Que la imaginación financiera se despegó en demasía de la realidad lo demostró la crisis de 2008. Aquella que amenazó con refundar el capitalismo, para terminar siendo un pulso a la paciencia de amplias capas sociales. Una crisis de “arriba abajo” (del capitalismo financiero), con retroceso y vuelta atrás, en la que la fragilidad del dinero fue compensada por el estado y pagada a escote ciudadano. Entre las consecuencias, el achique de legitimación social de muchos actores políticos e institucionales. En sumario, la debilidad de la democracia.

Cuando llueve se moja como los demás. Ahora estamos en otra. Una crisis de “abajo arriba”, donde lo más humano (la vida y la muerte) marca los límites. Es una crisis del capital humano (llamemos así por mor a la simetría) que tendrá consecuencias diferentes, entre otras por llover sobre mojado. Por ejemplo, ¿Alguien cree que alguna opción política podrá proponer recortes en la sanidad pública? ¿Qué las “mareas blancas” volverán a salir solas a la calle en España? ¿Qué algún personaje podrá, en defensa de la privatización, acosar con mandíbula batiente a una sanitaria? Cambiarán los parámetros y con ello, por fuerza, los actores sociales, políticos y económicos. Si en la primera crisis financiera el estado sirvió al dinero, en esta no le queda otra (de sobrevivir la democracia) que servir a sus ciudadanos.

Definen la pandemia como III Guerra Mundial. Hay una diferencia sustantiva. El enemigo no es humano. Y esto tiene consecuencias. La primera, que es difícil, sin referencia a un exogrupo, a un enemigo, mantener el espíritu comunitario. Lo mejor de esta crisis, la empatía, la solidaridad humana, el nosotros ciudadano, se verá amenazado por quienes vean la oportunidad en la crisis. Al mal sin nombre le buscaran culpable, si no ya de ser será de hacer. Conociendo el percal con el que se tejen los valores que visten algunos líderes, ya buscaran el modo y manera de trasformar lo positivo del espíritu comunitario que surge del dolor, en un capital político arrojadizo.

Ya sea un chivo expiatorio, ya sea enfrentando a unos con otros. Lo único bueno que pudiese salir de tanta muerte y enfermedad será reciclado en odio tóxico. El ser humano no está programado para el estoicismo. Y el daño no es ya el ahora; es el mañana. El calor comunitario (los aplausos, la solidaridad, la empatía) son esenciales para sobrevivir al escalofrío del hoy, pero también, y es la clave de arco, para el vivir que venga después. Manrique dixit:

“Y pues vemos lo presente / cómo en un punto se es ido / y acabado, / si juzgamos sabiamente, / daremos lo no venido / por pasado.

La actitud durante la crisis configurará el mañana; los posibles que sean verosímiles y pasen por la solidaridad y la protección social. No es el momento de confusiones. La pandemia nos hará más fuertes como sociedad o nos debilitará enfrentados. Y hay quien está trabajando en ello; lo segundo. En todo caso, lo que no cabe duda es que esta crisis de abajo arriba cambiará muchas cosas de arriba abajo. Se quiera o no se quiera.