Si Karl Marx y Max Weber son considerados padres de la Sociología es porque, ambos, cada uno en su época, tuvieron la clarividencia de describir el modo de producción capitalista. En El capital y en algunos capítulos de Economía y sociedad, Marx y Weber analizaron la esencia de ese modo de producción que ya en el siglo XIX era dominante en Europa y en América. Así, Weber describió la explotación lucrativa de mercado como aquella actividad orientada de modo continuado por las posibilidades del propio mercado en la medida en que empleando bienes como medios lucrativos puede obtener dinero mediante la producción y venta de bienes solicitados o mediante la oferta de servicios (Economía y sociedad. México, D. F, 1979, pÔg. 75). Y a su vez debemos a Hans Kelsen el haber despojado el anÔlisis jurídico de connotaciones morales para dejarlo en una tarea ajena a lo axiológico.

Vienen a cuento esas consideraciones a propósito del anunciado cambio de sede social de la multinacional española Ferrovial a los Países Bajos, con las consecuencias negativas que tiene para la imagen económica y política de España. Porque es muy fÔcil quedarse sólo en la condena moral (que comporta una condena política) cuando, en realidad, estÔ en la base del modo de producción capitalista que cada sujeto económico se mueva primordialmente por la rentabilidad. Otra cosa diferente es que las decisiones adoptadas por cada empresa para maximizar sus beneficios sean, a medio y a largo plazo, acertadas o erróneas. Pero ese juicio también se sitúa en el campo socioeconómico, no en el campo moral. Es decir, que es difícil pedir a los empresarios capitalistas que se muevan con una lógica distinta del puro beneficio.

Antes de avanzar algunos interrogantes que suscita la decisión de Ferrovial conviene presentar dos cuestiones previas. En primer lugar, si la multinacional hasta ahora espaƱola se plantea emigrar a los PaĆ­ses Bajos (y no, por ejemplo, a Estados Unidos) es por la extravagancia de que en el seno de la Unión Europea se hayan asentado cinco paraĆ­sos fiscales (Chipre, Irlanda, Luxemburgo, Malta y PaĆ­ses Bajos). Esos paraĆ­sos fiscales rompen toda la filosofĆ­a económica de la Unión Europea y llama la atención que el resto de los Estados miembros de la Unión no se hayan concertado para acabar con esa situación. Especialmente sorprendente es que los PaĆ­ses Bajos, cuya boyante economĆ­a se pudo consolidar en el pasado gracias a sus colonias, ahora juegue a hacer dumping fiscal combinĆ”ndolo con dosis de frugalidad presupuestaria en los foros donde estĆ” presente este paĆ­s, como el Eurogrupo. Dumpimg fiscal, frugalidad y protestantismo no es una fórmula que provoque muchas simpatĆ­as fuera de sus fronteras. Por ende, mientas se den esas situaciones, los Estados han de aceptar esa dinĆ”mica de escapada fiscal y si molesta, concertarse para irla aminorando. De hecho, muy pocos dĆ­as antes de que se anunciara la huida de Ferrovial el suplemento económico de El Mundo publicó un artĆ­culo titulado ā€œĀæPor quĆ© los ricos espaƱoles prefieren los PaĆ­ses Bajos?ā€ (La Actualidad Económica, 12 de febrero de 2023) y en el pequeƱo ranking de espaƱoles que tienen situado su patrimonio en los PaĆ­ses Bajos ya aparecĆ­a en primer lugar Rafael del Pino y familia. Por cierto, que en esa pequeƱa relación aparecĆ­an varias familias catalanas conocidas por su fervor independentista.

La segunda cuestión previa a tener en cuenta es que esta salida de España de Ferrovial es una confesión de que sus directivos dan por perdida la posibilidad de que el Partido Popular gane las próximas elecciones legislativas, pues si creyeran que el partido de Núñez Feijóo va a formar Gobierno a finales de 2023 o principios de 2024 Ferrovial quizÔ no hubiera intentado abandonar España. Muy convencidos deben estar los directivos de Ferrovial de que el Gobierno que se forme tras las próximas elecciones serÔ otra vez de izquierda y con ello estÔn lanzando un mensaje desvalorativo al Partido Popular o, al menos, un mensaje poco asertivo.

Tras estas dos cuestiones, la operación migrante de Ferrovial plantea cuatro grandes interrogantes.

