Un fantasma recorre el mundo, la apolítica. Consiste en un movimiento que se agrupa bajo la idea de que la política es una actividad perniciosa y los políticos unos seres indeseables que se oponen al bienestar de la gente, o del people, del volk, del popolo.

Ese movimiento ha conseguido ya cristalizar en algunos países, dando lugar a la formación de organizaciones sospechosamente parecidas a partidos políticos, pero que no se cansan de denigrar la propia existencia de políticos individualmente considerados o agrupados en partidos. Es una especie de paradoja la que presentan estos políticos apolíticos que constituyen trendic topic en gran parte del mundo occidental.

Uno de esos renegados de la política se ha hecho con el poder en el país más poderoso de la tierra. Y lo ha hecho utilizando esos procedimientos de los que reniega (incluso avisando previamente de que las elecciones estaban amañadas, en su contra naturalmente) y en una ceremonia milimétricamente exacta a la que se ha utilizado con ocasión de la inauguration de los anteriores presidentes durante las últimas décadas. Por supuesto ya ha nombrado su gobierno tal y como lo habría hecho un político norteamericano, y ha seguido rutinariamente hasta ahora, la misma senda procedimental de siempre pero, y esto es lo sustancial, con un discurso en el que reniega de la clase política y celebra el triunfo, por primera vez en la historia de la humanidad, del pueblo.

Si traducimos people por gente, la gente, la verdad es que a los españoles nos suena mucho la canción e, incluso, alguno podría preguntarse si los que han asesorado al gobierno bolivariano de Venezuela, lo han hecho tambien al, hasta ahora, habitante de la 725, Fifth Avenue de New York.

Pero no, Trump no ha tenido que pagar nada a Monedero ni a Iglesias ni a nadie. Esas palabras, en alemán o en italiano, ya están en la historia desde hace cerca de un siglo y no están protegidas por derechos de autor. Consisten en regalar los oídos de aquellas personas que no encuentran en las medidas políticas de sus gobiernos una solución a sus problemas laborales, económicos, sanitarios o de cualquier tipo. Cuando esas personas dejan de confiar en que el sistema pueda permitir un cambio de gobierno que posibilite otras políticas más favorables a sus intereses, se convierten en seguidores potenciales de cualquiera que les prometa una salida a esa situación de bloqueo.

Las opciones políticas, entonces, se amplían de dos grandes divisiones a tres: izquierda, derecha y apolítica, constituyendo esta última una especie de sumidero por donde se deslizan, junto a personajes que llegan de nuevo a la política, individuos desencantados de los partidos tradicionales, bien por no haber alcanzado objetivos personales o por motivos ideológicos. Este aluvión es descrito como transversalidad y sirve para explicar la obsolescencia de esos partidos ya caducos.

Pero lo sorprendente es el asombroso parecido de los comportamientos de esos políticos apolíticos con el de los políticos genuinamente políticos. Hemos comentado en estas mismas páginas la trayectoria del nuevo partido Podemos jalonada ya por hitos similares a los de otros partidos. Hemos visto y oído al nuevo presidente norteamericano presentando una enmienda a la totalidad a Washington en su inauguration. Solo nos faltaba ver a los líderes de ultraderecha de Europa celebrar la llegada de Trump constituyendo una agrupación multinacional mientras renuncian a la Unión Europea. Toda una paradoja.

Porque ese apoliticismo es una pura ficción y, ya se sabe, que, a diferencia de la realidad, la ficción necesita una lógica que la explique. Esa lógica es la esperanza de que, una vez que se sustituya a los políticos, todos los problemas se resolverán de forma automática. No es preciso que sea objetivamente verdad, solo es necesario que sea subjetivamente creíble. Lo cual, una lógica que solo es un acto de fe, no deja de ser una gran paradoja.

Pero mientras haya creyentes, habrá creencias, porque mientras haya desesperación, se buscará la esperanza y siempre habrá quien la ofrezca aunque sea como una marca blanca.