Una vez más, la Economía desmiente a la propia economía.

¿O acaso se puede considerar un éxito de gestión económica que las rentas más bajas, aquellos que menos tienen y más sufren la crisis, sean de nuevo los más golpeados?

Nos hemos acostumbrado a no discutir ante las decisiones económicas, pero ya hace mucho tiempo que la sinrazón, la frustración y el fracaso acompañan a los datos macroeconómicos. No se puede hacer una Economía que sirva para provocar sufrimiento y generar desigualdad.

Estamos ante una política económica incapaz de sustentarse sobre ninguna Teoría de Justicia.

Los datos siguen siendo escalofriantes, aunque el propio Gobierno dé muestras irracionales de autosatisfacción. El 1% de los más ricos de España acumula el 20% de la riqueza y el 10% acumula más de la mitad de la riqueza (un 52,8%); la renta media se redujo un 16% entre 2008 y 2013; los hogares más pobres tienen al final de la crisis más deudas que activos; los hogares con menos recursos han perdido casi un 50% de su renta desde 2008.

No solo se castiga a la gente hoy y ahora, sino que estamos empobreciendo el futuro del país y condenando a toda una generación de jóvenes a no tener salidas dignas (ni laborales ni profesionales ni personales) en nuestro país.

Pero así es la política neoliberal económica. Los macro-datos frente a la micro-realidad. El dinero versus las personas.

Lo lamentable es que hace mucho tiempo que se viene advirtiendo de esta situación de creciente desigualdad, precariedad laboral, empobrecimiento social, y falta de futuro en una España, cada vez más encogida, endogámica, y fragmentada en diversidades (territoriales, generacionales, ideológicos).

Hace tiempo también que no sabemos dónde poner nuestra mirada de esperanza. No es Europa la que despierta a esta conmoción de una crisis que se alarga. Tampoco podemos esperar que sea EEUU la solución, cuando ha entrado en una espiral enfermiza de enfrentamientos y provocaciones.

Y el gran gigante asiático, que despertó hace años y ruge de forma temeraria, convoca la tradición con el desarrollismo más voraz, descosiendo las costuras del planeta ante un enorme deshecho de residuos e inservibles.

A finales de la década de los 90, Joaquín Estefanía ponía en relieve el riesgo de una “mundialización mutilada”, porque amplias zonas del planeta, como África, no participarían de un bienestar social.

“La globalización ha traído mayores cotas de bienestar en muchos lugares, pero también una obligada cesión del poder de los ciudadanos, sin debate previo, sobre su economía y sus capacidades de decisión, en beneficio de unas fuerzas indefinidas que atienden al genérico de mercados”. Efectivamente, hemos cedido nuestro poder de decisión democrática ante una Economía voraz que nunca está satisfecha por más hijos que engulla.

Y sin una correcta redistribución de recursos, sin frenar la desigualdad social, sin un bienestar de justicia, no hay libertad. La desigualdad excluye del sistema, la pobreza mata.

Los liberales y conservadores no encuentran salidas a esta situación de creciente desigualdad, de crisis cíclicas, de fragmentación social, que acompaña a la nueva economía postindustrial.

El problema es que parece que el pensamiento único económico se ha colado en todas las rendijas, dejando de brazos caídos a la socialdemocracia.