Es evidente que el miércoles 23 de febrero (menuda fecha más significativa), día de la sesión de control, fue la despedida de Pablo Casado como líder del PP. Sinceramente, creo que este momento parlamentario ha sido el más digno que ha tenido en estos largos meses: una despedida modesta, sin soberbia, yéndose solo sin querer la compañía de quienes lo han dejado solo. Ha hecho frente a no dejar el escaño vacío en el momento más duro y difícil que ha vivido.

Todo ha trascurrido a una velocidad vertiginosa. Que Casado y Egea llevaban una trayectoria errática era una evidencia desde hace tiempo: los errores se acumulaban, los amores y odios hacia Vox desconcertaban, su populismo tan simplista, su ataque desaforado al gobierno incluso cuando deberían mostrar unidad con España… Sin embargo, en ningún momento vi a los barones territoriales de su partido ni a su propia ejecutiva ni a sus compañeros más cercanos del grupo parlamentario advertirle o aconsejarle que debía corregir su trayectoria. Todo eran palmadas en la espalda. Salvo su “gran amiga de las juventudes del PP a la que todo le dio y todo le debe”, Isabel Díaz Ayuso. Al igual que ha ocurrido con su otra gran apuesta: Cayetana Álvarez de Toledo.

Y ese es el gran problema que tiene ahora el PP. En tan solo una semana el PP se enfrenta a un Congreso Extraordinario y a un nuevo liderazgo. Todo ello por una guerra directa y frentista entre Casado y Ayuso que ha conmocionado toda la estructura del PP. Y ha ocurrido lo más imprevisible: que Isabel le haya ganado la batalla a Casado casi sin despeinarse. Sobre todo, porque las acusaciones sobre la corrupción y el nepotismo ejercido entre la Presidenta de la Comunidad y su hermano están sobre la mesa, las dudas no han sido resueltas, ni las explicaciones han sido convincentes. Pero el tema de la corrupción parece no importar: todo está permitido con tal de que el PP salga victorioso.

La caída fulgurante de Casado solo se entiende porque el malestar del PP con su líder estaba consolidado y el ataque de Isabel ha sido la ocasión que han visto algunos barones como Feijóo para quitarse de en medio a Casado y a Egea, la persona más cuestionada dentro y fuera del partido.

Ahora bien, qué le espera al PP ahora.

¿Quién será el nuevo líder? Parece que solo hay dos personas: Díaz Ayuso o Feijóo.

Como se está analizando con buen criterio, la gente de la calle que ha tumbado a Casado gritaba Isabel y no Feijóo. Por lo tanto, la voz de la militancia parece que la tiene ganada Isabel, al menos de la gente de Madrid, ¿pero es extrapolable al resto de España?  ¿Si ella quisiera presentarse a encabezar el partido a nivel nacional lo tendría ganado? Parece que ahora mismo podría ser, pero hay que tener en cuenta que el triunfo de Díaz Ayuso se debe al “nacionalismo madrileño” que practica, y que la enfrenta a otras comunidades poniendo en difícil aprieto al PP en sus localidades de origen.

Otra cosa es lo que piense su asesor en la sombra, el que ha hecho de ella más que una lideresa, un monstruo difícil de detener. Su decisión se tomará en función de sus intereses: ¿es ahora el momento o mejor esperar? Aunque esté en el punto más alto de su popularidad, quizás sea demasiado precipitado asumir esa responsabilidad. Porque ella es una figura emergente y todavía puede tener recorrido por delante.

A Feijóo le ocurre lo contrario: esta puede ser su última oportunidad. Sin embargo, el líder gallego tendrá que hacer frente a varios problemas:

  • Compatibilizar su liderazgo con el de Díaz Ayuso, que sigue siendo un verso suelto y rebelde con gran popularidad.
  • Qué hacer con las acusaciones de corrupción sobre la Presidenta de Madrid.
  • Dónde ubicar en la nueva organización a Díaz Ayuso: ¿la sentará a su diestra?
  • Qué hacer con las relaciones con Vox. Debe tener en cuenta que el mérito de Isabel es su acercamiento sin complejos con Vox. ¿Les abrirá la puerta definitivamente?

En definitiva, la gran pregunta es cómo conseguir “centrar” al PP, darle una imagen de derecha europea, rebajar su populismo y extremismo con un discurso razonado y, al mismo tiempo, mantener en sus filas a la gran lideresa de la extrema derecha Díaz Ayuso. Hasta el momento, ambos representan dos modelos muy diferentes de entender la derecha y el papel del PP.

Cuando Feijóo tomó la decisión de enterrar a Casado, estoy convencida de que todas estas dudas ya se las ha planteado. Todavía nos queda algo por conocer: qué piensa Aznar. No suele ser un hombre prudente que le guste pasar inadvertido, en cambio, ha desaparecido de la escena política de su partido (afortunadamente nadie ha pensado en él).