Algunos críticos con el liderazgo de Pedro Sánchez y con el enfoque de la nueva socialdemocracia utilizan un estribillo despectivo para referirse a este proyecto, rechazándolo –dicen− por su carácter populista y por sus componentes de “democratismo simplista” y “cesarismo plebiscitario”.

En esta descalificación hay quienes proceden de acuerdo a una lógica un tanto “revanchista” –de perdedores−, carente de rigor y fundamentación teórico-práctica. Lo cual forma parte del submundo descalificatorio, e incluso calumnioso, que tanto se agita en determinadas plataformas de comunicación otrora progresistas y que ahora han hecho de la crítica sistemática, al servicio de parte, su principal bandera profesional.

Sin embargo, junto a tales exabruptos, simplificaciones y recelos antidemocráticos argumentales (más propios de los teóricos de la democracia elitista), también existen los que se están viendo influidos por algunas desconfianzas y recelos, alimentados no solo por la antedicha propaganda descalificatoria, sino también por informaciones y reflexiones que, en mi opinión, no están suficientemente fundadas, ni se sustentan en los datos objetivos de la realidad. Precisamente, el proyecto de “la nueva socialdemocracia” que lidera Pedro Sánchez se encuentra en las antípodas del populismo y las inclinaciones plebiscitarias. En su mutua interconexión.

La historia demuestra que determinados líderes de orientación autocrática, y en bastantes ocasiones demasiado narcisistas, utilizaron las herramientas propias del populismo, junto a las prácticas plebiscitarias, para imponer regímenes de autoridad que se situaban por encima, no solo del bien y del mal, sino de la auténtica y verificable soberanía popular.

Cuando estos líderes convocaban plebiscitos lo hacían desde el presupuesto de que ellos representaban al pueblo y encarnaban acertadamente la voluntad popular, sin necesidad de más intermediación o intermediarios, fueran estos partidos políticos, comunidades u otras instancias intermedias.

Es decir, su esquema político era de una tremenda simplicidad: por un lado, estaban ellos como poder superior incuestionable y, por otro lado, un pueblo genérico, indiferenciado y desestructurado, al que se convocaba a votación para refrendar, simplemente, los acuerdos del líder o soberano supremo.

Por lo tanto, el resultado de los plebiscitos, formulados en términos de sí o no, acababa siendo tan abrumador como poco creíble. Las mayorías aplastantes que se obtenían por este procedimiento revelaban lo inconsistente –incluso conceptualmente− de una consulta que se efectuaba con la sola finalidad de obtener el aplauso público y la legitimidad de un proceder político apriorístico.

Por otro lado, los populismos se han caracterizado siempre por una contradicción básica entre el recurso –“retórico”− al “pueblo” como alegación suprema y el rechazo práctico de cualquier forma de articulación o estructuración de ese pueblo en sus diferentes componentes, intereses, deseos y oportunidades.

Es evidente que en las sociedades complejas y diversificadas de nuestros días, e imbuidas de una neta voluntad de mayor participación e implicación ciudadana, este tipo de enfoques tienen difícil encaje y escasas posibilidades de ser aceptadas racionalmente. Por eso, los populismos recurren a lo emocional, a veces a lo irracional, y sobre todo a la exaltación de liderazgos carismáticos que tienden a situarse por encima de cualquier institución o estructura de representación.

¿Qué tiene que ver todo esto con el liderazgo democrático de Pedro Sánchez y con los enfoques aprobados en el 39º Congreso del PSOE sobre proyectos políticos y sociales y sobre desarrollo y funcionamiento organizativo de un partido como el PSOE? Sinceramente creo que no tiene nada que ver y por eso algunos sentimos perplejidad cuando escuchamos tales descalificaciones en boca de personas que, por su preparación, sus estudios o sus cualificaciones, tendrían que ser capaces de separar el grano de la paja y discernir entre unos y otros métodos y escenarios, más allá de los alegatos de la propaganda contraria.

Cuando en un partido se presentan distintos candidatos, cuando se debaten y se proyectan libre y abiertamente distintos proyectos, y cuando las decisiones finales se adoptan mediante elecciones convocadas con todas las formalidades y garantías, con censos previos transparentes y conocidos perfectamente, con voto secreto, con urnas, con interventores acreditados y con escrutinios públicos y transparentes, nadie puede negar que estamos ante un ejercicio de participación democrática que es, no solo completamente riguroso, sino también ejemplar.

Se trata de procesos que permiten sentirse orgullosos a los que pueden participar en ellos y decidir sin ninguna cortapisa como ciudadanos/as libres que se han informado, que han ponderado distintas opciones y que han decidido con total libertad –aunque a veces con no pocas interferencias y presiones provenientes de medios externos− sobre aquello que consideran más pertinente y necesario.

Frente a este ejercicio ejemplar de libertad y de democracia, poco se puede objetar con un mínimo de rigor y de fidelidad a los hechos y a los procesos.

Y cuando este mismo enfoque se aplica no solo a la elección del líder principal de un partido político, sino a muchos otros representantes intermedios y candidatos, así como a los procesos internos de una organización, nadie podrá alegar que se está ante un ejercicio demagógico y populista, sino ante una articulación precisa de los procedimientos democráticos, en una perspectiva de su mejora constante y progresiva.

Si a todo esto añadimos, además, que en el PSOE actual se establecen distintos mecanismos precisos de control interno, de verificación, de control de cuentas, de transparencia, de supevisión rigurosa del ejercicio de la democracia (incluso con limitación de mandatos y con criterios de control de la acumulación de cargos y responsabilidades), resulta increíble que algunos puedan pensar –o sugerir− que no estamos ante un sistema verdaderamente garantista, propio de una democracia madura y perfeccionable.

El mismo hecho de que en el PSOE en estos momentos coexistan distintas posiciones y planteamientos, y que los resultados de este proceso sean también diversos, y respondan a repartos bastante equilibrados de los votos de aquellos que participan, es un ejemplo palmario de que no estamos ante cesarismos populistas, sino ante procesos democráticos genuinos.

Procesos que a veces esos mismos críticos tan puntillosos y recelosos del perfeccionamiento democrático presentan como ejemplos de divisiones internas y de conflictos enconados, olvidándose rápidamente de las admoniciones sobre los peligros de los cesarismos populistas. ¿En qué quedamos?

En fin, creo sinceramente que algunos harían bien en repasar los manuales más pertinentes sobre lo que actualmente se entiende o no se entiende por democracia. Así, al menos, podríamos tener garantizado que el problema de algunos no es que hayan perdido la memoria y la capacidad analítica.