La violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres existe. Lo llamamos violencia de género, y negar su existencia no solo es muestra de ignorancia, sino causa de complicidad en su persistencia.

Negar la violencia de género y cuestionar la lucha feminista, por tanto, pone en riesgo la integridad y la vida de muchas mujeres.

Es lo que hace habitualmente la ultraderecha. Y es lo que hizo Díaz Ayuso cuando manifestó hace unos meses que “los hombres sufren más agresiones que las mujeres”, y cuando en el reciente debate de investidura acusó al feminismo de “enfrentar a las mujeres con los hombres”.

El pasado martes, Eduardo mató a Consuelo en su domicilio de Madrid. Y más allá de las circunstancias concretas, Eduardo no mató a Consuelo con motivaciones equiparables a cualquier otro asesinato de un hombre por un hombre, o de un hombre por una mujer.

Eduardo mató a Consuelo porque en su concepción de cómo ha de funcionar la sociedad y de cómo se han de distribuir funciones en el seno de la pareja, Consuelo debía subordinarse a su voluntad.

La mató porque en su código moral, el predominio del hombre sobre la mujer está bien y la insubordinación de la mujer hacia el hombre está mal.

Eduardo mató a Consuelo porque en su modelo de masculinidad, el varón tiene derecho a controlar y a gobernar a “su” mujer.

Esta concepción sobre el funcionamiento de la sociedad, este código moral y este modelo de masculinidad, no son una excepción, ni tan siquiera un pensamiento minoritario. Se llama patriarcado, predomina en la mentalidad de los hombres y constituye la raíz misma de la violencia contra las mujeres.

Ortega y Gasset distinguía entre convicciones y creencias en el mundo de las ideas. Las convicciones se tienen, mientras que en las creencias se está. Uno tiene la convicción de que mañana lloverá en su barrio, y uno está en la creencia de que mañana habrá un barrio por el que pasear.

Pues bien, la idea del derecho del hombre al control y la dominación sobre la mujer forma parte de las creencias aún muy mayoritarias en nuestra sociedad.

Y como todas las creencias, la del patriarcado cuenta con fundamentos de aparente racionalidad lógica. Una idea no perdura como creencia general desde la arbitrariedad absoluta.

Existe un aparente fundamento “natural”, relacionado con el hecho general de que el hombre posee más fuerza física que la mujer, y que el liderazgo “natural” corresponde al más fuerte. Por su parte, la mujer da la vida y parece predestinada “naturalmente” a los cuidados de la prole.

También funciona el falso fundamento moral. El hombre domina, pero se trata de un dominio justo, porque a cambio provee y protege a la mujer ante peligros y necesidades.

Y se produce asimismo un fundamento de carácter poético, lírico, hasta épico. Nos emocionamos ante el galanteo masculino, que en su afán de conquista desparrama sobre la mujer infinidad de elogios hasta la exageración. A la mujer no se la mezcla con asuntos groseramente masculinos como el poder o el dinero, pero a la mujer se la corteja, se la colma de regalos, se la adora, se le cede el paso y el asiento, se vela por su honor…

El patriarcado es un constructo social que durante milenios ha prefigurado los modelos de masculinidad dominantes. Rige, determina y condiciona la distribución de roles y las relaciones entre hombres y mujeres. Se reproduce de padres a hijos, y también de madres a hijas. Su presencia inunda el cine, la literatura, la publicidad, las redes sociales, de manera más o menos sutil.

La persistencia de un fenómeno como la prostitución en plenas sociedades desarrolladas y democráticas solo puede explicarse a partir de la creencia patriarcal. Los prostíbulos constituyen hoy antros de esclavismo y vulneración flagrante de los derechos humanos, pero su funcionamiento se percibe como un daño colateral, casi inevitable, permisible en todo caso, porque “así son las cosas de la vida”.

Así son las cosas de la vida cuando la creencia aún generalizada subordina y cosifica a la mujer para el dominio y la satisfacción del hombre.

El patriarcado es un constructo social predominante en las creencias de nuestra sociedad, y tiene consecuencias evidentes y graves en la desigualdad entre hombres y mujeres, en la discriminación de ellas en el trabajo, en las agresiones a su libertad sexual, en el asesinato de las mujeres, en la violencia vicaria sobre sus hijos…

La ley es importante. Pero la ley no basta para combatir la creencia patriarcal. Y sin doblegar la creencia patriarcal, la desigualdad, la discriminación y la violencia contra las mujeres persistirán.

Y cada vez será peor, porque cada día se agrava la colisión entre el patriarcado persistente y la voluntad imparable de liberación que nace y crece entre las mujeres de nuestro tiempo.

Ellas no se conforman y muchos de ellos no lo entienden, porque la insubordinación no cabe en sus creencias.

La lucha feminista es clave para superar esta situación, pero toca a los hombres dar un paso adelante.

Solo hay una solución. Afianzar nuevas ideas. Construir nuevas creencias. Hacia un nuevo modelo de masculinidad.

Se acabó. Aquello del hombre dominante y protector sobre la mujer se acabó. Ese modelo de masculinidad ya no encaja con las aspiraciones de una sociedad que aspira a la igualdad, a la libertad y a la justicia para todos sus miembros, independientemente de su género.

El nuevo modelo de masculinidad no nos hará menos hombres. Al contrario. Será más hombre aquel que sepa compartir con las mujeres de igual a igual la relación de pareja, la familia, el trabajo, la sociedad, el poder… La mitad del mundo.

Hombre, compañero, aliado, y no dueño.

Hay que conseguirlo.

 

Fotografía: Carmen Barrios