Pocas historias hay tan salvajes como algunas de las narradas en el Antiguo Testamento. Asesinatos, violaciones, descuartizamientos … Y aun así, aparecen elogios a la inocencia. Jehová había decidió arrasar a sangre y fuego Sodoma y Gomorra. Abraham le debate en una subasta a la baja. No parece justo asesinar a 50, 45, 40, 30, 20 o 10 inocentes para castigar a los culpables. Dios asume el razonamiento y concluye: “No la destruiré, respondió, por amor a los diez.” (Génesis 18:23-32). Todos sabemos como termina el cuento, pero lo importante es el axioma: la inocencia pesa mucho más que la culpabilidad.

Estando en la génesis, esa idea se propagó. De Laudibus Legum Angliae (c. 1470) de Sir John Fortescue, establecía que “uno preferiría que veinte personas culpables escapen a la pena capital en lugar de que una persona inocente sea condenada y sufra la pena capital”. El 3 de octubre de 1692, en los juicios de Salem, el reverendo Mather rebajó la ratio de Fortescue: “Es mejor que Diez Brujas Sospechosas escapen, a que una Persona Inocente sea condenada”. Por el contrario, Franklin elevó el precio de la inocencia cuando sostenía que “Es mejor que mil personas culpables escapen a que una persona inocente sufra”. Una ratio entre inocentes y culpables que según fundamento religioso o humanitario pasa de 1:10 o 1:20 hasta 1:1000. Un inocente pesa al menos como 10, 20 o 1000 culpables.

Los pensamientos autoritarios giran los términos de la ecuación. Así, a Bismarck se le atribuye la frase “es mejor que diez inocentes sufran a que un culpable escape”. La inteligencia artificial, que guía la mano de la venganza del gobierno ultra de Israel, está programado, al parecer, en esa lógica. Un culpable vale por veinte inocentes, 20:1. Eso sí, cuando el culpable es más importante, es un líder, un culpable pesa como doscientos inocentes, 200:1. Expresado en el viejo estilo: es mejor condenar a muerte a 20 inocentes, condenar a muerte a 200 inocentes, y porque no a 15.000 niños inocentes, si se logra matar a un culpable. Ese giro ético y la tolerancia que se practica con él se encuentra en la medula que corroe, carcome y destruirá a las democracias europeas. La razón es simple: cuando la inocencia puede ser exterminada para castigar culpables, con ratios de 200 inocentes por un culpable, es el fin de la inocencia. Tanto es así que aquellos que aceptan la ratio son cómplices y con ello se convierten en no inocentes. Es un ciclo devastador que extermina y pervierte la presunción de inocencia. 33.000 niños, ancianos y mujeres no combatientes han muerto para castigar a los culpables de la masacre de perpetrada contra los Kibutz en octubre de 2023. Lo único completamente cierto es 33.000 personas inocentes han muerto para castigar la muerte de 1.400 personas inocentes. Es fácil apreciar que la noción de justicia se encuentra adulterada en el razonamiento de la guerra: tantos inocentes: tantos inocentes.

Y hay muchas fórmulas para condenar a una muerte en vida. La Unión Europea gusta de monetizar todo como consecuencia de su propio génesis: un mercado común. La ratio es 20.000 euros por un inocente, sea refugiado político o económico. Al menos no han creado un catálogo de precios: mujer anciana enferma tanto monta, hombre/mujer joven homosexual otro tanto; es seguro que Polonia, Hungría y otros estarán dispuestos a pagar más caro para rechazar inmigrantes con “taras morales”. La justificación misma para asumir nuestras obligaciones con los derechos humanos es perversa: vienen a contribuir económicamente. Los necesitamos para que trabajen para nosotros. A veces se olvida que las violencias y las persecuciones tienen muchas caras y no solo políticas.

Aquí un mensaje en clave para los historiadores futuros: la democracia liberal occidental y sus valores humanistas entraron en declive por culpa del sistema métrico decimal. Puede parecer inocente, pero es que el orden de los factores (ratios) altera el producto de un modo medular. Y no digo ya el cambiazo de culpables por inocentes.