Desde la más tardía antigüedad los gobernantes han utilizado los símbolos para legitimarse. Pero a partir de la Revolución francesa los símbolos del gobernante pasaron a ser símbolos de la Nación y, con ello, del Estado (la Marsellesa, la bandera tricolor, etc.) Por eso en el Derecho público del Estado representativo se formó la categoría jurídica de los símbolos del Estado de modo que al lado de los tradicionales componentes del Estado (territorio, población y poder) se añadió otro más intangible cuál son los símbolos (por todos, Manuel García-Pelayo: “Ensayo de una teoría de los símbolos políticos”, en su obra Mitos y símbolos políticos, Madrid, 1964).

Cuando un Estado se transforma, también se transforman sus símbolos como se ve, por ejemplo, en España, donde ya no está vigente ninguno de los símbolos de la dictadura pues incluso la bandera, que no ha cambiado, lleva incorporado un escudo distinto. En el proceso de creación de los símbolos del Estado democrático, la izquierda no sólo ha colaborado sino que ha tenido iniciativas importantes. El PSOE y el PCE (éste al menos hasta que Julio Anguita echó a Izquierda Unida al monte republicano) apoyaron las dos Leyes sobre la Bandera y el Escudo de 1981, el Gobierno socialista impulsó la Ley de 1987 sobre la Fiesta Nacional y el Decreto sobre el Himno Nacional de 1997, aprobado por el Gobierno del Presidente Aznar, se dictó rápidamente, porque el nuevo Gobierno encontró el texto elaborado por la Secretaría General Técnica del Ministerio de la Presidencia de Alfredo Pérez Rubalcaba. No se puede decir que la izquierda democrática no haya sido sensible y respetuosa con los símbolos del Estado.

Pero la derecha española, que ha usado y abusado zafiamente de algunos símbolos como la bandera, no tiene empacho en utilizar partidistamente estos símbolos cuando cree que va a obtener un beneficio político. El ejemplo más próximo es la utilización partidista y sectaria que hace el Partido Popular (y probablemente también Ciudadanos aunque hasta ahora ha guardado silencio) de la celebración de la Fiesta Nacional, regulada, vuelvo a decirlo, por una iniciativa del Gobierno de Felipe González. Me refiero, como es fácil suponer, a la manipulación política que hace la derecha española de una de los actos más relevantes de la Fiesta Nacional, que es el desfile de las Fuerzas Armadas que se efectúa en Madrid. Muchas personas recordaban con mal sabor de boca las desmesuradas pitadas que hacían a Rodríguez Zapatero en todos los desfiles a los que acudió como Presidente del Gobierno. Pero, como una casualidad, en el desfile del último día 12 de octubre, siendo ahora Presidente Pedro Sánchez, han vuelto a aparecer los gritos desaforados contra el Presidente del Gobierno de España, si bien con algunos matices distintos respecto a cómo ocurrieron entre 2004 y 2011.

La primera diferencia entre las broncas que entre 2004 y 2011 recibió Rodríguez Zapatero y las que el pasado 12 de octubre recibió Pedro Sánchez es la intensidad. Con Rodríguez Zapatero la protesta fue siempre mucho más desaforada y, sobre todo, con mucha más gente. Esa diferencia tiene motivos políticos pues a partir de 2004 el Partido Popular de Mariano Rajoy (digo de Mariano Rajoy, no de José María Aznar), enrabiado por haber salido del Gobierno, organizó una estrategia de protesta callejera intensísima (véase Javier García Fernández: “La vía callejera para acceder al gobierno”, Temas para el debate, núm. 149, abril 2007, págs. 70-71) que movilizaba a muchos militantes el día de la Fiesta Nacional siempre con el apoyo de diversos grupos fascistas. A juzgar por la intensidad de los gritos y protestas del pasado 12 de octubre, sólo acudieron las bases más casadistas y cierta extrema derecha que se puede situar en Vox o incluso en Ciudadanos.

La segunda diferencia es que en las algaradas contra Rodríguez Zapatero el Partido Popular (por lo que yo recuerdo) tiraba la piedra, ocultaba la mano y, si hacía falta, pasaba la culpa a la extrema derecha. Esto se explicaba porque el Partido Popular de aquellos años tenía, como expliqué en su momento, una estrategia callejera propia (movilizaciones por el aborto, por el terrorismo, por la escuela no pública) y las movilizaciones más exacerbadas prefería endosárselas a la extrema derecha. En cambio, en 2018 la protesta ha sido implícitamente asumida por el Partido Popular y abiertamente apoyada por sus medios de comunicación más fieles. Ejemplos:

  • “El líder del PP, Pablo Casado, aseguró que no le ‘resulta agradable que se abuchee a las instituciones’, pero justificó lo sucedido alegando que ‘la gente está muy cabreada’ (El País, 13 de octubre de 2018).
  • El editorial “Abucheos, reflejo del gran malestar” de El Mundo, también del 13 de octubre.
  • “Asistentes al desfile del 12-O piden elecciones a voces y llaman ‘okupa’ al presidente” (primera plana de ABC del 13 de octubre de 2018).

Es precisamente la información (bien resaltada) de ABC en el diario la que nos acaba de dar la clave de la protesta: sólo los militantes del Partido Popular llamarían okupa al Presidente del Gobierno y sólo los militantes del Partido Popular y de Ciudadanos pedirían ahora elecciones, si bien hay que decir que Rivera, en lo que hemos visto en la prensa, no ha justificado la algarada.

Pablo Casado tenía el pasado 12 de octubre la ocasión de separarse de la antigua actitud de su partido con ocasión de la Fiesta Nacional. No lo ha hecho, sino que la ha reafirmado. ¿Cuántas reglas de juego piensa también romper?