A lo largo de la historia ha habido comportamientos sociales inicialmente motivados por la insensatez de sus líderes con consecuencias autodestructivas que, por su difícil comprensión, han tenido distintas interpretaciones.

Y es que, hay conductas colectivas difíciles de explicar desde el único análisis de los mismos hechos y se hace necesario recurrir a figuras más gráficas. Barbara Tuchman se refiere, en su «Marcha de la Locura», a varios de ellos, desde la secesión de la iglesia católica en el siglo XVI a la guerra de Vietnam, pasando por la revolución americana. ¿Cómo es posible, se pregunta de fondo, que pudieran darse unas conductas que eran erróneas analizadas no con la perspectiva de su resultado sino en el mismo momento en que se producían?

Si Tuchman hubiera podido reeditar su libro, a buen seguro habría añadido la guerra de Iraq a su catálogo. Pero, quien sí lo hizo, fue Tzvetan Todorov en su libro «El nuevo desorden mundial: reflexiones de un europeo».

Hannah Arendt pensaba que la perpetración de los crímenes nazis por miles de funcionarios del régimen que gobernó Alemania bajo el mandato de Hitler había sido posible no necesariamente por una conciencia de mal extendida entre todos ellos, sino por la simple ejecución de órdenes superiores sin reflexionar sobre sus consecuencias. Eran burócratas que, banalizando el mal, lo ejercían de manera simplemente profesional. Lo escribe en su libro «Eichman en Jerusalen».

Otras tragedias colectivas han sido descritas de manera aparentemente similar. Como las causas que dieron lugar a la primera guerra mundial. Margaret MacMillan («1914. De la paz a la guerra») escribe que los países europeos se comportaban como los reos de una cuerda de presos donde, conviviendo grandes potencias con pequeños países, los pasos de unos y otros estaban irremisiblemente unidos y condenados a seguir una suerte común. El mismo episodio, el inicio de la Gran Guerra, es descrito de forma parecida por Christopher Clark en su libro «Sonámbulos: como Europa fue a la guerra en 1.914», cuyo título ahorra una mayor explicación.

Es evidente que la trascendencia de los casos citados en esta larga introducción no se corresponde con la de una posible fractura del PSOE, pero tambien lo es que la importancia de este partido para nuestro país quizás merezca dicha comparación, al menos, para visualizar el irracional proceso colectivo de sus militantes.

Porque, el PSOE, una organización política con ciento treinta y ocho años de funcionamiento al servicio de la sociedad española y que ha vivido circunstancias tan traumáticas como las del propio país, se encuentra viviendo un proceso de autodestrucción que no se compadece con la propia situación de la actual sociedad a la que debe servir. ¿Dónde están las especiales circunstancias que justifican esa fractura? ¿Dónde las soluciones que aportan unos y otros a esas circunstancias?.

Banalizar el mal es posponer los efectos de prescindir de las ideas comunes para enfatizar las diferencias. Son los elementos compartidos por todos los que forman el coagulante ideológico de los socialistas y no los procedimientos que, en cada momento, deben utilizarse en la organización. Por ello, llevar el debate sobre las formas hasta la definición de las esencias es, no solo absurdo, sino síntoma de que, quizás, no se compartan muchas cosas. ¿Es eso lo que ocurre?

Se argumenta, es verdad que por unos más que por otros, que, por muy duros que sean los enfrentamientos internos en la fase del debate, la lealtad institucional restañará posteriormente las heridas causadas. Es posible, aunque no es seguro. El problema es cómo se va a convencer a los demás, eso que se llama el electorado y que no están obligados por ninguna lealtad, que todo lo que se dijo durante el debate ya ha caducado. Aunque, es posible, que alguien esté pensando en que ese convencimiento se produzca por amputación de los miembros declarados perdedores en el debate.

Debería ser indudable que todos, todos, los afiliados al PSOE consideran su partido como una alternativa a la derecha, desean una victoria electoral sobre ella y quieren un funcionamiento democrático de su organización. Y, sin embargo, ahora, hay facciones enfrentadas en el PSOE por estas cosas disputándose la graduación con la que aprecian una u otra. Un mayor deseo de victoria, así, se quiere hacer merecedor de una mejor valoración que una más profunda democracia. O, al revés. Y es legítimo ese planteamiento pero, ¿no hay un límite a ese debate?, ¿compensa sobrepasar el borde de la ruptura?

Parece que, si no es la ruptura lo que se pretende, se trivializan los efectos negativos que una excesiva tensión en el debate pueden tener sobre la organización. Habría pues, en ese caso, una banalización del mal que se está produciendo mientras los componentes del colectivo se sienten cómodos guiándose por sus principios mientras defienden, con el mayor ahínco posible, sus diferencias.

Otra posibilidad es que las anteriores líneas sean un disparate o, por lo menos, una exageración. Créanme que lo deseo.