En primer lugar, ¿Ferrovial actúa por móviles estrictamente económicos o también políticos? Es decir, ¿se traslada a los Países Bajos en busca de un tratamiento fiscal mÔs beneficioso o también como gesto de protesta política contra el Gobierno? Lo primero forma parte de la esencia del modo de producción capitalista y corrobora que los capitalistas no tienen patria sino intereses económicos. Por ello, Ferrovial estaría en su derecho a huir de España si con ello se ahorra unos cuantos millones, aunque el Estado español estÔ también en su derecho en poner condiciones al traslado si no choca con la unidad de mercado comunitaria. A fortiori, cuando el Derecho fiscal comunitario no facilita precisamente esa unidad de mercado.

Pero si lo que mueve a Ferrovial son objetivos polĆ­ticos, la operación tiene otro cariz. AlgĆŗn objetivo polĆ­tico debe haber por la justificación aducida ante la Comisión Nacional del Mercado de Valores: falta seguridad jurĆ­dica, si bien pocos dĆ­as despuĆ©s el CEO de Ferrovial se desdijo en una entrevista en un medio de comunicación. TambiĆ©n se sospecha el cariz polĆ­tico al ver el sigilo con que se ha llevado la operación y la deslealtad de informar al Gobierno tras aprobar el traslado el Consejo de Administración. Y esta duda enlaza con el siguiente interrogante: Āæes una operación exclusiva de Ferrovial o tambiĆ©n entrarĆ”n en juego otras empresas? La duda se impone vista la beligerancia de otras empresas como, por ejemplo. Iberdrola y la propia CEOE. Dicho de otra manera, Āæestamos ante una ofensiva empresarial que trata de condicionar los resultados de las próximas elecciones porque ve difĆ­cil que las gane la derecha? El Ćŗnico dato que puede darnos una pista es el incidente del comunicado de Seopan, la patronal de las grandes constructoras. Ɖsta emitió un comunicado impertinente y hasta ofensivo para el Gobierno, pero, segĆŗn informaron el 6 y el 7 de marzo El PaĆ­s y La Vanguardia, la organización empresarial dio marcha atrĆ”s y el comunicado se convirtió en un texto del que se responsabilizó su presidente. Al menos en este sector de la construcción no todas las grandes empresas quieren ir a la guerra con el Gobierno,

El tercer interrogante me lo sugiere un artĆ­culo de Manel PĆ©rez ā€œla rebelión de las superĆ©litesā€ en La Vanguardia de 5 de marzo pasado. El autor se hacĆ­a la siguiente pregunta:

ā€œĀæSe inscriben los dos episodios [la salida de Ferrovial y la instalación de una adinerada familia catalana en DubĆ”i por razones fiscales] en la creciente rebelión global de las Ć©lites, los beneficiados de la globalización, contra la presión impositiva y reguladora de los estados, la cara patricia del populismo galopante?ā€

O, dicho de otra manera, ¿estaríamos ante una rebelión empresarial española (mÔs o menos amplia) contra un Gobierno legítimo o el tema tiene mÔs alcance y es otro caso mÔs de rebelión capitalista contra políticas socialdemócratas de redistribución de la riqueza, como ya hicieron Reagan y Thatcher?

Y el cuarto interrogante es ¿qué papel estÔ jugando el Partido Popular? En público su papel (al igual que su prensa adicta) es lamentable porque ¿cuÔndo se ha visto que un partido nacional jalee una operación que puede tener efectos negativos para la economía del país? ¿Y lo hace por ideología, por perjudicar al Gobierno o por motivos menos claros? Tenemos datos suficientes de que el Partido Popular, a través del Partido Popular Europeo estÔ tratando de hundir la economía española con el fin de hundir al Gobierno, por lo que no ha de extrañar que ahora se alíe a una empresa cuyo comportamiento puede dañar a la economía y al prestigio de España

El tiempo irÔ respondiendo a estos cuatro interrogantes, pero ya hay una conclusión: cuando los capitalistas acentúan su búsqueda de beneficios a cosa de los intereses de toda la comunidad, lo que hace falta es mÔs Estado. MÔs Estado para fijar las reglas del juego económico. MÔs Estado para que la economía sirva a toda la sociedad. MÔs Estado para que el esfuerzo de los asalariados tenga reflejo en el reparto de beneficios de las empresas. Y mÔs Estado para que las empresas de servicios públicos sirvan efectivamente a los ciudadanos. En todo caso, el Gobierno que actúa para todos los ciudadanos no debe renunciar a utilizar los instrumentos que le da el ordenamiento para las operaciones conspirativas de algunos incidan lo menos posible en la buena marcha de la economía española.