Tras el autogolpe que se dio el régimen posfranquista el 23 de febrero de 1981, para recordar con un particular “truco o trato” quién es qué, muchos de los políticos de la transición reconocieron con un fervoroso “juancarlismo” la auténtica naturaleza de la democracia española: una democracia otorgada. Si usted pasó años de cárcel, exilio, tortura, miedo y apaleamientos por la democracia y contra Franco, ya sabe que fue para saco roto. El poder político se renovó por la gracia, pero el poder de la iglesia católica (concordatos), de las élites económicas enriquecidas por décadas de privilegios, de unos cuerpos de seguridad que solamente cambiaron uniforme, un estamento militar ascendido guerra civilismo mediante… para qué seguir diciendo. Si al principio fue un “venceréis pero no convenceréis”, al final fue un “vencisteis y permaneceréis”. La sociedad llegó a la transición ya cambiada, y el poder político adquirió la inmunidad de rebaño al virus de la indiferencia sobre lo que sucedió en la dictadura. Y nada más. Apenas, nada más durante décadas. Recuerdo un mundial, una de OTAN y otra de CEE, cerrar industrias, una “expo”, privatizar lo “público” en un molinillo de puertas giratorias y sí, muchos derechos civiles de género y muy poquitas realidades económicas.

Era al parecer tan normal tener a un rey legalmente fuera de la ley. Al fin y al cabo, si el soberano es el depositario real de la soberanía… Tan intangible, que cuando dejó el cargo por fuerza mayor, todos los representantes del pueblo corriendo y de prisa para ver cómo lo hacemos. Parecía una final olímpica de relevos institucionales. No obstante, permítanme insistir. El rey anterior es lo de menos. Lo de más es su función de espejo: en sus oscuridades se reflejan el entramado de complicidades y silencios en lo político, en los medios de comunicación, en lo judicial, en la inteligencia del Estado, en las instituciones, el mundo académico, la cultura… Toda una época retratada en su sola figura. No me importa el rey que se fue. Me preocupa el cinismo y la desvergüenza de los que se quedan. De los que sabían y no querían saber. De los que sabían y les parecía divertido. “¿Sabes la última del rey?”. Todos los que adquirieron la inmunidad de rebaño al virus institucional. Ya nada les afectaba, llegara lo que fuese. Ni fiebre, ni malestar general, ni dolor de cabeza. Caso Torras-Kio, te tomas dos pastillitas de “son cosas de la extrema derecha que busca desestabilizar” y a otra cosa. Esos continúan, permanecerán. Son los garantes de la información, de la calidad democrática, de una justicia justa. Esos son los que me preocupan. Los colaboradores necesarios. Ahora las críticas serán feroces. Más cuanto más callaron, peores cuanto más se beneficiaron de medallas, honores, venias y cortesías.

Y esta fiesta no termina. La crisis financiera de 2008 demostró que el capitalismo lo tiene difícil para sobrevivir sin producción (objetos). Fue un momento de “se no ha ido la olla especulativa”. La crisis del Covid-19 demuestra que el capitalismo sin consumo no es nada (personas) y su futuro global una incógnita. Un ejemplo. El turismo ha sido la sangre que corría por las venas físicas de la globalización. Alimentaba los músculos de muchos países gracias al Sintron de las líneas aéreas. Gente que viene, gente que va. Más barato un viaje a Bangkok que a Chinchón. Vamos, una casa en Grecia y otra en Palm Beach ¿Cuánto se pensaba que duraría esto? Aunque vuelva, esperemos que el reinicio permita un cambio de destino. Le estoy tomando el pelo: seremos los mismos haciendo lo mismo, dado que nunca lo elegimos ni elegiremos.

La siguiente crisis nos mostrará que el capitalismo renquea si la naturaleza cojea (clima). Estamos paseando en los límites del capitalismo (es decir, de la sociedad que conocemos) y no aparecen los extraterrestres que nos salven. Por el contrario, en ocasiones se percibe la atracción de la fatalidad. La sensación de que el mundo se mueve globalmente en la dirección errónea por razones que se perciben localmente como correctas. La única esperanza es que nadie o algo nos esté mirando. Debemos reconocer que damos un espectáculo absurdo y ridículo. De existir, nuestra entrada en el Catálogo General Galáctico dirá algo parecido a “Localmente autodenominados ‘Homo sapiens’, el ‘Homo stultus’ pudo vivir en un paraíso y construyo un infierno en el que morir cada día. Única especie conocida en el universo infinito que se extinguió por decisiones propias”.