Las últimas semanas de la política española recuerdan a las bravuconadas de Donald Trump contra Corea del Norte, cuando les amenazaba con días de fuego y furia. Eso es lo que estamos viendo desde el día en que triunfó la moción de censura de Pedro Sánchez: fuego y furia.

Al Partido Popular le cogió por sorpresa la forma fulminante en la que fueron desalojados del poder. En sus cálculos no entraba que los votos de los Socialistas, de Podemos y de los partidos nacionalistas pudieran sumarse alguna vez. En lugar de reflexionar que los que propiciaron esa conjunción de fuerzas fueron el hartazgo ante tanta corrupción consentida (cuando no amparada) por la cúpula de su partido, junto con la parálisis en la que habían dejado pudrir los innumerables problemas del país, su reacción ha sido la de cogerse una rabieta monumental, como la del niño al que han arrebatado su juguete. Y no es para menos, porque el Partido Popular ha perdido sus dos “juguetes” preferidos: el BOE y RTVE.

En cuanto a Ciudadanos, el escenario de Pedro Sánchez gobernando era el peor de los posibles para sus cálculos. Ellos esperaban que Rajoy dimitiera, que fuera seguido de un gobierno agónico del PP, de un PSOE sin remontar en las encuestas, y de unas urnas que se llenarían de votos para ellos, los genuinos representantes de una política regeneradora, y de un centro a la vez progresista y moderado. También a ellos les ha cogido a contrapié el nuevo escenario, que les ha situado en la oposición, compitiendo con el PP por el mismo espacio electoral. Su reacción ha sido cogerse una rabieta muy similar, primero porque han tenido que desvelar su verdadera esencia de partido de la derecha, y después porque ven alejarse sus halagüeñas perspectivas electorales. A estas alturas, ya nadie se cree que Cs sea un partido progresista, o simplemente moderado, ni que sus lamentables formas vengan a regenerar nada.

La derecha política, y el poder económico que representan, no pueden soportar que gobierne la izquierda. Y, sin embargo, todo se ha hecho respetando escrupulosamente las reglas del juego democrático. Se ha configurado una mayoría parlamentaria que ha dado el Gobierno al Partido Socialista, éste ha presentado un programa, y está negociando las medidas cada día con sus socios de investidura, para tratar de revertir los daños colaterales que han dejado las políticas de los seis años de Rajoy. Nadie ha entrado al Gobierno por la “puerta de atrás”, señor Rivera. Léase por favor la Constitución.

Las dos rabietas, con la inestimable colaboración de las “Brunetes mediáticas” que apoyan habitualmente al PP, y también esta vez de las cloacas del Estado, han convergido en poner la lupa sobre los miembros del Gobierno, incluido su Presidente, para airear y manipular cualquier hecho de su pasado que pudiera utilizarse como munición. Han conseguido derribar dos piezas y, como buenos cazadores, una vez que han olido la sangre, no van a parar. Pero no nos engañemos, su afán no es velar por la honestidad y el comportamiento ético de los gobernantes. Eso hasta ahora le ha importado muy poco al PP cuando ha gobernado. Su objetivo es derribar al gobierno cuanto antes, y si puede ser, derribarlo en medio del lodo, para que no le resulte fácil levantarse. Se trata de una estrategia de acoso y derribo, de una verdadera cacería, de un ataque a las personas y no a sus decisiones políticas. Por otra parte, en el PP ya lo practicaron con los suyos cuando les convino: recuérdese el vídeo sobre la señora Cifuentes, cuidadosamente guardado durante años.

Estas prácticas nada tienen que ver con la democracia y sí mucho con el chantaje, el acoso, el golpe bajo, y la deformación de la realidad. Son los mismos métodos utilizados por las mafias. Una cosa es discrepar del adversario político, siempre desde un mínimo de respeto, y otra muy distinta descalificarle personalmente, hundir su prestigio ante la opinión pública y hacer de cualquier tema un arma arrojadiza, combustible para una hoguera en la que se le espera ver arder. Hasta a los enemigos en muchas guerras se les trataba con honor, incluso en la derrota. Y en una democracia madura no debería haber enemigos. ¿En qué democracia creen estos partidos?

