Hemos asistido estos días a un auténtico carrusel de iniciativas político-legislativas (mociones de censura, convocatoria anticipada de elecciones) en varias comunidades autónomas de nuestro país.

Los movimientos sinuosos y entre bambalinas de diversos responsables políticos, han hecho que el soberano acto de elección en los parlamentos viniera predeterminado de antemano, reduciendo el papel de los que representan a la ciudadanía a meras comparsas, incluso hooligans de las actuaciones al menos dudosas y posiblemente inconfesables de algunos.

Es quizá oportuno, por la focalización de algunos de los en un otrora reciente autollamados representantes de la nueva política, revisar algunos aspectos que permitan ver con claridad la situación.

Apela Rosanvallon a una democracia interactiva instalando dispositivos permanentes de consulta, información y rendición de cuentas entre ellos. El control, dice, debe de entenderse como una herramienta destinada a reducir las fallas en el funcionamiento del poder (entropía democrática, es decir, un proceso de degradación entre elegidos y electores, gobernantes y gobernados).

Nuestro secularizado y múltiple leviatán se ha resentido ante comportamientos poco explicables, pues nada tienen  que ver políticas transversales que algunos reivindican para sus compartimentos, con lo que son simple y llanamente antinomias, es decir, conflicto entre los actores. La banalidad no puede sustituir al rigor, al escrutamiento público, o a la democracia interactiva (alejada de los populismos) que el mismo Rosanvallon  reivindica.

Los programas, y las filosofías políticas que los sustentan, no pueden, no deben reducirse a un mero eclecticismo. Es decir, la elección de puntos de vista, ideas y valoraciones debe responder a unos criterios determinados. Cualquier tipo de pensamiento útil para justificar la versatilidad que sostiene tal comportamiento, es asumido y declarado como buen atributo, por lo que a lo que estamos asistiendo pura y simplemente al mencionado uso y abuso de la antinomia.

Decía Peruzzotti que existe un acuerdo generalizado en la literatura “sobre la calidad de la democracia”, de que los déficits institucionales están directamente relacionados con el mal desempeño de los organismos de rendirse cuentas.

Éste agrio sabor instalado en las entrañas de las españolas y españoles ha de combatirse, como sostiene la OCDE, con una cultura de la gobernanza basada en políticas públicas y prácticas innovadoras y sostenibles, que se fundan a su vez en los principios de transparencia, rendición de cuentas y participación, actitudes que en definitiva promueven la democracia y el crecimiento inclusivo.

Alguien debería de tomar nota, pues leyendo con pesimismo a Machado, “el pasado es malo…pero el presente no se aventura mejor”.