Se decía que el siglo XXI sería el siglo de la igualdad, donde las mujeres ya no tuvieran necesidad de reivindicar la igualdad de derechos y el respeto a su condición de “ser humana”. Pero, lamentablemente, los datos nos demuestran que los valores dominantes del patriarcado, el absurdo mantenimiento de una desigualdad injustificable y el silencio cómplice ante la violencia de género se mantienen e incluso proliferan en toda suerte de etnias, sociedades y territorios, convirtiendo las agresiones en una asignatura pendiente.

Es innegable que las mujeres han avanzado muchísimo gracias a los movimientos feministas, a las reivindicaciones y a políticas progresistas que han ido modificando nuestra cultura social. Pero también es cierto que las mujeres disfrutan de una “igualdad por decreto”, que no ha penetrado todavía modificando la cultura patriarcal, reproduciéndose los prejuicios. Además, siguen existiendo grandes diferencias entre las mujeres de Occidente con las mujeres de otros lugares del planeta como África o Asia.

E incluso, cada vez más, pese a las denuncias de los medios, a las manifestaciones, a las voces públicas y a la concienciación social, aparecen “excesos” y “atrevimientos” verbales que antes no eran admitidos: por ejemplo, el eurodiputado polaco que no tiene problema en achacar todos los males a las mujeres. Una cosa es la libertad de expresión, y otra el ataque a la libertad de las personas (que las mujeres también lo somos aunque a este señor se le olvide). Tengo la impresión de que hace unos años, estos exabruptos no se hubieran producido en un lugar como el Parlamento Europeo.

Algunas de las causas que afectan a la mujer son tan antiguas como lo es el propio problema de desigualdad, y otras causas se acentúan debido a la nueva condición de globalización.

La llamada “feminización de la pobreza” se produce por la mayor incidencia de la crisis económica sobre las mujeres; los recortes al Estado de Bienestar que devuelven a la mujer al ámbito privado para ejercer con las obligaciones de cuidado y atención sobre la población más vulnerable como niños, mayores y dependientes, que debería realizar el Estado, como garante de la protección de todos sus ciudadanos, independientemente del sexo o condición social; la violencia de género, un problema que no termina y parece que no entiende de clase social, cultural o económica, ni tampoco de continentes o religiones; la explotación de la mujer, su uso como objeto sexual y la proliferación de mafias internacionales que abusan y explotan a la mujer por su condición de género; los matrimonios concertados con niñas que se producen en algunos países como práctica común, por ejemplo en la India.

Pero, la realidad nos golpea al lado de nuestra casa, en nuestra propia vecindad, en nuestros municipios.

La violencia contra la mujer se ejerce tanto fuera del matrimonio como dentro. No pensemos que este es un fenómeno exclusivo de otros países o de países menos desarrollados. Ahí tenemos el juicio a “La Manada” (menudo nombre han escogido) o los escándalos de abusos que ahora se destapan en la Meca del Cine. Y, sin darnos cuenta, los “micromachismos” nos inundan cada día.

No podemos seguir adelante analizando una ciudadanía cosmopolita, una democracia radical, un estado de justicia, si previamente no reflexionamos sobre la ausencia de igualdad en la práctica entre el hombre y la mujer.

Sigue siendo la única diferencia que sigue perpetuándose a lo largo de la historia de la humanidad, reproduciéndose una y otra vez los mismos esquemas culturales.

La discriminación contra la mujer se ha producido a lo largo de todos los pensamientos filosóficos, da igual su origen o procedencia, se ha extendido en todas las culturas perpetuándose los mismos roles, y se ha defendido en todas las religiones. Pero no es una cuestión de antaño que ya esté superada, sino que seguimos observando, a veces con gran virulencia, cómo se justifican las diferencias sociales entre el hombre y la mujer, justificando, a veces de manera bochornosa, la necesaria desigualdad social, puesto que en muchas culturas o religiones se sigue defendiendo que la mujer sigue siendo inferior al hombre.

Y dicho todo eso, no podremos construir soluciones a la salida del Siglo XXI, si no contamos con la visión de la mujer ante los tres problemas principales a los que nos enfrentamos como seres humanos:

  • La desigualdad.
  • Los recursos del planeta.
  • Los derechos individuales versus derechos colectivos.

En definitiva, la discriminación de la mujer, la ausencia de igualdad en la práctica, suponen un flagrante incumplimiento de los Derechos Humanos, algo que se vislumbra con claridad en cualquier acepción, menos sorprendentemente en lo relativo a la mujer, que sigue siendo una asignatura pendiente históricamente.