La temporada de espectáculos políticos viene marcada por la figura del comisario Villarejo, digno sucesor de Poirot, Bond, Clouseau o Gadget, en el favor del público aficionado al thriller.

Gracias a Villarejo hemos sabido que el estado (esta vez, con minúsculas, por favor) tiene cloacas por donde se eliminan sus residuos de los que el comisario ha ido recogiendo muestras con la meticulosidad y la paciencia de un analista de heces.

Así, hemos conocido cómo una fiscal se reunía con un policía en almuerzos de trabajo, como los que llenan a diario muchos restaurantes especializados en eso. Hemos sabido que Sus Señorías, una vez despojados de sus togas, son personas que, como el personaje de Shakespeare, sangran cuando les pinchan o se ríen cuando les hacen cosquillas. Y nos hemos enterado de que, como muchos funcionarios, el señor Villarejo también trabajaba por las tardes en asuntos privados haciendo lo que mejor sabía, investigar sobre personas.

Y la audiencia aguarda, expectante, los próximos capítulos de la serie. Incluso hay quien está organizando porras para adivinar los protagonistas de los próximos episodios. Pero, ojo, Villarejo debe tener en cuenta el funcionamiento del mercado, es decir, del show business.

Todo guionista de cine, y antes de teatro, sabe de las necesidades fisiológicas del ser humano y que, para satisfacerlas, en cada casa hay un cuarto de baño, llamado así eufemísticamente para resumir lo que se puede hacer en él. Y, sin embargo, en las obras de ficción es el escenario menos utilizado. Puede ser una restricción cultural, pero es así. Solo en ciertos géneros, que muchos llaman subgéneros, abundan las escenas escatológicas para solaz y recreo de gente con esos gustos. Es decir, ese género tiene un público limitado.

Pero, el problema principal, aún de las mejores series de televisión, es su excesiva duración. Hay historias que tienen un gran interés en los primeros capítulos pero que van perdiendo fuelle al cabo de un tiempo y que, después de la quinta o la sexta temporada, solo son soportables para las personas enganchadas al tema. Y, eso que los productores suelen ir cambiando de guionistas y directores para incluir variaciones que permitan renovar el interés de la audiencia.

Es verdad que la serie Villarejo no lleva, todavía, muchos capítulos y, además, va alternando temas para sorprender cada día a la audiencia, pero algo tendrá que hacer el autor para mantener el interés durante mucho tiempo. El recurso del sexo o la violencia puede estar al caer porque son temas que podrían darle juego y, dentro de esos géneros, hay diferentes variantes que podrían suscitar la atención de nuevos públicos a su espectáculo.

Algo dirigido a la juventud podría también renovar su público. Quizás ciertas revelaciones de ídolos juveniles, youtubers o influencers podrían servir a ese propósito, aunque, la verdad, no veo yo al señor Villarejo trabajando ese género.

Y eso que Villarejo se esmera. Entre sus últimas performances está el compatibilizar su trabajo policial con el de agente inmobiliario. Solo que eso es una copia de lo que hacía Harrison Ford en la película «Los Ángeles. Departamento de homicidios» y, francamente, entre Harrison Ford y Villarejo, el público está por el primero.

Yo, recuerdo todavía, porque me dejó marcado, la tesis del director Oliver Stone que, en su película «JFK: Caso abierto» enunciaba aquello de que la muerte de Kennedy había sido obra de una coalición entre la mafia, el lobby cubano, los rusos, el FBI, empresarios texanos y algún sector del Partido Republicano. Llegué a pensar que, con tanta gente en contra del Presidente, lo mejor es que se hubieran esperado a las siguientes elecciones. Hubiera sido imposible su victoria.

Pero, como la realidad supera muchas veces a la ficción, yo espero que Villarejo nos cuente la verdad del caso. Estoy seguro de que, entre los más de dos terabytes de información que tiene guardados, haya conversaciones del comisario con los autores, material e intelectual, del asesinato y hasta con los señores padres de los mismos explicando cómo les inculcaron la necesidad de cometer tal magnicidio. Hasta que eso pase, debo reconocer mi poco interés en los próximos episodios de la serie. Dada mi edad, ya me voy curando de espantos.

Sin embargo, si yo hubiera hablado alguna vez con ese señor o hubiera hecho algo que, no solo fuera irregular si no que, además, hubiera podido concitar su interés, tomaría mis precauciones. Por ejemplo, me haría un stress test para prevenir las consecuencias de que terminara en las páginas de algún periódico para estar preparado por si ocurre. Siempre se ha dicho que hombre prevenido vale por dos, aunque, ahora, habría que decir lo mismo de las mujeres, no solo por corrección política sino porque Villarejo parece tener una dedicación especial hacia las mujeres. ¿Será misógino?