Un clásico de la vida política son las Comisiones de Investigación (CI), parlamentarias, pero no solo. Efectivamente, no hay parlamento nacional ni autonómico que no practique esta modalidad pero, también, todo Ayuntamiento y cualquier institución pública, o privada, comunidades de vecinos incluidas, que se precie, convoca una Comisión de Investigación (CI) en cuanto puede.

Y puede cuando se tropieza con un hecho, generalmente delictivo en grado de suposición, que es motivo de controversia entre quien, presuntamente, lo ha cometido y quienes lo denuncian. Es en ese momento cuando estos últimos, carentes de pruebas suficientes para llevar el asunto a sede judicial, proponen la constitución de una CI para llegar al fondo del asunto. Recientemente lo ha hecho Ciudadanos para, probablemente, retrasar una decisión tan inevitable como poco deseada por ellos, su alineamiento con la izquierda madrileña.

Esta propuesta suele tener el formato de un señor, o señora, que detrás de un atril y estúpidamente flanqueado, o flanqueada, por un grupo de personas que no abren la boca porque su función es meramente ornamental, declara muy pomposamente que va a presentar la propuesta de creación de una CI.

La siguiente escena es la de esa misma persona, generalmente acompañada por otra, entregando, a cuatro manos, un papel en un mostrador que parece ser el sitio donde se presentan las CI en dicha institución.

Los sucesivos momentos se corresponden con: a) Las discusiones sobre el modo en que se desarrollará y los nombres de los citados a declarar en la CI; b) Las propias declaraciones de los citados; c) El enfriamiento del asunto con el paso del tiempo y el descubrimiento de la intrascendencia de lo investigado y d) El decepcionante final con o sin cierre formal de la CI.

El núcleo de la CI está en las declaraciones de los citados a declarar, momento cumbre de los interrogadores que tienen, en ocasiones en las que el tema atrae a los medios, la oportunidad de lucirse. Claro que también la tienen los citados y, a veces, no la desaprovechan para hacer sus propios numeritos. Esta actividad, junto con la de recibir algunos informes que se les hace llegar discretamente, es la fuente de datos para la CI.

Bien, pues, empíricamente hablando, no suele sacarse nada en limpio de una CI y a la historia hay que remitirse. Quizás, el problema sea de formato ya que no parece que un grupo de personas enclaustradas en un recinto puedan, a base solo de preguntar a los que llegan por allí, desentrañar un asunto que, por definición, parece intrincado ya que por eso se investiga.

Por ejemplo, ¿se imaginan ustedes a la policía judicial investigando en su despacho en lugar de ir al lugar de los hechos, a buscar testigos, pruebas, datos en toda clase de bases, públicas o privadas con mandato judicial, etc? Deberían recordar que, desde Sherlock Holmes a Marlowe, la fórmula de la comisión no se ha empleado nunca para investigar. Solo Poirot lo hacía y era, al final de la investigación, para explicarles a todos quien era el asesino.

Y, eso, sin hablar del ámbito científico, donde la investigación es el trabajo fundamental. En él, no se utiliza ese procedimiento indagatorio. Ni la pólvora, ni nada, se ha descubierto nunca de esa forma.

Parece que el modelo para estas CI son las cinematográficas Comisiones del Senado USA de donde se ha copiado, al parecer, el formato pero no las condiciones para declarar en ellas. Allí es un delito, y grave, mentir u ocultar la verdad. Sin esas condiciones, es muy frecuente aquí que algunos declarantes no solo mientan sino que, además, se permitan mofarse de los miembros de la CI que les están interrogando. Y no es que esos declarantes se comporten así por su carácter festivo, ya que cuando los mismos tienen que acudir a una sede judicial parece habérseles olvidado la broma y cambian radicalmente su forma de comportarse.

A pesar de la inocuidad de las CI para el señalamiento de la responsabilidad de los investigados, estos suelen negarse en un primer momento a que se celebren esas comisiones, pero no es por miedo sino por pura vergüenza ya que, al menos, sirven para que durante unos pocos días se hable de ellos y de lo que, supuestamente, han hecho, aunque no parece este un argumento serio para mantener la vigencia del invento.

Y, sin embargo, aunque está demostrada su inutilidad, a pesar de que terminan causando decepción, pese a todo, siguen proponiéndose comisiones de investigación. ¿Por qué?

Se podría pensar que por motivos estéticos, al tratar de aparentar, con ello, que se busca el resplandor de la verdad, la transparencia y la justicia. Pero eso no encubre más que un engaño. Si aceptamos la premisa de que quien las propone es gente inteligente, solo queda suponer que se hace con el ánimo de engañar. Es decir, que se pretende convencer a alguien de que, la tal comisión de investigación, va a investigar algo. O sea, lo que siempre se ha llamado un timo.

Por eso, a la lista de timos tradicionales, como la estampita, el toco mocho, el décimo premiado o las misas, habría que agregar el de las comisiones de investigación.