Todos percibimos fácilmente cuando existe una dictadura política. Las democracias europeas, incluida la nuestra, somos conscientes de cuándo se produce un gobierno autoritario que elimina derechos y que no garantiza las libertades. De hecho, la palabra “libertad” está siempre en boca de todo el mundo, incluso a veces de una forma tan trivial que pierde la profundidad de su sentido. Por ejemplo, cuando alguien grita que quiere hacer uso de su libertad, aunque sea para insultar, para mentir, para poner en riesgo a otros, para no cumplir sus obligaciones sociales o cosas similares. Ahí resulta muy cuestionable que eso sea “libertad”, porque este derecho inalienable conlleva parejo la obligación de la responsabilidad de los hechos y expresiones propias.

Volviendo al objeto de la reflexión. Todos sabemos diferenciar muy bien un gobierno democrático de un gobierno dictador, y eso no solo nos enoja, sino que nos pone en pie de guerra, lo que refuerza positivamente nuestra conciencia ciudadana.

Ahora bien, ¿sabemos de la misma forma diferenciar la dictadura del dinero a la que cada vez estamos más sometidos?

La compra de Twitter por Elon Musk tiene muchos prismas que analizar: el escandaloso patrimonio que puede poseer un solo hombre; las extraordinarias desigualdades sociales que existen en siglo XXI – la mayor diferencia de la historia, que ve aminorado su efecto por la eliminación de la pobreza, que no la desigualdad -; los “caprichos” que puede permitirse un solo hombre como viajes interestelares o la compra de toda una red de comunicación social; la minúscula élite de personas exclusivas que poseen más dinero que muchos gobiernos nacionales, entre otras cuestiones.

Sin embargo, hay un elemento del que apenas hablamos: la dictadura del capital.  Porque no percibimos como una dictadura el poder que un solo hombre tiene sobre los intereses, deseos, opiniones, decisiones del conjunto de la ciudadanía.

El hecho de que Elon Musk compre Twitter está dentro de los despropósitos comerciales y económicos que la élite económica, compuesta por un mínimo grupo de personas como puede ser el dueño de Amazon o de Google, realiza en este siglo XXI cuyo sistema capitalista ha subido muchos decibelios de forma vertiginosa creando una separación como nunca antes había existido entre los súper ricos (de fortunas incalculables) y la clase media (ya no hablo de los pobres del mundo que existen y son muchos).

El núcleo gordiano está en que no será un gobierno dictador quien controle lo que decimos, hablamos, escribimos en una red social, sino que lo hará un solo hombre, propietario de esa red, quien decidirá qué está bien o qué está mal, qué es lo que permite y no lo que no, quién está autorizado o quién no está.

Cuando los anteriores dueños de Twitter prohibieron de forma permanente la participación de Donald Trump por incitación a la violencia, en general nos pareció una decisión adecuada, porque era Trump. Pero si mañana deciden que Joe Biden o cualquier otro primer ministro de su país o de otro, no es de su agrado también podrán silenciarlo. Superemos la anécdota y quedémonos con la categoría. Twitter fue capaz de derribar al poder político de la nación más poderosa y tecnológica del mundo. Una decisión así al albur de un negocio. ¿Es este el futuro de nuestras democracias?

No fue una decisión tomada democráticamente ni por la ciudadanía ni por un gobierno elegido. Fue tomada por los “propietarios” de la red.

También ocurre que se silencien, prohíban u oculten opiniones legítimas pero que no sean compartidas por el dueño de la red social.

Carlos Marx advirtió, con razón, que la estructura económica (quien tiene el control de los medios de producción) es la que condiciona las estructuras superiores como la cultura, la ideología, qué se piensa o qué se compra, qué necesidades se generan. Hoy, eso es exactamente así pero no lo percibimos.

Paseamos por calles y centros comerciales pensando que “elegimos” con total libertad entre la maraña de productos diferentes que existen sin ser conscientes de que la mayoría de las tiendas pertenecen a dos o tres propietarios. Surgen productos nuevos y la enorme necesidad de adquirirlos producido por la publicidad dirigida, como decía Marcuse. Consumimos de forma masiva unas películas o series determinadas porque tienen la capacidad de “inundar” todas las calles, las pantallas, la visión en general, haciendo imposible que pasen inadvertidas ante nuestros ojos.

Las redes con las que trabajamos todos los días, bien sea Google o Facebook, facilitan que nuestros gustos, deseos, intentos de compras, lugares donde viajar, etc, estén tan expuestos que se convierte en un “bombardeo” tecnológico. Hasta hablar por teléfono y mencionar un producto determinado hace que ya tengamos en nuestras pantallas las ofertas para adquirirlas.

Elon Musk y otros como él son el ejemplo de la dictadura del capital, de la que no somos conscientes, pero a la que, cada vez más debido a la tecnología y la globalización, estamos sometidos.

Sólo unos meses atrás veíamos un juicio contra Facebook y las declaraciones de una empleada de alto nivel en la compañía. Ella decía que los algoritmos de esta red promocionaban los contenidos que más dinero les dejaba; y estos eran los más hirientes, los más incendiarios porque agitaban la red con millones de réplicas y contrarréplicas. Que un mensaje de un premio nobel ecuánime y fundamentado no despertaba apenas respuestas. Por el contrario, una barbaridad sin fundamentación, insultante y polarizada era un terremoto.

El negocio de Facebook está en maximizar el uso de la red, cuanto más uso mejor, no importa los contenidos. De este modo los algoritmos promocionan la polarización y las provocaciones. Podemos decir que un fenómeno como Trump, la radicalización y la falta de mesura social es la sangre de estas redes y sería imposible sin ellas.

La opinión mundial está manipulada por unos señores que, sin ninguna legitimidad democrática, deciden lo que se promociona y lo que no. Y más aún, ni siquiera nos queda el triste consuelo de que lo hacen con “su ética y criterio subjetivo o discutible”; lo hacen en función de la cuenta de resultados. Estamos en manos de un negocio disfrazado de libertad.

Me preocupa que una red social como Twitter caiga en manos de un solo propietario, como me preocupa, desde hace tiempo, que el mundo está en manos de unos pocos, que el poder político democrático está cada vez más arrinconado frente a fortunas inimaginables, que la cultura ciudadana está mediatizada más por lo económico que por el derecho, que la guerra entre la posverdad y los hechos nos resulta cada vez más indiferente, que estamos expuestos a la voluntad de unos pocos.

Debemos tomar conciencia de que esta concentración de poder de las redes en una sola persona o en un reducido grupo a nivel mundial, moldea la libertad de opinión, manipula el consumo cotidiano, hunde y da vida a empresas y actividades, y todo por encima del poder legitimo de las democracias occidentales, del poder ejecutivo y del judicial a los que burlan constantemente. Y lo hacen sin ninguna legitimidad democrática.

Resulta decepcionante invertir siglos de historia en luchar por una sociedad libre y ahora entregamos nuestra libertad a unas pocas personas y sus negocios, al mismo tiempo que nos hacen creer que somos libres, que nosotros lo creemos sin cuestionarlo, y además ellos se convierten en “garantes” de nuestra manipulada libertad.