Las democráticas viven en una gran contradicción. Por una parte, cuando se pregunta a los ciudadanos en qué sociedades quieren vivir, la mayoría se decantan por sociedades con más igualdad y más equitativas. Pero por otra, cada vez hay más desigualdad y una acumulación de la riqueza mayor en pocas personas. Esta realidad, que sigue evolucionando hacia sociedades dualizadas y amenazadas por el riesgo de graves facturas sociales, se puede observar en dos ejemplos.

El primero, es que en el año 2017 se produjo el mayor aumento de la historia en el número de personas cuyas fortunas superan los mil millones de dólares, con un nuevo milmillonario cada dos días, como señala Oxfam en su informe Premiar el trabajo, no la riqueza. En 365 días, la riqueza de las élites económicas se incrementó en 762.000 millones de dólares. Una cantidad que por sí misma podría haber acabado con la pobreza extrema en el mundo hasta siete veces.

El segundo, es que según los datos de Credit Suisse, 42 personas poseen actualmente la misma riqueza que los 3.700 millones de personas más pobres. En Estados Unidos, las tres personas más ricas tienen tanta riqueza como la mitad más pobre de la población del país (unos 160 millones de personas). Y en Indonesia, los cuatro hombres más ricos tienen tanta riqueza como los 100 millones de personas más pobres.

Esta dinámica social y económica, donde se confirma que la desigualdad continua aumentando de manera importante a nivel mundial, no es producto del azar o de la mala suerte. El incansable aumento de la desigualdad y de la concentración de la riqueza en pocas manos, es fruto del predominio político e ideológico del neoliberalismo durante las últimas décadas, que entre sus principales valores desechó la equidad para favorecer un individualismo feroz poco sensible a la solidaridad.

Dicha dinámica dio lugar al surgimiento y posterior afianzamiento de un nuevo modelo económico de capitalismo financiero globalizado. Cuyas consecuencias vienen sufriendo miles de millones de personas desde hace décadas, y más recientemente cientos de millones de ciudadanos pertenecientes a las clases medias en las democracias occidentales, que han visto cómo han perdido derechos que creían consolidados, al tiempo que se empobrecían.

En este punto, alguien puede preguntarse por los gobiernos. Aquí hay que decir, que algunos parece, no solo que perdieron la sensibilidad por los problemas sociales, sino que los agravaron con unas políticas de austeridad y unos recortes de derechos que aumentaron aún más el sufrimiento de amplias capas de la población. Además de olvidar que la agenda que deben defender es la del interés general de sus sociedades, y no la de los intereses particulares de las elites económicas.

Este abandono, por parte de muchos gobiernos, de las políticas que ponían el énfasis en la creación de empleo y en la ampliación de derechos para aumentar el bienestar de los ciudadanos, ha traído como consecuencia el aumento de la desigualdad. Una crisis de desigualdad que ahora es preciso combatir.

Un combate que puede ser complicado, pero que es posible realizar. Si la desigualdad es una construcción humana, esa misma humanidad puede acabar con ella. Y para ello, los gobiernos deben en el plano nacional, pero sobre todo internacional, colaborar para asentar las bases de un nuevo crecimiento económico sostenible e inclusivo que llegue a todos los rincones del planeta. Una sociedad más igualitaria es el objetivo.

Los gobiernos deben escuchar los deseos de sus ciudadanos. Deben conformar la agenda con ellos. Y no temer el poder de las elites económicas, porque estarán respaldados. Como señala Oxfam, los ciudadanos quieren un mundo más equitativo y con menos desigualdad; piensan que deben adoptarse medidas de manera urgente o muy urgente para reducir la brecha entre ricos y pobres; y creen que ese trabajo es responsabilidad de los Gobiernos.

Muchas serán las medidas, pero no me resisto a resaltar dos: la importancia de reformular la fiscalidad y empleos decentes con salarios dignos. Actualmente, se habla mucho de meritocracia, pero cerca de una tercera parte de la riqueza de los milmillonarios ha sido heredada. O si lo prefieren, dos terceras partes de la riqueza de los milmillonarios es producto de herencias, monopolios o relaciones de nepotismo y connivencia. Y en los próximos 20 años, 500 de los hombres más ricos del mundo traspasarán más de 2,4 billones de dólares a sus descendientes, una cantidad superior al PIB de la India, un país con 1.300 millones de habitantes.

Amplias capas de la población ven como sus salarios no llegan para cubrir sus necesidades básicas, mientras se produce esta concentración de la riqueza que lastra la economía y la prosperidad colectiva. Esta circunstancia, aumenta la desigualdad y es el campo de cultivo para un populismo que se aprovecha de la frustración de la gente. Apostemos por empleos decentes con salarios dignos, y estaremos dando un paso de gigantes para crear sociedades más justas y con menos desigualdad.

Acabar con la desigualdad es posible.