Parece ser que el Presidente Puigdemont renuncia a presentarse en las siguientes elecciones que se celebren en Cataluña encabezando la candidatura del PDeCat. A juzgar por los sondeos publicados en La Vanguardia el 8 de enero pasado, el partido más votado sería Esquerra Republicana que podría lograr veintisiete escaños sobre ciento treinta y cinco mientras que PDeCat no pasaría de veintisiete. En este marco preelectoral la noticia es que el actual Presidente de la Generalidad no desea presentarse a una nueva elección. Aunque desde un punto de vista psicológico las razones de Puigdemont son entendibles (nadie quiere ir a un fracaso anunciado), el tema da también para una reflexión más política, reflexión que puede discurrir a través de dos puntos que son el análisis de la obra de Puigdemont como Presidente de la Comunidad Autónoma, por un lado, y el agotamiento de los candidatos de PDeCat, por otro.

Hace justamente un año se consumó la exclusión de Artur Mas como Presidente de la Generalidad. Hace un año, ante el veto de la CUP, Masrenunció a la posibilidad de disolver el Parlamento y cedió la Presidencia al Alcalde de Gerona, Carles Puigdemont. Muchas veces se ha comentado la debilidad de la democracia catalana que permitió que un partido que contaba con diez Diputados sobre ciento treinta y cinco vetara al candidato del Grupo Parlamentario mayoritario (sesenta y dos escaños), veto que obligó a cambiar al Presidente del Gobierno autonómico (sobre esta debilidad, Javier García Fernández: “El oasis desecado”, El País, 18 de noviembre de 2016). Pero, producida la extorsión sobre Juntspel Sí, lo que ahora importa es analizar la trayectoria presidencial de Puigdemont.

Cuando Puigdemont fue propuesto como sustituto de Artur Mas se apuntó una cualidad política que destacaba sobre las demás: que era independentista de siempre, es decir, era un militante de Convergència Democràtica de Catalunya que no se sentía cómodo en el marco estatutario sino que era de los que defendían la independencia de Cataluña. Elegido Presidente, Puigdemont nos recuerda a Fernando María Castiella, el Ministro de Asuntos Exteriores de la dictadura franquista al que por su insistencia por el tema de Gibraltar se le llamó Ministro del Asunto. Puigdemont es el Presidente del asunto o, como dicen los independentistas, del procés… y nada más. Por ello, Puigdemont no ha actuado como Presidente de una Comunidad Autónoma plural, no ha gobernado sino que ha dedicado todas las horas de su trabajo como gobernante al procès, es decir, la acción continuada para obtener la independencia de Cataluña. Desde este punto de vista, Puigdemont ha sido un  mal gobernante por cuatro motivos:

  • Porque no ha desplegado políticas públicas que reforzaran el bienestar de los catalanes pues sólo ha trabajado para idear y aplicar estrategias independentistas. Por eso se ha dicho que la política del Gobierno de Puigdemont ha sido mínima (Guillem Martínez: La gran ilusión. Mito y realidad del proceso indepe, Barcelona, 2016, pág. 212);
  • Porque ha trabajado todo el tiempo contra, al menos, la mitad de la población catalana que no quiere la independencia. Como gobernante, no lo ha sido de todos los catalanes sino sólo de la fracción independentista;
  • Porque ha llevado a su Comunidad Autónoma a un grado de confrontación con el Estado que no beneficia a los ciudadanos catalanes que tienen derecho a estar integrados pacíficamente en el Estado democrático;
  • Porque para no detener el procès ha puesto al Gobierno y al Parlamento catalán en manos de un grupo minoritario y primitivo como es la CUP que les señala los actos de rebeldía que deben realizar.

Es decir, aunque en Cataluña no han faltado desde 1980 los malos gobernantes y el ejemplo más rotundo es Artur Mas que ha hundido a su partido y se ha hundido a sí  mismo (véase Javier García Fernández: “El 129º Presidente de la Generalitat de Catalunya”, Sistema Digital, 21 de septiembre de 2016), Puigdemont es uno de los peores gobernantes de la Cataluña autónoma porque ha enfangado a su Comunidad Autónoma más de lo que ya la había hundido Mas. Puigdemont heredó de su predecesor una Cataluña partida en dos y en rebeldía con el Estado pero no ha hecho nada para encauzar y mejorar esa situación, más bien la ha acentuado. Por eso, a reserva de quien sea su sustituto (que probablemente ya no presidirá el Gobierno), Puigdemont ha sido un mal gobernante y los catalanes no pierden nada si renuncia a la reelección. Ha sido otro visionario más, que engañó a una franja importante de población haciéndoles creer que va a convocar y celebrar un referéndum y, tras ello, proclamar la independencia, cuando eso es imposible.

Pero si llegamos a la conclusión de que Puigdemont ha sido un mal gobernante, tampoco podemos dejar pasar que a causa del agotamiento de los candidatos de PDeCat, éste es un mal partido político. Y lo es por dos razones básicas. En primer lugar porque como partido no quiso o no supo cortar los desvaríos independentistas de Mas, que le descabalgarán de su condición de primer y hegemónico partido de Cataluña.Y en segundo lugar porque, tras ser hundido en el fango independentista por Mas, la antigua CiU ha perdido la capacidad de organizar su liderazgo interno. Ya fue llamativo que la negociación endiablada con la CUP entre septiembre de 2015 y enero de 2016 se hiciera para defender más los intereses personales de Mas, que los de CiU. Pero que para salir del paso propusieran como Presidente a una persona que sólo va a estar dos años, es otro indicador de la crisis de PDeCat. Y la crisis es más profunda que el mero hecho de que nadie quisiera ser el candidato derrotado o candidato-enterrador. Es el pozo que se ha secado y como Puigdemont parece honesto, es casi seguro que cuando Mas le propuso la Presidencia advirtiera que sólo iba a estar una legislatura corta. Y aun así fue ungido como candidato porque había pocos candidatos y de sensibilidades tan diferentes que difícilmente podía estar apoyado por toda la moribunda CDC.

El procès está teniendo unos efectos devastadores sobre la política catalana. No conseguirá la independencia pero a cambio ha hundido a algunos partidos y ha puesto a Cataluña ante una situación de imprevisibilidad que hace difícil la gobernabilidad. En esta situación, la anunciada retirada de Puigdemont de la Presidencia es quizá una anécdota pero una anécdota que vale por varios manuales de Ciencia Política.