Militar en un partido político no es un pecado. Es un ejercicio de libertad y de responsabilidad, que realizan muchos ciudadanos con la ilusión de cambiar la sociedad, el barrio, la ciudad, y el país en el que viven. Tal es así, que la democracia no puede existir sin partidos políticos. Y por ello, en los ordenamientos constitucionales de todas las democracias avanzadas aparece ésta figura en un lugar preeminente.

Hace unos días, la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, anunciaba su intención de volver a competir en las próximas elecciones municipales de 2019, con el objetivo de intentar volver a ser alcaldesa. Concretamente, afirmaba: «Me han convencido. Mis colaboradores me han hecho ver que todo lo que hemos hecho está por concluir y que yo debía dirigir el equipo».

Atrás quedaban las dudas sobre si volver a presentarse, que zanjaba con un “dirigir Madrid rejuvenece«, y con la promesa de que su compromiso con la ciudad de Madrid la llevaría a agotar todo el mandato 2019-2023 en caso de ser elegida. Un paso al frente no exento de ciertas polémicas, cuyo alcance se verá durante los próximos meses.

En un contexto de previsible fragmentación electoral, que hará necesaria la consecución de acuerdos distintos a los que se produjeron tras las elecciones municipales de 2015, Manuela Carmena realizó otro anuncio no menos importante. Señaló, que no se presentara con un partido político, sino que lo hará liderando una plataforma de individuos, que legalmente tomará la forma de una agrupación de electores.

Las tensiones que esta decisión haya podido provocar en IU, Podemos y parte del actual grupo municipal de Ahora Madrid son evidentes, y se pueden resumir en la frase de Pablo Iglesias: “Carmena sin Podemos, sin IU y sin muchas individualidades no habría sido alcaldesa”. Pero quiero centrarme en el ataque a los partidos políticos que han realizado algunos dirigentes del equipo de la alcaldesa para justificar su decisión.

Una decisión que cree que es la más oportuna dentro de su estrategia, en ningún caso pueden pretender justificarla  atacando a los partidos políticos en abstracto. Situándolos en el lado oscuro frente a la arcadia de una supuesta participación. Más honesto hubiera sido que, con trasparencia, contaran a los madrileños cuales han sido los problemas y las experiencias  que han vivido dentro de eso que ellos calificaron de partido instrumental, con el que se presentaron a las elecciones y acabaron gobernando la ciudad por el voto del grupo municipal socialista.

Los partidos políticos siguen siendo el canal más importante para la participación política y ciudadana en democracia. ¿El único? No, porque las democracias actuales necesitan más canales de participación y de decisión de los ciudadanos. Y también,  que los partidos políticos cumplan mejor el fin democrático que tienen. Lo contrario, querer eliminarnos o superarlos con prácticas neo-bonapartistas, es un error que debilita la democracia y la igualdad en aquellos espacios donde se produce.

Los partidos políticos tienen que adaptarse a esta sociedad tan fragmentada, y ser capaces de conformar mayorías sociales que puedan gobernar, representando los intereses y necesidades de sectores mayoritarios de la población. Para ello, tienen que tener en cuenta las nuevas realidades, los nuevos espacios de participación social y sociopolítica, y contribuir a una defensa más eficaz de sus valores y del interés general. Tienen que ser más transparentes en su funcionamiento y en la rendición de cuentas a los militantes y a la ciudadanía.

En definitiva, hacer real en el día a día el artículo seis de la Constitución. Ese que dice que “Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política. Su creación y el ejercicio de su actividad son libres dentro del respeto a la Constitución y a la ley. Su estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos.”

Lo demás, son trampas en el solitario.