En el momento de escribir estas líneas, todavía continúan algunas algaradas nocturnas similares a las que, desde hace una semana, asuelan varias capitales españolas, con el aparente motivo de protestar por el encarcelamiento de un rapero. Rapero, cuyo nombre me niego a reproducir para no caer en el mismo vicio que voy a criticar a continuación.

Esta persona, de buena cuna, pero —por algún accidente de su historia— henchida de rabia y  narcisismo, no merecería ninguna reseña especial si atendiéramos a la calidad de sus canciones o a lo repugnante de sus letras, en las cuales, por ejemplo, desea que explote el coche de un político o que se clave un piolet en la cabeza de otro. Las que tienen contenido sexual, mejor ni entrar en ellas. Tan solo decir que las mujeres aparecen allí cosificadas y denigradas a niveles difíciles de superar. Sin embargo, entre todos —muchos medios de comunicación y la inestimable ayuda de ciertos partidos políticos— se le ha elevado nada menos que a símbolo de la defensa de la libertad de expresión.

Que la libertad de expresión podría ser regulada mejor, de forma que se evitasen las penas de cárcel cuando no hubiera riesgos ciertos para las personas, es algo que ya formaba parte de los planes del Gobierno. Entretanto, las leyes son las que son y así han sido aplicadas. Por otra parte, lo que ha llevado al rapero a la cárcel ha sido una concatenación de varias condenas por delitos que incluyen también amenazas de muerte a un testigo, enaltecimiento de ETA y agresión a un periodista, lo que no tiene mucho que ver con la libertad de expresión.

Conviene preguntarse entonces —y así se ha hecho desde una parte de la prensa escrita y de prestigiosos analistas, por ejemplo, de la radio— las razones de fondo de estas expresiones de violencia que una parte de la juventud ha protagonizado estos días en la calle, destrozando el mobiliario urbano y asaltando numerosos comercios. Se han citado, entre otras, la conjunción de los habituales grupos antisistema, con el hartazgo de muchos jóvenes ante su falta de perspectivas laborales y también el largo confinamiento producido por la pandemia, que les ha privado de su vida social. Especialmente preocupante ha sido la abundancia de menores entre los participantes y detenidos. Es, quizás, el “no podemos más” que algunos de ellos confesaron a Miriam Martinez-Bascuñan (El País, 21/02/21).

Sin embargo, lejos de intentar entender el problema de fondo, parece que ha sucedido lo contrario: que cada actor político o social ha optado por extraer beneficios para sus respectivas parroquias. Veamos los casos más relevantes.

Los partidos independentistas catalanes Junts y CUP han alentado las protestas y han puesto el foco, no en el vandalismo y el saqueo de los bienes de muchos comerciantes, sino en la supuesta acción inadecuada de la policía. El partido actualmente al frente de la Generalitat  —ERC— ha tardado siete días en condenar los hechos y en defender la actuación policial. ¿Tendrá algo que ver con ello que el citado rapero es nacido en Lleida? ¿Se hubieran comportado igual de haber nacido este, por ejemplo, en Sevilla? Es fácil deducir que la protesta les venía bien para alimentar su imaginario de un Estado español opresor y autoritario. De ahí la parálisis de unos y el enaltecimiento de otros.

El aliento desde Unidas Podemos (UP) a “los jóvenes antifascistas”, —en palabras de su portavoz en el Congreso— no ha podido ser más lamentable. ¿Sabrán estos dirigentes lo que es el antifascismo? ¿Sabrán lo que es el fascismo? Antifascistas lo fuimos muchos por necesidad en vida de Franco y lo fueron también los combatientes de la resistencia francesa contra los nazis. Pero, quemar contenedores y robar patinetes eléctricos en el marco de un estado democrático, donde —como mucho— se arriesgan a una multa, ¿puede ser calificado de antifascismo por un dirigente parlamentario? De nuevo, es fácil deducir que en la actitud de UP han primado intereses electoralistas. A pesar de formar parte del Gobierno y de que —precisamente— está en sus manos cambiar las leyes que afectan  a la libertad de expresión, no desean desprenderse de su perfil antisistema. Pretenden la cuadratura del círculo: ser, a la vez, “casta” y “pueblo”.

Pero, con todo, lo más decepcionante ha sido el comportamiento de las televisiones, muy especialmente, de TVE: largas conexiones en directo con los disturbios, con sus corresponsales ataviados con cascos y vistosos chalecos reflectantes, con los incendios y las luces policiales de fondo, mostrando tan solo a unos metros a los que destrozaban escaparates o lanzaban adoquines. En resumen, un fascinante espectáculo que han servido día tras día en tiempo real a sus telespectadores, en una disputada competencia por las audiencias. ¿Era todo eso necesario? ¿No bastaba con una información escueta y unas pocas imágenes resumen? ¿Se han percatado tal vez del protagonismo que han regalado a los participantes en las algaradas? A un joven poco integrado en el sistema que supiera que tenía garantizada tal cobertura informativa se le estaban dando grandes incentivos para participar. A ello se ha unido la escasez de análisis sobre el fenómeno objeto de tanta atención. ¿No hubiera sido más adecuado reunir paneles de sociólogos y de otros expertos con el fin de suministrar al espectador suficientes claves para entender el problema?

Son malos tiempos para la reflexión y el análisis sereno. Por todas las esquinas de nuestra vida política y social se impone el espectáculo, la simplificación de los mensajes y el twit descalificador instantáneo. Cada cual se ocupa de su parroquia o de sus beneficios y no del colectivo que formamos como país. Un buen ejemplo de ello es la conmemoración de los 40 años del fallido golpe de estado de febrero de 1981: lo que debería ser motivo de unión y de celebración del más largo periodo democrático de nuestra historia es, una vez más, motivo de división: siete partidos —Junts, ERC, EH Bildu, CUP, BNG, PNV y Compromís— se ausentaron de los actos por no sentirse identificados con nuestra Constitución. UP sí estuvo presente en la persona de Pablo Iglesias, pero este evitó ostensiblemente aplaudir los discursos del Rey y de la Presidenta del Congreso.

Todo ello me recuerda a una impactante pintada que vi en la universidad en los años 1980 con motivo de unas protestas estudiantiles. Decía así: “la Universidad es de todos, … destroza tu parte”. Pues eso, España es de todos, ¡duro con ella!