Las elecciones británicas han enfatizado, una vez más en Europa, que los colectivos sociales más desfavorecidos, las zonas donde la clase obrera era dominante, los extra-radios de las ciudades industriales que eran considerados cinturones «rojos», han apostado por el conservadurismo. Por la derecha pura y dura. Esa misma derecha que, a partir de la revolución conservadora de Thatcher desmanteló las industrias, precarizó el mercado laboral, bajó salarios, diluyó el Estado del Bienestar –la sanidad británica está cada vez peor a raíz de la política thatcherista– y generó más desigualdades. Estas afirmaciones no son totalmente subjetivas: las investigaciones más recientes sobre el desarrollo de la desigualdad están subrayando este fenómeno, que tiene traslaciones electorales del encuadre que se ha podido observar en el Reino Unido. El último libro de Thomas Piketty, mucho más político que su trabajo precedente, más comprometido en el plano intelectual e ideológico, señala esta situación con un alud de datos que es difícil de rebatir. 

La responsabilidad se ha adjudicado de forma automática a Corbyn, un líder que se ha visto atrapado en toda la dialéctica del Brexit, el único argumento preferencial que se ha dibujado en la campaña electoral. Las propuestas sociales y económicas del Partido Laborista han sido, en estos comicios, más avanzadas, más decididas, más de izquierdas. Pero no han servido para captar el interés de los electores tradicionales del progresismo británico. El Brexit lo ha contaminado todo, espoleado por las noticias falsas, los argumentos peregrinos y el histrionismo de Johnson, que se va a convertir en el gran aliado efectivo de un Trump americano que, si las cosas siguen así, puede ganar plácidamente sus próximas elecciones. Entramos en una era de globalización ultra-competitiva, de perfil orwelliano.

Estamos instalados en una dinámica absurda, en la que proponer políticas avanzadas desde la óptica social y económica se acaba castigando; pero si no se ofrecen, la derrota se adjudica a esa ausencia. A Corbyn se le puede acusar con fundamento de su falta de convicción en el tema del Brexit, de su ambigüedad letal. Pero, dicho esto, la pregunta es esta: ¿cuáles son los resortes básicos que mueven a los votantes, sobre todo a aquellos que siempre votaron opciones de izquierdas y que ahora están en un espectro populista, facilón, mentiroso e insensato, a pesar de que se les ofreció una alternativa programática en política económica y social? Este debería ser un buen campo de investigación para la sociología electoral, más que para la economía como ciencia. 

El triunfo de Johnson no debe verse sólo como la victoria de la opción de un Brexit ya anunciado, como por la actitud electoral de la clase trabajadora, que está votando a sus verdugos. Si la clave está en el centro político: ¿se debe volver a la “tercera vía” de Blair y Giddens? Espero con interés lo que escriba Owen Jones al respecto, y tantos otros que siempre tienen respuestas precisas para algo que, de entrada, resulta muy difícil de entender.