Estos días es noticia el caso de Fernando Suárez, el Rector plagiario de la Universidad Rey Juan Carlos. Lo malo que tiene el plagio (para el plagiario) es que, una vez detectado, su comprobación es completamente objetiva, y no admite interpretaciones. Cuando uno reproduce párrafos literales de otra obra, erratas incluidas, la probabilidad de que se trate de un caso de creación doble es exactamente cero, porque nadie se expresa con idénticas palabras y en el mismo orden que otro autor durante decenas o centenares de líneas. Se han detectado una docena de sus artículos conteniendo páginas enteras, a veces hasta más de la mitad de las mismas, idénticas a las de obras de otros veinte autores distintos.

El conocimiento nuevo en ciencias y en humanidades se construye casi siempre en base a obras previas de otros autores. Es lícito reutilizar sus ideas, e incluso reproducir literalmente pequeños fragmentos de las mismas, siempre que se dé el crédito debido a sus creadores en forma de entrecomillados, notas a pie de página, y referencias bibliográficas. En los artículos científicos es incluso obligado incluir una sección donde se comente y se cite el trabajo relacionado. Pero, a su vez, es también obligado explicitar cuáles son las contribuciones originales y mostrar cómo las mismas mejoran en algún sentido el trabajo previo. Hacer pasar por propio el trabajo ajeno, de forma masiva y sin citarlo, es sencillamente un latrocinio, una inmoralidad, una desvergüenza, y si además concurre lucro para el plagiario, un delito penal.

El lucro para el plagiario es claro en este caso, al menos desde el punto de vista del sentido común, el cual no siempre coincide con el de las sentencias judiciales: la carrera científica de un profesor, sus complementos por productividad investigadora, y el acceso a la financiación de proyectos y a las plazas universitarias, dependen completamente de la cantidad y calidad de su obra publicada. Si esta obra está en parte copiada, el plagiario ha pasado por delante de otros candidatos, y por tanto se ha lucrado, gracias al plagio. Además ha arrebatado a otros sus derechos de forma ilegítima.

Sorprende la pasividad de la universidad en la que el Rector ejerce sus funciones, que todavía no ha puesto en marcha ninguna comisión para investigar a fondo los hechos. Sorprende que los decanos y muchos profesores le defiendan o se escondan en el silencio. Sorprende también la reacción tardía de los demás rectores, que todavía no han exigido su dimisión. Y sorprende la actitud pasiva de los responsables educativos de la Comunidad de Madrid y del Ministerio de Educación. Demasiada tibieza y demasiado corporativismo para hechos tan graves. Si la comunidad universitaria no se moviliza de forma clara ante un caso tan flagrante como este, nada menos que en la cúspide de una universidad pública, todos los universitarios perderemos ante la sociedad parte de nuestro prestigio como institución.

Los alumnos de la URJC han reaccionado exigiendo la dimisión del Rector, pero lamentablemente han puesto demasiado énfasis en que a ellos sí les penalizan por copiar. La queja ha parecido por momentos que no era porque el Rector copiara sino porque a ellos no se les permitiera hacer lo mismo. Es un hecho que numerosos alumnos de las universidades españolas copian sin ningún recato. Los profesores tememos poner trabajos o prácticas para hacer en casa porque luego nos toca hacer de detectives, en demasiados casos por desgracia con éxito. Copian de Internet, de compañeros de cursos anteriores, o entre los del mismo curso. Incluso a veces pagan porque otros compañeros les hagan el trabajo. Por fortuna, los profesores disponemos cada vez de más herramientas automáticas que detectan estas copias con poco esfuerzo. Pero es de todo punto lamentable la laxitud moral de estos alumnos y la exigua normativa universitaria para poner coto de forma tajante a estas prácticas, que no son sino otra forma de corrupción. Por ejemplo, en las universidades anglosajonas el plagio supone normalmente la expulsión del alumno de la universidad.

