La resolución del conflicto coreano puede asemejarse a una partida de cartas por parejas en la que se han flexibilizado las reglas y cada jugador tiene cierta autonomía para hacer valer su mano, siempre que no se perjudique demasiado al compañero de tándem.

La tercera cumbre del año entre los líderes de las dos Coreas refleja el interés de ambos por afianzar su relativa autonomía de sus patronos o protectores. El norcoreano Kim y el surcoreano Moon parecen decididos a avanzar en una por ahora precaria reconciliación, por razones algunas diferentes y otras comunes.

MANTEQUILLA ANTES QUE CAÑONES

Éstas últimas son las más evidentes: unas buenas relaciones arrojarán un dividendo económico. Ambos gobiernos están ansiosos por hacer realidad esta perspectiva. Moon arrastra momentos difíciles por el incremento del desempleo y otros síntomas de crisis. Kim, pese al sesgo histórico, está más interesado en mantequilla que en cañones. Pero, obviamente, para que estas ventajas se materialicen deben eliminarse las sanciones, o al menos reducirse notablemente. Y eso no depende de las dos Coreas por completo.

Corea del Sur quiere que el diálogo continúe, que el avance sea palpable y que los efectos empiecen a dejarse sentir, aunque sea con símbolos, con gestos, con logros modestos. La nueva reunificación de familias realizada este verano es una muestra de ello. El atrevimiento a diseñar planes de cooperación económica, industrial y comercial es otro signo de esta sana ambición. Doscientos empresarios han acompañado a Moon en su visita a Pyongyang, incluidos representantes de los principales chaebols (conglomerados económicos), como Samsung, LG, Hyundai, etc. Hay decenas de proyectos conjuntos como la creación de zonas especiales, la conexión ferroviaria o diversas iniciativas turísticas emblemáticas.

Para Corea del Norte este horizonte de desarrollo económico es aún más acuciante. Kim Jong-un lo ha hecho explícito en numerosas ocasiones. Desde el comienzo mismo de su mandato proclamó que el reforzamiento militar (programa nuclear) debía producirse acompañado del desarrollo económico, el denominado biungjin (avance paralelo). El primero se ha logrado, al menos en la retórica oficial, pero el segundo ha ido más lento.

Hace ya tiempo que Kim se deja ver en visitas a plantas industriales, centrales de energía, obras de infraestructura, etc. Algunos investigadores occidentales que gozan de un conocimiento más profundo de Corea del Norte impugnan esa visión reduccionista que pinta a Kim como un dirigente caprichoso, iracundo e impredecible. Por el contrario, lo ven como una suerte de Presidente-Director General, empeñado en mejorar la salud económica del país. Como él mismo dijo en uno de sus primeros discursos, “para lograr que el pueblo norcoreano pudiera dejar de apretarse el cinturón”. No es la generosidad o la sensibilidad social lo que inspira estos propósitos, necesariamente: la propia supervivencia del régimen y de la propia dinastía es lo que se encuentra en juego.

Por todo ello, las dos Coreas saben que hay que avanzar en el asunto clave de la seguridad. Ambas desean la reconciliación mutua, pero aún persisten fuertes impulsos de desconfianza. De ahí que no se arriesguen a volar sin la tutela protectora. Seúl no puede prescindir del paraguas norteamericano y Pyongyang del respaldo chino. Pero los dos patronos no actúan desinteresadamente: exigen que se mantengan sus condiciones de patronazgo.

TRUMP, COMO PARTE DEL PROBLEMA

Washington quiere la desnuclearización total, irreversible y verificable de Corea del Norte. Nadie del establishment norteamericano discute ese objetivo. Pero el problema reside en la estrategia para lograrlo. Trump ha desbaratado décadas de paciente esfuerzo, apoyado en el instintivo mensaje de que no ha arrojado resultados. Tampoco sus chuscas amenazas del año pasado (fear and fury). Así que optó por la solución personal, el tête a tête, o el estilo business que a él tanto le gusta. Ese estilo improvisado impregnó Singapur, con el resultado conocido: confusión, improductividad, desorientación. Peor aún: más que avances, se han registrado retrocesos. Se ha recuperado el lenguaje pesado, han aflorado de nuevo veladas o explícitas amenazas. Se ha puesto en evidencia el gran lastre de Trump: convierte la política exterior norteamericana en un ejercicio de vanidad, obsesionado por su pretensión de hacer historia, de ser the best.

