El año pasado, 2019, fue un año terrible en incendios. Fue el año de los grandes incendios forestales en todo el mundo. Los incendios producidos fueron más severos y se produjeron en lugares en los que rara vez ocurrían, como fue en la tundra de Alaska.

Espero que no se nos haya olvidado pero, lamentablemente, vimos con horror, desesperación y muchísima tristeza, imágenes de incendios que recorrían desde Rusia hasta Brasil, pasando por Siberia, Indonesia, Canadá, Estados Unidos, Israel, Líbano, Congo y Australia, que vivió la primavera más seca y la segunda más cálida de su historia; y solo en un mes, ardió un área casi tres veces más grande que el Líbano.

Los incendios de Australia dispararon las “tormentas de fuego” de más de 1.000ºC que acabaron con la vida de decenas de personas y de más de 1.200 millones de animales.

Según datos publicados por Greenpeace, los incendios de Siberia arrasaron 16 millones de hectáreas (un área casi el doble que el tamaño de Austria). Cuatro provincias rusas declararon el estado de emergencia. Además, este tipo de incendios son especialmente peligrosos para el clima, ya que producen carbono negro que se deposita en el hielo del Ártico. La Amazonía vivió  un año particularmente duro; en Brasil, en septiembre de 2019, la superficie de los incendios había afectado ya 5.880.000 hectáreas; en Bolivia, entre julio y octubre de 2019, ardieron más de cinco millones de hectáreas. Indonesia también batió récords: hasta mediados de septiembre, los incendios arrasaron más de 1,64 millones de hectáreas. Es destacable también lo ocurrido en Chile, donde se duplicó el número de incendios con respecto a 2018, consecuencia de la grave sequía y las olas de calor.

En España, 2019 fue el quinto peor año del decenio, por detrás de 2012 y 2017, que continúan siendo los más devastadores tanto por superficie quemada como por número de grandes incendios forestales.

Llegó, a finales de octubre, los incendios forestales en California (Estados Unidos), que provocaron la evacuación masiva de 200.000 personas, con cortes históricos en el suministro de luz y más de 31.000 hectáreas afectadas. Solo el incendio de Kinkade destruyó más de 370 viviendas.

Y, seguimos en California. 2020 era un año esperanzador, ya que debido al confinamiento parecía haberse frenado el número y volumen de incendios. Hasta que llegó de nuevo el gran desastre de California.

Ya no solo hemos visto las imágenes de televisión, sino que a España han llegado lenguas de humo que provienen de aquellos incendios que llevan ya meses de devastación. Cerca de un millón de hectáreas en zona boscosa, hasta tres millones de toneladas de gases de efecto invernadero, más de una treintena de personas fallecidas, miles de evacuados, personas desaparecidas, la peor calidad del aire del mundo, y unas consecuencias de inseguridad y miedo. Y advierten que el horror aún no ha terminado.

Pese a los negacionistas como Trump, el cambio climático está influyendo claramente en la crudeza y devastación de los incendios. Los incendios forestales y el cambio climático son dos caras de la misma moneda. Las emisiones debidas a los incendios en 2019 supusieron un repunte a nivel global y se liberaron 7.800 millones de toneladas de CO2, el equivalente a unas 25 veces las emisiones totales de España en un año

Los expertos advierten que los incendios forestales de 6ª generación son la “nueva normalidad”. Se producen en todo el mundo, en lugares impensables (hasta el Círculo Polar Ártico registra incendios), destrozando ecosistemas únicos de un valor ecológico incalculable, con pérdidas humanas, con muertes de millones de animales, con consecuencias gravísimas para nuestro planeta y para nosotros mismos.

Cuando veo todas esas terribles imágenes, cuando vivo de cerca en mi territorio la pérdida de zonas boscosas y montes, cuando veo el grave deterioro de nuestra Tierra, todo lo que nos ocurre me parece, a veces, pequeño. Si perdemos nuestra casa, lo perderemos todo.