La vieja y la nueva derecha se han dejado caer por la pendiente del populismo, precisamente en un momento en el que el partido al que acusaban de ello, Podemos, ha empezado a comprender que para transformar la realidad es necesario tejer alianzas y llegar a compromisos con los rivales políticos. La derecha prefiere perjudicar a España si con ello pone en apuros al Gobierno, tal como han demostrado con el bloqueo a que el techo de gasto pueda subir en los 6.000 millones autorizados por Bruselas. Tendrán grandes dificultades para explicar a los españoles por qué anteponen sus intereses electorales a mejorar la financiación de la educación y de la sanidad, gravemente recortadas en los años de Rajoy. Señor Rivera, cuando tomó esta decisión ¿solo veía españoles, o tal vez solo veía votos?

Parecería que esta estrategia del “todo vale para derribar al gobierno” no tiene coste, que es gratis. Pero no es así: la factura la paga la democracia, que se debilita cuando se la usa de esta manera. Cuando los partidos se tratan entre sí como enemigos, se polariza a la sociedad y las tensiones se transmiten a ésta, provocando enfrentamientos entre ciudadanos que piensan distinto. En otros muchos crece (aún más) la desafección hacia la política, porque ven a los políticos ocuparse de sus batallas y no de los problemas de la sociedad. El precio que se paga es vapulear aun más a una democracia que ya ha sido muy vapuleada por los diez años de crisis.

El fuego y la furia también persiguen, dicho en términos técnicos, “ocupar todo el ancho de banda”, es decir no dejar espacio para nada más. Los medios de comunicación se levantan cada mañana con una nueva perla informativa la cual, convenientemente exprimida, ocupa toda la jornada. Los medios han de competir por la atención de un público compartido, y lamentablemente entran al trapo de todos los señuelos sensacionalistas, dejando apenas lugar para otras noticias. Como de costumbre, la candente actualidad no deja sitio para lo importante.

De ese modo, noticias muy relevantes para los ciudadanos quedan enterradas bajo este ruido que no cesa. ¿Cuántos ciudadanos saben que desde julio los mayores de 52 años en paro tienen derecho a una subvención que el señor Rajoy les quitó cuando subió la edad para percibirlos a los 55 años? ¿Cuántos saben que el Gobierno ha aprobado 10 millones más para becas? ¿Cuántos, que la sanidad vuelve a ser universal para todas las personas que viven en España? ¿O que se han desbloqueado los 200 millones de la ley contra la violencia de género que Rajoy tenía paralizados? Otras noticias, como el relevo en la dirección de RTVE, terminando así con su ocupación ilegítima por parte del PP, o el acuerdo en el pacto de Toledo para la revalorización de las pensiones con el IPC, han trascendido quizás algo más. También la sociedad percibe algo menos de tensión en el tema catalán, gracias a las vías de diálogo que ha abierto el Gobierno. Y ello a pesar del continuo ruido de la oposición, que no cesa en su estrategia de polarización extrema. Es decir, este gobierno se ocupa de lo que debe: de mejorar la vida de las personas. Está en las antípodas de la prolongada parálisis que hemos soportado con el señor Rajoy.

El Gobierno lo está haciendo, pues, bastante bien, dentro de las posibilidades que le dan los votos y los acuerdos que puede tejer con las otras fuerzas, pero tal vez debería intensificar su comunicación con la sociedad. Debería tratar de ocupar la agenda política con sus medidas, y explicar las limitaciones que encuentra con los votos de los que dispone. También debería empezar a exponer los planes que llevaría adelante en la próxima legislatura, si tuviera los votos suficientes. Hay tres o cuatro temas para los que los ciudadanos están deseando escuchar soluciones claras y coherentes: la precariedad laboral, las pensiones, la lucha contra el cambio climático y la rebaja de la factura de la luz.