Sobre esta fiebre pretenciosa, ha tratado de consolidar Kim una estrategia ventajosa. No ha roto puentes. Por el contrario, anunció medidas cosméticas relacionadas con su programa nuclear, sedujo (y seduce) a Trump y trata de ningunear a sus asesores. Y, sobre todo, cultiva las relaciones con el vecino, con cuidado de no indisponer a su protector en Pekín. La astucia del líder norcoreano se amplifica por el desconcierto personalista que domina en la Casa Blanca, como ha ratificado el libro de Woodward o la famosa denuncia anónima.

La mayoría de los analistas coinciden en que Washington necesita una estrategia, que haga posible de la desnuclearización de Corea un objetivo realizable y no una condición previa irreal o un principio doctrinario. Conviene ser flexible, se apunta, pero no dejarse atrapar por algunas celadas norcoreanas. La “declaración de final de la guerra coreana” es la fundamental, porque es la antesala de una retirada militar norteamericana de Corea del Sur y de la eliminación, siquiera progresiva de las sanciones. Kim habla con mucha ambigüedad de entregar su carta mayor (las armas nucleares) y lo condiciona siempre a que desaparezca el mínimo riesgo de ataque norteamericano. Mientras tanto, va anunciando pasos que son más irrelevantes de lo que suenan o parecen. Pero como su vecino desea que no se quiebre el proceso, Seúl utiliza estas aparentes concesiones o gestos de buena voluntad para convencer a Trump de que el gran logro de su mandato sigue siendo posible.

Algunos expertos han esbozado planes e incluso una hoja de ruta para desmilitarizar Corea del Norte, atendiendo a estas cautelas sobre campos minados, que contemplan medidas de fomento de la confianza, reducciones calculadas de fuerzas, concesiones paralelas, sistemas de verificación, etc. Pero a Trump todo este trabajo, diplomático, técnico, detallado, le aburre, le fatiga y le supera. O hay foto y fanfarrias a la vista, o se borra. Y sus colaboradores tampoco saben si el empeño que pongan en la tarea servirá para algo o será desbaratado por cualquier impulso del comandante en jefe. Para muestra ahí está la decisión de imponer tarifas a las importaciones de productos chinos, valorados en 200.000 millones de dólares. Miembros de su equipo económico lo desaconsejaron, pero Trump se inclinó por sus instintos, abonados por algunos de sus asesores más nacional-populistas que aún gozan de su atención preferente.

Esta escaramuza anticipada de guerra comercial no alienta a China a mantener una política constructiva en Corea, más allá de sus intereses estratégicos, que consisten en conservar la carta coreana como elemento de presión, algo que desagradaría a Kim. Por eso, paciente y astutamente, el líder norcoreano fomenta la reconciliación con el Sur. Un delicado juego de presiones combinadas cuyos efectos son difíciles de predecir.

 

REFERENCIAS

– “The real reason Kin Jong-un wants to declare the end of the Korean War”. JUNG PAK. BROOKINGS INSTITUTION, 17 de septiembre.

– “Coopération et desnuclearisation au programme de sommet interkoréen de Pyongyang”. LE MONDE, 18 de septiembre.

– “North Korea’s nuclear program isn’t going anywhere”. AKINT PANDA Y VIPIN NARANG. FOREIGN AFFAIRS, 13 de agosto.

– “The new nuclear normal in North Korea?”. AKINT PANDA. THE DIPLOMAT, 17 de septiembre.

– “A road map to desmilitarize North Korea”. RICHARD SOKOLSKY. CEIP, 27 de julio.

– “North and South Korea push to end the Korean War, but U.S. remains wary”. THE NEW YORK TIMES, 17 de septiembre.

– “Kim Jong-un focuses on economy, as nuclear talks with U.S. stalls”. THE NEW YORK TIMES, 20 de agosto.

– “Moon Jae-in prepares for make or break inter-Korean summit with Kim Jong-un”. THE GUARDIAN, 17 de septiembre.

– “The wolf of Pyongyang”. DAVID KANG. FOREIGN AFFAIRS, 9 de agosto de 2017.