La Carta de Naciones Unidas de 1945 cambió totalmente el Derecho internacional en su dimensión de ordenación de los conflictos armados. A partir de la Carta de Naciones Unidas la guerra como instrumento de política internacional para defender los intereses nacionales dejó de ser legal. El antiguo procedimiento de declaración de la guerra para formalizar la ruptura de hostilidades (que todavía contempla el artículo 63.3 de la Constitución española, un puro anacronismo) desapareció del Derecho internacional y desde la Segunda Guerra Mundial no ha vuelto a declararse ninguna guerra.

Así pues desde la Carta de Naciones Unidas la guerra ha dejado de ser legal y sólo se permite responder a una agresión armada que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas deberá validar. Es cierto que ha habido intervenciones armadas al margen de Naciones Unidas como la de Kosovo, a cargo de la OTAN, y la agresión estadounidense a Irak en 2003.

Ahora volvemos a vivir otra agresión donde Naciones Unidas acabará marginada porque Rusia no sólo tiene potestad de veto en el Consejo de Seguridad sino hoy lo preside. El problema es más político que jurídico porque la comunidad internacional, que conforme a Derecho internacional está legitimada para acudir en defensa de Ucrania, no puede implicarse con tal intensidad que origine un conflicto armado abierto entre las Potencias de la OTAN y la Federación Rusa. No es concebible que Estados Unidos y demás países de la OTAN se enfrenten de manera abierta con Rusia porque no se puede entrar en la dinámica de 1939. Sólo se podrá apoyar logísticamente a Ucrania y plantear sanaciones diplomáticas y económicas a Rusia porque es impensable que Estados Unidos bombardee Moscú o Rusia bombardee Washington.

El problema de fondo es que Rusia sigue siendo una dictadura comunista que no respeta el Derecho internacional y necesita, además, que vuelva a establecerse una estructura internacional bipolar. Por eso Rusia desprecia a la Unión Europea (que ha dado una respuesta demasiado tímida a las provocaciones rusas incluyendo los gestos inamistosos del Ministro ruso Lavrof a Borrell) porque necesita un eje opuesto que sólo puede ser Estados Unidos, de modo que que considera que la Unión Europea es un satélite de Estados Unidos como Bielorrusia lo de de Rusia.

Dicho todo esto, ¿qué pretende Rusia en Ucrania? Es una pregunta que también nos hacíamos en 2003 con Irak pues partiendo de la base de que este país carecía de “armas de destrucción masiva” (y el Presidente Busch lo sabía cómo lo sabían sus cómplices Blair y Aznar), desalojar a Sadam Hussein del poder era un resultado demasiado parco para el esfuerzo que se hizo. Ahora hay que hacerse la misma pregunta. ¿Pretende Rusia invadir todo el país, ocuparlo e implantar un régimen títere como paso previo a su incorporación a la Federación? Porque invadir un país de cerca de 600.000 kilómetros cuadrados no parece tarea fácil ni siquiera para unas Fuerzas Armadas como las de Rusia. Más que una invasión completa del territorio lo que puede pretender Rusia es obligar a negociar a Ucrania con gran presión militar para obtener, de entrada, la renuncia a Crimea y a los territorios de la región de Donetsk y de Lugansk. Y hacia la OTAN obtener el compromiso de que Ucrania no se integrará en la Alianza. Todo ello como paso previo a debilitar el Gobierno legítimo de Ucrania para poder sustituirlo por un Gobierno pro-ruso que se plantee a medio plazo el retorno de Ucrania a Rusia. Porque, insisto, más allá de ataques aéreos y más allá de consolidarse en las zonas fronterizas no parece posible una invasión completa a Ucrania como hizo Alemania entre 1939-1940 (precisamente con la complicidad de la Unión Soviética).

Pero el hecho de una invasión completa Ucrania sea difícil no debe hacernos olvidar que Putin necesita victorias militares porque se ha situado psicológicamente en el escenario de otros gobernantes (Hitler pero no sólo pues le precedieron Bismarck o Guillermo II y después el propio Sadam Hussein con respecto a Kuwait) que no conciben la política sin la guerra y la asumen como posibilidad. Por eso la respuesta de la comunidad internacional ha de ser muy medida para no caer en la trampa de Putin: apoyo logístico y jurídico-internacional total a Ucrania, sanciones económicas máximas a Rusia. Es necesaria la acción diplomática pero no debemos engañarnos porque Rusia sólo se quedará satisfecha si se sacrifica a Ucrania y se pone en situación servil a Rumania, Bulgaria y Armenia. Ese es el primer obstáculo para una acción diplomática eficaz, que Rusia quiere volver a la política de bloques que acabó en 1989 y eso no lo puede consistir la Unión Europea.

Con una visión a largo plazo hemos de pensar que Rusia sigue siendo un Estado agresivo que pretende paliar su déficit democrático con aventuras exteriores que den a los ciudadanos conciencia y orgullo nacionales a cambio de democracia. Regida por una oligarquía que heredó todos los medios de producción de la Unión Soviética, Rusia no está en condiciones de entrar en el juego pacífico que de naciones que representa la Unión Europea, Además, sus Fuerzas Armadas tienen una concepción muy anticuada de las relaciones internacionales y siguen pensando en un irreal mundo de dos bloques, por lo que la Federación necesita la protección de un extenso glacis que sirva de colchón ante una eventual invasión a su territorio en la que siguen pensado. Con ese punto de partida, un acuerdo definitivo será difícil y sólo la contundencia de las sanciones económicas podrá atenuar su estrategia agresiva.