Y es que en España, como en muchos otros temas, hay poca conciencia de que copiar sea algo moralmente reprobable. Se trata en mi opinión de algo comparable a la ausencia de conciencia ecológica, o a la actitud de minimizar la violencia de género. Han hecho falta muchas décadas para que se genere una conciencia social sobre la gravedad de estos problemas, y conjeturo que se tardará aún un tiempo en que se genere un reproche social hacia el plagio.

Pero hay otras prácticas muy extendidas que también atentan contra el derecho de propiedad intelectual. Muchísimas personas, jóvenes y de todas las edades, consideran apropiado, e incluso moralmente defendible, descargarse películas, música y libros a través de Internet, sin pagar un solo euro por ello. Es otra forma de apropiarse de la propiedad intelectual, en este caso no para usurpar su autoría sino para disfrutarla sin pagar. Se viola con ello el derecho de los autores a explotar económicamente su obra.

Hacer una película, escribir un libro, o componer un álbum de música, exige a sus creadores un notable esfuerzo intelectual, numerosas horas de trabajo, y en el caso del cine, también considerables gastos. Con toda seguridad, los que se las descargan sin pagar no estarían dispuestos a hacer su propio trabajo gratis. Se las descargan sencillamente porque la tecnología lo permite y porque hasta ahora se ha podido hacer de forma impune. Los posibles reproches morales se acallan con justificaciones más que discutibles acerca de los nuevos modelos de negocio, o del lucro excesivo de los intermediarios. Pero que otros abusen nunca puede ser una excusa para justificar el abuso propio.

La edición de libros o discos puede parecer a muchos una actividad prescindible por la que no se esté dispuesto a pagar, arguyendo que encarece innecesariamente el producto cultural. Sin embargo, imaginemos cómo sería un mundo sin editores: cada autor pondría sus obras directamente en Internet, lo que bajaría los costes casi a cero. Conviene hacer notar a los defensores de la cultura gratis, que “casi cero” no significa “igual a cero”, porque de todos modos habría que remunerar el trabajo del creador. No pagar por el esfuerzo del creador significa matar la creación futura. La cultura presente quizás pueda conseguirse gratis gracias a Internet, pero la futura no, simplemente porque nadie estará dispuesto a crearla a coste cero y por tanto no existirá.

Pero además, un mundo sin editores sería como caminar a ciegas por la montaña sin brújula ni GPS. Los editores filtran y seleccionan, y separan el grano de la paja. Igualmente, los editores de periódicos filtran y seleccionan las noticias, se aseguran de su veracidad y ayudan a su interpretación mediante los artículos de opinión. Los editores son fuentes de credibilidad y de autoridad. Uno compra un periódico, o libros de una cierta editorial, o discos de un cierto sello, porque se fía de sus editores y tiene expectativas de una calidad determinada. En un mundo sin editores, estaríamos a merced de los libros malos, de los refritos y los plagios, de noticias que son bulos, y de todo tipo de intoxicaciones. Lo bueno sería indistinguible de lo malo, y estaría todo al mismo nivel como en el famoso tango Cambalache que se lamenta de que en esta época “da igual un burro que un gran profesor”. Sería la muerte de la cultura y de la opinión fundada.

Para que esas labores no mueran, hay que pagarlas, igual que pagamos por un televisor, o por un kilo de fruta. Cuando compramos algo, además de por los materiales, pagamos por el trabajo de otros. La cultura exige cada vez menos materiales de soporte, ya que basta una memoria USB del tamaño de un dedo meñique para contener docenas de discos, libros y películas. Pero sigue requiriendo del trabajo de personas que dediquen a ello su tiempo, su vocación y su creatividad. Y en la mayoría de los casos, estas personas pretenderán legítimamente vivir de su producción cultural. Negarse a retribuirlas por un cálculo mezquino y egoísta equivale a matar la creación y a los creadores. Y al final el perjuicio será para todos nosotros como sociedad. No pagar por la creación es pues tan estúpido como dispararnos un tiro en el pie.