Christine Lagarde, máxima dirigente del BCE, frunció el ceño, hace pocos días: transigió ante los llamados “halcones” de la Junta de Gobernadores de la entidad bancaria europea. Entonces, los tipos de interés se subían un 0,75 que, unido al 0,50 de hacía unas semanas, colocaba la nueva referencia en el 1,25. Lagarde se había mantenido firme, meses atrás, en relación a la subida de tipos ante la evolución de los precios en la UE. Las “palomas” de la Junta de Gobernadores se alineaban con la presidenta; pero la trayectoria de la inflación ha dado más coartada a los banqueros más duros. Lagarde pensaba que no podía –no debía– cometer el error de Jean Claude Trichet, su antecesor en el cargo durante la Gran Recesión: sus subidas impetuosas de los tipos de interés condujeron a la UE a la recesión, particularmente en el sur de Europa. Sin embargo, las declaraciones que emanan desde el BCE advierten de posibles nuevas subidas antes de finalizar el año. No es un buen presagio. Pero, a su vez, debe subrayarse también que el BCE sigue manteniendo su política de liquidez, de compra de deuda soberana. Ello explica que las primas de riesgo se hayan mantenido relativamente estables, a pesar del anuncio del alza en los tipos de interés. Esto es una noticia positiva.

La conexión entre inflación-tipos de interés es intrínseca a la labor de los bancos centrales. En unos casos –como la Reserva Federal de Estados Unidos– la preocupación se extiende también a la tasa de paro. En otros –como el BCE–, el centro de acción radica en el control de los precios. Ahora bien, la historia económica demuestra que la acción de los banqueros centrales debe ser comedida, a partir de un diagnóstico ajustado a una realidad de incierto futuro, en muchas ocasiones. Subir los tipos lesiona la inversión y el consumo; mantenerlos en escenarios de aumento de precios, genera confusión en los mercados, que esperan una reacción de los banqueros centrales; bajar los tipos ayuda a dinamizar una economía que se halle en un estado más bien anémico, con pulsiones escasas. Pero la situación actual se trufa de mayores dificultades: en la UE, Lagarde y su equipo deben gestionar un shock de oferta, no de demanda –como está acaeciendo en Estados Unidos–. De manera que es factible que si se corrige ese shock (gracias a medidas ya adoptadas en mercados energéticos y al desbloqueo de los estrangulamientos en el comercio de mercancías), los precios vuelvan a una senda más reconocible: entorno al 3%. Reiteradas subidas de tipos generarían entonces más dificultades que beneficios, máxime cuando los denominados “mercados de futuro” (compras presentes para semanas o meses próximos) presagian una ralentización en la subida de los precios. Causas: caída del precio de materias primas y del petróleo, superación de bloqueos comerciales. La gran incógnita: la finalización de la guerra.

De ahí que resulte problemático el anuncio del BCE de seguir subiendo tipos: la evolución de la economía debe auscultarse en tiempo más real –y, por tanto, la de los precios–, con lo que augurar que los tipos de interés van a seguir subiendo no va a restar incertidumbre.