años, superviviente del nazismo que nació tras el asedio a Leningrado. Su pecado: oponerse a la guerra en Ucrania, y portar varios carteles a favor de la paz y de la destrucción de las armas nucleares en todo el mundo. Putin debería recordar que Leningrado resistió. Y las Osipova de hoy, resistirán por toda Ucrania y también por toda Rusia.

El segundo, porque me ha venido a la memoria, lo vigente que está lo escrito por Olivier Guez, cuando afirma que:

“Cada dos o tres generaciones

cuando se agosta la memoria

y desaparecen los últimos testigos

de las masacres anteriores,

la razón se eclipsa

y otros hombres

vuelven a propagar el mal.”

El tercero, es que hay que ser conscientes de que Putin ha decidido llevar hasta el final el horror, recrudecer la guerra y masacrar ciudades, y con ello hombres, mujeres y niños. Para después, sentarse, desde su punto de vista, a negociar en mejores condiciones, y lograr una seudo victoria que pueda vender en “su Rusia Imperial”.

Pero, Putin tiene que recordar su propia historia.

Una historia que le tiene que llevar a la conclusión de que la invasión no le va a resultar fácil ni beneficiosa, a pesar de las masacres que está realizando, porque el pueblo ucraniano, como el ruso en la Segunda Guerra Mundial, ha decidido resistir, luchar por su libertad. Y eso, con la ayuda externa que están teniendo, es más fuerte que el mayor de los ejércitos, porqué han resuelto aceptar el mayor de los sacrificios, que es la posibilidad de morir, defendiendo lo que creen, como hombres y mujeres libres.

No es que desde que comenzó la invasión, el 24 de febrero, hayan vuelto a Ucrania más de 80.000 ciudadanos para contribuir a la defensa armada. Es que, en cada rincón de ese país, millones de personas les están esperando para poner su granito de arena en una resistencia que pretende que Ucrania siga siendo una realidad donde puedan vivir en paz y no sometidos a ningún poder extranjero.

Putin haría bien en recordar las palabras de Hipócrates, en Tratados hipocráticos, Sobre los aires, aguas y lugares, 16, 23, cuando señala que: “Donde los hombres no son dueños de sí mismos ni independientes, sino que están bajo un señor, su preocupación no es cómo ejercitarse en las artes de la guerra, sino cómo dar la impresión de no ser aptos para el combate… En efecto, sus almas están esclavizadas y no quieren, de buen grado, correr peligros al azar en defensa de un poder ajeno: en cambio, los hombres independientes eligen los peligros en su propio interés y no en el de otros, están dispuestos voluntariamente y marchan ante el peligro, pues recogen en persona el premio de su victoria. De esta manera, las instituciones contribuyen, y no las que menos, al valor”.

Queremos la paz y hay que trabajar por ella. Y mientras llega, la Unión Europea tiene que seguir apoyando a Ucrania y a los millones de refugiados que están llegando y llegarán.

En cuanto a las consecuencias económicas que esta invasión está provocando en nuestras vidas cotidianas, hay que afirmar que son inquietantes, pero es el precio que tenemos que pagar por defender la libertad que ahora está en juego en Ucrania, y quien sabe si mañana lo estará en nuestras calles. Esperemos que, en esta ocasión, la oposición en el Congreso de nuestra querida España esté a la altura y podamos todos unidos hacer frente a esta grave y crítica situación.